lunes, 7 de noviembre de 2016

RAMÓN ANTONIO PÉREZ

                                           EL “BACHI” PÉREZ


Perteneció a toda una generación de maestros modeladores de nuestra cultura y forjadores de ciudadanos útiles.
El 12 de Noviembre de 1970, murió en Ciudad Bolívar a la edad de 77 años el Bachiller Ramón Antonio Pérez Santamaría.  Murió satisfecho de medallas y diplomas que hablan de una labor honesta y valiosa dentro del magisterio provincial, rodeado del afecto de sus hijos que aprovecharon a tiempo el caudal intelectual y material acumulado por su padre.  Murió bajo las lágrimas de su esposa cuyo color, forma y temperamento reflejaban el exotismo corso de sus ascendientes, apegado al quehacer recreativo de la refresquería y quincallería heredada de sus progenitores.  Murió junto al breve jardín sembrado en el traspatio de la casa, junto al libro de las ciencias perfectas, murió elucidando reminiscencias que valieron siempre un millón de atención y en cada gesto la chispa de su temperamento chusco y agridulce, al lado de su mecedora anticuada de paleta, en la casa de la esquina donde nació el 21 de abril de 1893.  
         Nació un año después de la creciente más grande registrada por el río Orinoco en el año 1892. Su padre era un humilde pulpero, aficionado a la fotografía, a la orfebrería y a la flauta. Nació en la misma casa donde murió, frente a la Plaza Miranda,   para entonces era un peladero de cuyo centro emergía un señorial farol de seis brazos que por las noches disparaba sus luces mortecinas de kerosén.
Con este combustible se alumbraba la ciudad en aquella época, la luz eléctrica vino en 1911, centenario pri­mero de la Independencia, bajo la administración del General Tellería. El servicio de luz eléctrica tenía en­tonces un precio insignificante com­parado con el de nuestros días: larga diferencia que parece sacudirnos de un largo y profundo sueño.
         Graduado de Bachiller en Filosofía y Letras en el Colegio Federal de Varones de Ciudad Bolívar —cifraba entonces 17 años—, se dedicó a la en­señanza en el aula de una Escuela Estadal dirigida por don Luis More­no. Junto con Alejandro Fuenmayor fundó las Escuelas "Heres" y "'Zea", primeros institutos graduados de Ciu­dad Bolívar, para varones y hembras respectivamente. Esto fue en 1912, siendo Ministro de Educación el doc­tor Guevara Rojas. En 1917 comenzó a alternar la educación primaria con la cátedra de educación secundaria en el Colegio Federal de Varones que luego pasó a ser el hoy Liceo Pe­ñalver.
Fueron 44 años seguidos, dedicados integralmente a la enseñanza, a la no­ble misión de forjar ciudadanos li­bres y útiles al progreso de la na­ción como lo fueron quienes después fueron  Ministros de Obras Pú­blicas, Ing. Leopoldo Sucre Figare­lla; de Educación, doctor J. M. Siso Martínez; el traumatólogo eminente y Gobernador de Ca­rabobo, doctor Jorge Figarella; el Cronista de la ciudad y sacerdote meritorio Monseñor Constantino Maradei Donato, el Presidente de la Municipalidad de Heres en 1965, bachiller Noel Valery y otras personalidades distinguidas que escapan a la premura del reportaje fueron modeladas durante las primeras enseñanzas por este Profe­sor estrechamente unidos a una generación de maestros cimentadores de nuestra educación y forjadores de ciudadanos útiles, a la que pertene­cieron María Antonia Mejías, Dr. Os­car Luis Perfetti, Dr. Carlos Emiliano Sa­lón, José Luis Aristiguieta, Felipe Hernández, Adán Blanco Ledezma y otros.
Del Bachiller Pérez se cuentan va­riados chascarrillos que forman todo un legajo de su época brillante de Profesor. Los estudiantes de ayer y de hoy los celebran con gracia inusi­tada. De tiempo en tiempo avivan en el recuerdo y entonces se abre una como detenida admiración por esta personalidad cumbre del magisterio.
Cuentan que el Bachiller Pérez, es­tando en su cátedra de matemáticas explicando una operación de quebra­dos, pasó uno de sus alumnos a la pizarra y le dictó la siguiente cifra: "Escriba, por favor, 3/4". El estudian­te tomó la tiza y escribió primero un tres, luego trazó una raya y finalmen­te colocó debajo el cuatro. Impacien­te el Profesor por la forma inco­rrecta como el alumno escribió la ci­fra, sacó una silla de la fila e invitó al estudiante a sentarse. Cuando el alumno quiso hacerlo, el Bachiller oportunamente sacó el asiento y el in­fortunado se desplomó en el suelo. "Ajá —sentenció el bachiller en me­dio de la hilaridad estudiantil—, ¿vio lo que le pasó? Eso mismo le pasaría al 3 del quebrado si usted antes no le coloca la rayita".
Edelmiro Lizardi era el dueño de “El Trocadero” famoso burdel en las afueras de la ciudad. Un mal día uno de sus alumnos a quien reprendió duramente por quejas de algunas alumnas, tuvo como respuesta insolente;  “Lo lamento, Profesor, pero  lo que hay es una cuerda de P..”  El Bachi Pérez lo expulsó y  citó a su representante y cuando éste vino y hacía su entrada a la Dirección del Liceo, el Bachi le salió al encuentro estrechándole la mano con este saludo: “Mucho gusto, Edelmiro Lizardi”.
Iván y César Perez Rossi, sus hijos putativos, cuando obtenían malas notas en el Liceo, absorbidos por la pelota,  los despertaba a ambos a las cinco de la madrugada con los guantes y el bate:  “Vamos, a levantarse, que es la hora de entrenar para el juego de la tarde”.
El Profesor Ramón Antonio Pérez Santamaría, el célebre "Bachi" Pérez del Colegio Federal de Varones y del Liceo Peñalver, fue hombre activo y diligente hasta avanzada edad, de contextura aparentemente fuerte, color trigueño, ojos grandes entornados, profundamente humano y de un espíritu  modelado a fuerza de corregir y orientar adolescente en las aulas de los diferentes colegios que se honraron con el paso de maestros insignes.





jueves, 27 de octubre de 2016

SAID MOANACK, Aniversario de su Muerte

El primero de mayo de 1973, el médico y parlamentario Said Moanack (en la foto), anunció su retiro de la política activa para dedicarse de lleno a su profesión de médico y fundar junto con otros dos colegas un Instituto Geriátrico en Caracas.
         El doctor Moanack dijo entonces que la disolución del núcleo familiar estaba originando una gran soledad espiritual en la gente de edad y al mismo tiempo lesiones  como la hipocondría.
         El  Instituto Geriátrico, especie de Club para ancianos, que sería el primero en Latinoamérica, lo estaba fundando junto con el reumatólogo Said Rayday y el fisioterapista Jorge Dao, y venía a llenar ese vació del anciano que durante el día sufre la soledad de la familia que trabaja en la calle.
         Comenzó a funcionar este Instituto en Campo Alegre, en la mansión de Los Vegas y desde entonces el médico bolivarense renunció a toda actividad político partidista y se negó a aceptar postulaciones nuevamente para el Congreso.  Quería dejarle el campo libre a los demás, pero sin abstenerse  de opinar sobre la situación política, la que para ese momento juzgaba delicada.  “La agresividad que hay en la actual campaña está debilitando las bases del sistema en lugar de plantear solución de fondo a los problemas del país”.  A su juicio se estaba cayendo en una diatriba alrededor de la inmoralidad que  presentaba a Venezuela un cuadro de institucionalización del oportunismo y del chantaje político.
         Said Moanack, quien fue diputado al Congreso Nacional por el Estado Bolívar en cuatro períodos, militó desde temprano en las filas de Acción Democrática llegando a ser miembro del CEN que abandonó para acompañar a Luís Beltrán Prieto Figueroa en la tercera división de AD.  Estuvo en el exilio tras ser perseguido,  Fue uno de los fundadores de la Clínica García Parra en la calle Boyacá y destacó como excelente orador y conversador ameno. 
El médico Said Moanack Vahlis falleció en Caracas el 29 de octubre de 1994.  Había nacido en Ciudad Bolívar, donde estudió hasta el bachillerato para luego seguir la carrera de medicina en la Universidad Central de Venezuela donde se graduó.
Su carrera profesional, ya de vuelta,  la inició en su ciudad natal, donde junto con sus colegas médicos Aníbal Álvarez, Ismael Núñez y Lino Maradey, fundó la Clínica García Parra en homenaje a uno de los médicos distinguidos de la ciudad  en la primera mitad del siglo veinte.
Nunca fue ajeno a la política y desde las filas de Acción Democrática representó al Estado Bolívar como diputado en el  Congreso Nacional en cuatro oportunidades. Dirigente prominente de ese partido, debió sufrir las consecuencias de la persecución y el exilio cuando a raíz del derrocamiento del Presidente Rómulo Gallegos, fueron prohibidas las actividades de AD.
Regresó a raíz de la Revolución del 23 de Enero de 1958 y ascendió a la Dirección Nacional de su partido que luego abandonó para  acompañar al maestro Luís Beltrán Prieto Figueroa en el Movimiento Electoral del Pueblo.  Luego se retiro de la actividad partidista, hizo un postgrado en geriatría y fundó en Caracas una Clínica Geriátrica, preocupado por las enfermedades de los ancianos y de su tratamiento.
Said Moanack, descendiente de una familia árabe, brilló por su talento tanto como profesional de la medicina, como político y luchador social.  Excelente orador, conversador ameno y vehemente en el planteamiento de sus principios democráticos.
Fue alumno de José Luis Aristeguieta, al igual que Héctor Guillermo Villalobos y Leopoldo Sucre Figarella y le tocó atenderlo como médico desde la clandestinidad cuando su gran maestro se estaba muriendo.



domingo, 24 de julio de 2016

JESÚS SANOJA HERNÁNDEZ


Jesús Sanoja Hernández saltó de Tumeremo a Caracas a la edad de 14 años y en esta ciudad se quedó hasta el 9 de junio de 2007 cuando falleció.  Había nacido el mismo mes, pero el día 27 de 1930, por lo que dejó de existir a los 77 años, suficiente para el recorrido que tenía que hacer cabalgando sobre la pluma de las letras que le apasionó desde que leía publicaciones foráneas allá en su natal Tumeremo, portal de la selva, de la minería y cuando todavía era un pueblo que no llegaba a los 4 mil habitantes.
Estudió Letras en la Universidad Central, fundó revistas, escribió poesía, cultivó la docencia literaria y política en la propia Facultad de Humanidades donde se licenció en letras  y terminó siendo fundamentalmente periodista crítico,  de opinión e  investigación desde las páginas de El Nacional.  En el Colegio Nacional de Periodistas reposa su ficha. Simón Alberto Consalvi lo coloca al lado  de Enrique Bernardo Núñez, Antonio Arraiz y Ramón J. Velásquez, como periodistas de linaje que marcaron huellas en los más importantes diarios del siglo veinte.
Como ensayista destaca en los trabajos  sobre escritores como José Rafael Pocaterra, Miguel Otero Silva, Ramón J. Velásquez, Rufino Blanco Fombona, Salustio González y los jóvenes de La Alborada, Gallegos, Rosales, Soublette, de textos sobre la época de Castro y Gómez, Como dice Consalvi: Sanoja conoce a fondo la historia venezolana del siglo veinte, la historia del periodismo y la historia contada por el periodismo, por el oficial de las dictaduras o el clandestino de los perseguidos, los órganos y los periodistas de la resistencia dentro y fuera de Venezuela contra las dictaduras de la hegemonía andina.
El último libro de Jesús Sanoja Hernández “Entre Golpe y Revoluciones”, prologado por Simón Alberto Consalvi, cubre cuatro tomos y comienza con los manotazos del Dictador Juan Vicente Gómez y finaliza con un análisis de la década que se inicia con el siglo veintiuno y la figura del comandante Hugo Chávez Frías.
Nos dice Consalvi en  su prólogo que esta historia  “nos acer­ca al final de este proceso que se desarrolla más allá de nuestras expectativas, a pesar de ellas o contra ellas. Es la época de las grandes incógnitas que ahora vivimos. Un país, sin rumbo, dominado por el azar del petróleo. Un país cone­jillo de indias. Sanoja ha escrito una gran crónica del siglo venezolano. Una historia donde quien escribe está presente cuando la historia sucede, y cuando no está lo que escribe producto de infatigables indagaciones. Con su nombre, con sus seudónimos de Edgar Hamilton, Marcos Garbán, Mastín Garbán, Juan Francisco Leiva, Eduardo Montes, Ma­nuel Rojas Poleo, o Pablo Azuaje, la obra de Sanoja escrita a lo largo de medio siglo es inverosímilmente extensa.
Si algo caracteriza al historiador, como puede apreciarse lo largo de estos volúmenes de Entre golpes y revoluciones páginas de erudición y lucidez, es la valoración de testimonios y fuentes plurales, ilustrando en no pocas ocasiones  que piensan o sostienen los contendores con sus propias palabras. Observador crítico, militante político, hombre d posiciones sólidas, venezolano integral y además poeta”.
En su libro “Gente del Orinoco”. Velia Bosch incluye a Sanoja como poeta critico violento. Co-fundador de las revistas literarias Cantaclaro y, Tabla Redonda.  Colaborador  semanal de El Venezolano, el quincenario Deslinde y el diario La Extra.
 Su obra poética se encuentra, en buena parte, dispersa en revistas y periódicos del país. Es autor del libro de poesías La mágica enfermedad, aparecido en la Colección Actual, serie poesía, editado en Mérida, 1969. Inéditos dos poemarios: Acá de Planeta Los límites y la materia,  Ejercicios sobre el agua Testamento de Guayana. Su iniciación como poeta, en los años del grupo "Cantaclaro", interrumpidos por la represión dictatorial de Pérez Jiménez que lo llevó al exilio mexicano,
Para algunos críticos, como Juan Liscano, la poesía de Sanoja Hernández resulta  hermética, elusiva, ritual y exultante.

domingo, 7 de febrero de 2016

ELÍAS YNATY

Desde Cartagena de Indias donde nació en 1919 lo trajo su padre y en la Angostura del Orinoco se ha quedado hasta nuestros días. Aquí estudió y se hizo preuniversitario hasta que alcanzó el título de Pediatra en la Universidad Central de Venezuela.
Ejerció la medicina privada, la medicina pública, y la docencia en la Escuela de Medicina de la Universidad de Oriente, en la que fundó la cátedra de Pediatría en 1964 y de donde salieron dos libros que cubren su ausencia de jubilado en las aulas: Semiología Pediatrica, Premio Nacional de Pediatría "Pastor Oropeza" y textos obligatorios de la Unidad de Ciencias de la Salud.
Indudablemente que como pediatra, el doctor Inaty ha salvado muchas vidas, y en calidad de docente, contribuido a formar médicos a lo largo de dos decenios. Pionero junto con Carmen Luisa Arocha de Piñango, de la Fototerapia en Venezuela y también iniciador de la presencia permanente de la madre al lado de su hijo enfermo en el Hospital Universitario Ruiz y Páez, partiendo del principio social de que el niño cuando está enfermo es cuando más necesita a la madre. Hasta entonces el niño hospitalizado sólo recibía el calor de su madre tres veces por semana.
Sin necesidad de militar en partido, ha desempeñado cargos político-administrativos como el de miembro Directorio de la Corporación Venezolana de Guayar, Presidente, en ejercicio de la representación popular, Concejo Municipal de Heres.
Fue durante varios años Presidente de la Asociación de Escritores de Venezuela, Seccional Ciudad Bolívar, miembro -lo sigue siendo- del Consejo Superior de la  Fundación del Museo de Arte Moderno "Jesús Soto". Cargos que denotan su constante preocupación por la cultura bolivarense, particularmente por las letras, a la que le ha dedicado su libro "Las Cenizas del Día" con raíces en el surrealismo de André Breton que en Ciudad Bolívar tuvo novedosos seguidores, como el propio lnaty, Alarico Gómez, Jean Aristeguieta, Arquímedes Brito y José Ramón del Valle  Laveaux, integrantes del grupo literario "Aureoguayanc opuesto a la poesía tradicionalista y contra el cual se enfiló entonces unos cuantos arcabuces, entre ellos, el de misterioso columnista del vespertino "El Luchador llamado Juan Manuel Kepler Ruiz.

Después de "Cenizas del Día", Inaty ha publicado "Tiempo Recio" y "Rumor de la Memoria", todos poemas Ahora incursiona en la narrativa vivencial con este li "Remembranzas" que recorre veinte años de infancia y adolescencia entre las crecidas y estiajes de una ciudad  siempre ha vivido frente al río.

Elías Ynaty Premio Nacional de Pediatría 

*Concurrió con su obra "Manual de Semiología Pediátrica", en la que plantea un cambio de actitud en la formación del médico
-Queremos un médico distinto, un médico integral, que aprecie al paciente como un todo y no como un ente aislado de su familia y de su comunidad"

Ciudad Bolívar, 3.12.68 (Especial, Américo  Fernández)
Anoche cuando en el gre­mio de médicos se escrutaban los votos para elegir nueva di­rectiva, el doctor Oscar Contre­ras anunció la buena nueva: "El jurado que calificó los trabajos presentados para la opción al Premio Nacional de Pediatría "Pastor Oropeza" - favoreció al Dr. Elías Ynaty, por su obra "Manual de Semiología Pediá­trica".
Los presentes prorrumpieron en aplausos y se levantaron para abrazar al galardonado que toda­vía no salía de su sorpresa; pues estaba compitiendo en el concur­so con trabajos no individuales sino de equipos.
Este premio, instituido por el SAS el 22 de junio de 1964 y que  se ha convertido en uno de los galardones sobresalientes de esta especialidad por el crédito de quienes lo han ganado, consiste en medalla de oro, diploma de honor y 2.000 bolívares.
El Premio lo ganó el año pasa­do, el doctor Hernán Méndez Castellano, director del Centro Clínico de Nutrición, con un tra­bajo en el cual intervinieron cuatro médicos y el mismo trata
eI hambre en el niño venezolano.
Este año ha sido el "Manuel de Semiología Pediátrica" que acaba de ser editado en los talleres de l Universidad de Oriente, la obra laureada y con la cual su autor trata la búsqueda de la adopción de un cambio de acti­tud en la formación del médico, tanto a nivel de pregrado como
de postgrado, a fin de familiarizarlo en el enfoque integral an­te cualquier entidad nosológica.
El doctor Elías Ynaty nos dijo en su lenguaje sencillo que el premio lo considera como un triunfo de la Universidad que le dio oportunidad de incorporarse a la docencia, lo cual lo obligó a estudiar y a perfeccionarse cada vez más.
Consideró —dijo— que este triunfo pertenece por igual a los pediatras Pastor Oropeza y Espi­ritu Santo Mendoza que contri­buyeron esencialmente en mi formación.
El doctor Elías Ynaty, con me­dio siglo de vida a cuesta, casado con Lola Bello, es padre de cua­tro varones y una hembra.
Se graduó de médico cirujano en 1953 y pertenece a la promo­ción Doctor Francisco de Venan­zi. Se especializó en pediatría el 58. Cinco años después cumplió un curso de entrenamiento do­cente en el campo de la Pedia­tría para incorporarse como
Profesor Asociado y Jefe del Departamento de Pediatría de la Escuela de Medicina de la Universidad de Oriente. Ha publicado diez trabajos científicos basados en su expe­riencia adquirida durante diez años en el Hospital Universitario "Ruiz y Paéz" y ha sabido alter­nar con acierto sus inquietudes científicas con el arte. Es Vice­presidente de la Casa de la Cul­tura, miembro de la Asociación de Escritores y el año pasado publicó uno de sus libros de poesía: "Las Cenizas del Día". El  porque de este Manual ahora laureado de Semiología pediátrica? El doctor Ynaty lo explica en dos partes: —Primero, el Departamento de Pediatría de la Escuela necesita­ba un libro como éste, ya que el pensum de estudios de nues­tra universidad prevé en la en­señanza un semestre de semio­logía pediátrica y la bibliografía en este campo era muy escasa y, además, ninguno de los textos conocidos se adaptaba a la filo­sofía y doctrina de la UDO. Se­gundo, tenía que hacer un traba­jo de investigación que fuera de significación y en suma que sir­viese de aporte a la bibliografía nacional y contribuyese en mi ascenso de Profesor agregado a Profesor Asociado.
El libro de 184 páginas, prolo­gado por el doctor Espíritu San­to Mendoza es sin duda una contribución a la formación inte­gral del médico.
Nuestra Universidad que es ex­perimental, se caracteriza por su empeño en formar un médico distinto, un médico integral que
aprecie al paciente como un todo y no como un ente aislado de la familia y de su comunidad. De allí —explica el Dr. Ynaty— que se hace impostergable que el médico comience a palpar la realidad social, económica, cultu­ral y emocional que rodea al niño venezolano, porque es la única forma de asumir una acti­tud cónsona con la realidad na­cional. En este sentido, modifica sustancialmente en su libro, la historia pediátrica con el fin de llegar no sólo al diagnóstico clí­nico, sino también al de la estructura estructura de la familia con su cor­tejo social económico y cultural. Contrario al criterio general, el doctor Elías Ynaty es de los que consideran la Pediatría no como una especialidad sino como la medicina general aplicada al hombre en su etapa más delicada que es la del crecimiento y desa­rrollo tanto físico y mental co­mo psíquico y emocional.
—Es la única rama de la medi­cina que está más ligada a los problemas sociales. Si hay algu­na especialidad donde el médico palpa mejor los problemas so­ciales de la comunidad es esta la de la Pediatría —enfatizó.
Luego redondea su concepto al expresar que un niño criado en buen ambiente, con buena nutri­ción y una educación apropiada puede llegar a ser un ciudadano cabal y apto, para el desarrollo del país.
—¿Cree usted que la solución está en la socialización de la medicina?
—Soy partidario de la sociali­zación de la medicina, pero creo que una socialización parcial no es suficiente para solucionar el problema de la salud.
—¿Pero la remedia?
—La remedia porque se inclina a conocer la biografía social y. económica de nuestra comunidad.
El doctor Ynaty aclara que no basta con conocer la biografía social y económica de la co­munidad sino que hay que sen­sibilizar a los médicos en un cambio de actitud, que no sólo. tome en cuenta el soma, es decir, la enfermedad, sino los problemas que están incidiendo en el deterioro de la salud. Co­nociendo tales problemas, se pueden plantear con carácter a los organismos competentes.
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martes, 19 de enero de 2016

RAFAEL PINEDA


Nació en Guasipati el 17 de Enero de 1926. Hijo de Zoilo L. Díaz y Blanca Sosa Grillet de Díaz. Fundó el Museo de Ciudad Bolívar en la Casa del Correo del Orinoco  Autor de una extensa y densa obra literaria. 
            Estudió periodismo en la Universidad Central de Venezuela, Literatura en la Universidad de Carolina del Norte e Historia y Crítica del arte en las Universidades de Roma; Florencia, Venecia y Bolonia.
Autor de diez libros de poesía, entre los que distinguimos El Resplandor de las palabras, Poemas para recordar a Venezuela, el pie de espuma, La casa del unicornio y Receso de la esmeralda.  Su poema Air de Familla, fue traducido al francés por Juan Liscano y Jacques Chaspier, en Paris 1957.  Asimismo su libro Poetas actuales de Venezuela, compilación de Luis Beltrán Guerrero fue traducido al griego por Matej Mateb, en Atenas, 1983.
Autor de las obras de teatro y novela: Los Conjurados, La inmortalidad del cangrejo y La Casa Flotante.
Asimismo escribió y publicó 35 trabajos de ensayo, historia y Crítica de arte, entre ellas, Creciente que son crónicas del Estado Bolívar publicada en Caracas en 1960 y bautizada en el Auditorio Simón Rodríguez de Ciudad Bolívar. Armando Reverón,  El crucifijo de Miguel Ángel, Los Navegantes de colores,  El oro, el cielo y la sangre; La nueva imagen de Bolívar, Retrato hablado de Venezuela,  Santo Tome de Guayana., Iconografía de Mariano Picón Salas, Pietro Tenerani, Los tres viajes de Francisco de Miranda  y Ciudad Bolívar no te mueves que voy a disparar.
Rafael Pineda trabajo muchos años en la Cancillería de la República.  Hablaba varios idiomas, entre ellos el inglés e Italiano, tan bien que le permitió traducir  al inglés la obra “Las Comadres de Caracas” de John Willianson, primer diplomático de Estados Unidos en Venezuela.  También al inglés los poemas de John Tagkiabue “Viaje a México” y los poemas  de Emily Dickinson. Este poeta, ensayista, periodista y crítico de arte que fue Rafael Ángel Díaz Sosa, nacional e internacionalmente conocido por el seudónimo literario de Rafael Pineda, falleció el martes dieciocho de Mayo, del 2004, pasadas las cinco de la tarde y a  la edad de 78 años en una Clínica de Caracas.

Adiós a un hijo intelectual de Guayana
El cuerpo de Rafael Pineda fue quemado y sus cenizas serán dispuestas en las instalaciones del Museo del Orinoco. Grupo de pintores, escritores, trabajadores de la plástica, editores y amigos acompañaron los restos mortales de Pineda, recordaron momentos gratos, y testimoniaron la importancia de la labor de preservación del patrimonio histórico nacional y regional que efectuó este guayanés universal.
Podemos decir que el 18 de mayo de 2004 falleció uno de los más prolíficos escritores nacidos en Guayana, Rafael Pineda tenía publicados más de 70 libros, muchos de ellos giraban acerca de temáticas relacionadas con la historia venezolana y su región de nacimiento. La partida de Pineda generó una serie de pronunciamientos en su honor por parte de renombrados hacedores de arte, críticos literarios, compañeros de tertulias, amigos de infancia y corresponsales epistolares.
Uno de los más claros expresando su sentir fue el escritor y crítico de arte Carlos Maldonado-Bourgoin. "Con Rafael Pineda se va un estilo de intelectual, que hoy día poco existe. En realidad, hoy los intelectuales están más pendientes de su persona que de la labor que están realizando. Rafael Pineda era un hombre que siempre tenía una palabra oportuna, que siempre le daba la mano a quien lo estaba buscando, que regañaba a la gente cuando lo merecía, que daba un consejo, una recomendación, por tanto era un hombre que estaba al servicio de la cultura, más allá que de la persona".

Dic 1986.
Reconocimiento dé los Estados Unidos
para el escritor guayanés Rafael Pineda
*Con motivo del cuadragésimo aniversario del Programa Ful­bright, Pineda es reconocido como importante factor de entendimiento entre los pueblos democráticos de Estados Unidos y Venezuela.
 El escritor y poeta Rafael Angel Pineda ha sido distinguido por el Embajador de los Estados Unidos en Venezuela, Otto Reich, en nombre del gobierno de los Es­ tados Unidos, con un importante reconocimiento a su labor en beneficio del entendi­miento entre los pueblos democráticos de Venezuela y Estados Unidos.
La distinción otorgada a Pineda es en la  ocasión del cuadragésimo aniversario del Programa Fulbright y en la misma se  señala que el escritor es reconocido por  contribuir al incremento del mutuo entendimiento entre el pueblo de Venezuela y el pueblo de los Estados Unidos de América a través de su labor intelectual".
Pineda, crítico de arte, escritor, poeta y dirigente importante de la cultura en  Venezuela es reconocido a través de sus  obras en el ámbito internacional. Nume­rosas bibliotecas del mundo registran entre su patrimonio diversas obras de Ra­fael Pineda, quien ha dedicado parte de
su trabajo, experiencia y capacidad a re­saltar la historia de Guayana sus perso­najes y sus artistas.
Ciudad Bolívar, así como toda Guaya­na y el país, le deben a Pineda un gesto y un esfuerzo invalorable y de gran tras­cendencia como ha sido el haber dotado, promovido y fundado el MUSEO DE CIU­DAD BOLIVAR en la Casa del Congreso de Angostura, contando con su pasión ve­nezolanista, alto sentido del gentilicio guayanés y una inagotable energía y opti­mismo para promover el apoyo de a esta idea ya realizada haciendo honor a su idoneo y genuino amor por su patria chica.
Este reconocimiento de los Estados Unidos para el intelectual Rafael Pineda viene a sumarse a otros que diversos paí­ses del mundo le han otorgado, así como importantes condecoraciones y títulos re­cibidos por su obra de trascendencia en beneficio de la cultura universal.

La última obra de Rafael Pineda
El 9 de mayo de 2001 la prensa informó de la circulación en Caracas de un nuevo libro de Rafael Pineda, -Iconografía de Francisco de Miranda-, el primero que sobre esta materia se ha escrito en Venezuela.
La edición fue patrocinada conjuntamente por la Comisión Presidencial para la Conmemoración del 250 Aniversario del Natalicio del Generalísimo Francisco de Miranda, el Ministerio del Interior y Justicia y el Banco Industrial de Venezuela. La imprimió la Editorial Arte.
En el mimo se halla un capítulo sobre un retrato de Miranda, obra del italiano Tomás Barbalonga, que se encuentra en Ciudad Bolívar.  Se trata de un óleo sobre tela, 86 x 66 cm, firmado y fechado el 16 de marzo de 1953 en la cámara municipal.
Relata el crítico de arte Rafael Pineda  que son “Gamas muy castigadas, propias de una paleta de europeo, empleó el artista para efigiar aquí al Precursor a quien representa en época que se co­rresponde con sus actuaciones como uno de los protagonistas de la avanzada de la Revolución Francesa en Bélgica y Holanda para enfrentarse a los austro-prusianos. Esta marcialidad se pone de manifiesto en la actitud que es al mismo tiempo la del citoyen, para quien cada derecho adquirido significa asimismo un deber republicano, porque de ambos depende precisamente el curso que to­mará la historia.
Con el flujo inmigratorio de Italia a Venezuela que se intensificaría cada vez más en la década del Cincuenta, Barnalonga desembarcó en La Guaira, dio seguramente un salto a Caracas que ya hervía de paisanos, para proseguir a Ciudad Bolívar don­de se encontraba en 1949. Quizás hasta aquí lo lle­vó la curiosidad por conocer el Orinoco, si es que ya no había sido palabreado para dirigir la Escuela Municipal de Pintura y Dibujo que se abrió de la planta baja de una casona esquinera de la  la Calle Boyacá. Pronto se corrió la voz los interesados, jóvenes la mayoría, acudieron inscribirse en ambos cursos.
El 15 de septiembre de 1950 Barbalonga concluyó y fechó un retrato al óleo del niño y futuro  abogado José Miguel Gómez Bello, que fue comisionado por su padre el Dr. José Miguel Gómez Rangel. Éste adquirió, del mismo pintor, dos aproximaciones al paisaje de vivacidad neo-impresionista, también al óleo: Vista de la Calle El Zanjó, El jardín, donde florece asimismo una muchacha (colección Clementina Bello de Gómez Rangel). El niño posaba durante media hora cada vez para Barbalornga no sin grande esfuerzo de su parte al verse sometido a la inmovilidad, aunque finalmente se rendir a la concentración que el artista ponía en cada pi celada después de ojear rápidamente al modelo.
Un número considerable de pinturas y dibujos.  132 en total, expusieron en la biblioteca-audito­rium del Grupo Escolar Estado Mérida los alumnos de Barbalonga que para entonces, 20 de di­ciembre de 1952, sumaban catorce. En el catálogo  alternan los paisajes del Orinoco y de sitios característicos de Ciudad Bolívar, con retratos y bodegones, obras de las cuales firma una veintena.
Carlos Vaccaro, italiano como el profesor, y otra tantas Andrés Fajardo, quien posteriormente ingresaría al sacerdocio. Los otros expositores: Irma Barceló Sifontes, Carmen Barroso, Juan Corredor  Carlos Cova, Andrés Enríquez, Isaura Espinoza César Gómez, Fu Keima, Trina Luque, Argenis Macías, Tomás Pulido y Teresa Tiapa. Irma, una las hijas de José Manuel BarcelóVidal, entonce Presidente del Estado Bolívar, recibió privada­mente las lecciones de Barbalonga, en una media agua de la Casa de los Gobernadores que fue acondicionada al efecto.
Por ese tiempo, Barbalonga comenzó a pintar el retrato de Josefina Marten de Villegas, joven y bella estudiante de guitarra; pero el óleo quedó incon­cluso porque el esposo de la efigiada, Raúl, a la quinta pose y sin más ni más, decidió suspender las sesiones que se llevaban a cabo en su casa”.



sábado, 9 de enero de 2016

JEAN ARISTEGUIETA Murió a los 94 años de edad

           


El viernes 8 de enero  (2016) por la tarde, falleció en Caracas la poeta y ensayista  bolivarense y miembro correspondiente de la Academia de la Lengua por el Estado Bolívar y de la Real Academia Hispanoamericana de Cádiz. jean Aristeguieta, nativa de Guasipati y hermana del fundador del Jardín Botánico del Orinoco doctor Leandro Aristeguieta         Jean falleció a la edad de 94 años, pues había nacido el  31 de julio de 1921.
La brillante y prolija  intelectual, autora de más de 40 libros y colaboradora y fundadora de varias revista literarias, era hija de Simón Aristeguieta y Panchita Capella.  Estudió  junto con su hermano, el botánico Leandro Aristeguieta, en su pueblo natal y luego en Ciudad Bolívar y España donde se licenció en ltras en la Universidad de Madrid.junto con los fundadores e  integrantes del grupo literario surrealista “Aureoguayanos”  que tuvo como centro de reuniones la Plaza Bolívar de Ciudad Bolívar, a donde de vez en cuando se asomaba el joven Jesús Soto, quien llegaría a ser pionero del arte óptimo universal.
Jean publicó sus primeros poemas en la revista “Alondras” del Ateneo de Guayana, fundada por la maestra y poeta Anita Ramírez y ya radicada en Caracas despunta con más soltura en las página de Lírica Hispana  y diario “El Heraldo” que luego incorpora en sus primeros libros (1949) Abril y ciclo marino y Alas en el viento.
En Madrid (1967) donde estudió estilística y literatura antigua y moderna, fundó  “Árbol de fuego”, revista de poesía y crítica literaria cuyas ediciones continuarán en Caracas a partir del número 4.
Jean Aristeguieta ha trascendido con más de 40 obras, varias de ellas acogidas y traducidas al griego, francés, hebreo, inglés, italiano, ruso y portugués.  Su poesía, fuera de sus libros,  aparece comentada en numerosas publicaciones nacionales y extranjeras. En 1979, Ediciones Ronda de Barcelona (España), publicó una Antología de su poesía (Ebriedad del delirio”) preparada por ella misma pensando que “debe ser el poeta quien a lo largo de todos los ciclos asuma la responsabilidad de realizar la escogencia de su labor”.
En el prólogo de esta Antología, José Jurado Morales, exalta la personalidad viajera, tímida y hermética de Jean Aristeguieta, cuyo “ámbito poético es de tanta extensión y de tanta profundidad que al contemplarlo uno queda atónito”.
La sensibilidad poética de Jean Aristiguieta, según confesó ella en cierta ocasión, comenzó a manifestarse cuando tuvo por primera vez contacto con el Orinoco y vio una goleta en travesía ostentando el nombre de “Safo”, poetisa griega del siglo siete antes de Cristo que descubrió en la biblioteca de su maestra Anita Ramírez.
Contó ella  que se estremeció en una exégesis mítica.  A esa visión se sumaron después otros episodios existenciales que la llevaron a manifestarse y a convencerse de que había nacido para vivir plenamente en el mundo de la poesía:   la trágica muerte, a los siete años, de su hermana Sonia, a quien adoraba y lo que una vez le reveló una quiro­mántica.  Ella le afirmo que era una auténtica poeta., que escribiera. Fueron  como presagios que la impulsaron a realizar intuitivamente, ideas-sentimientos.
Cuando de Guasipati se vino junto con su hermano Leandro a vivir y estudiar en Ciudad Bolívar, conoció a la maestra Anita Ramírez.  Fue ella su  primera guía espiritual a través de sus enseñanzas, además poniéndole a la orden su biblioteca presidida por los clásicos españoles.
La maestra y poetisa bolivarense disfrutaba lo que escribía y la condujo a un acto aca­démico en la Casa donde se realizó el Congreso de Angostura, para que leyera algunas  de sus creaciones. Era una convención nacional de maestros presidida por Luis Beltrán Prieto Figueroa, quién después de escucharla con atención comentó que así como había una Juana de América Jean podría llegar a ser Juana del Orinoco.  Se refería Prieto a Juana de Ibarbourou, a quien al paso del tiempo Jean Aristeguieta habría de conocer personalmente en Monte­video y ha sido una de sus grandes amistades.
En esa ocasión, Prieto hizo publicar algunos de sus poemas en la página literaria  del diario  “El Heraldo” dirigido en Caracas por Pedro Grases.
Una antología de su obra, bajo el título de “Ebriedad del delirio” (1954-1979) fue publicada por la Editorial Rondas de Barcelona, España, con La siguiente  presentación de los editores: “PARABOLA HUMANA TRASCENDIDA  Jean Aristeguieta desde la adoles­cencia consagrada por ímpetu fer­viente a la poesía, «al culto de las Musas» como se decía en los cánones románticos. Ella misma se ha refle­jado como una romántica surrealista o viceversa.
Exploradora de los enigmas, filo­nes, de la actividad poética, ha resi­dido siempre en los montes de la vida donde todo se da —hasta la consumación— por la fe visionaria.
En la dilatada extensión de su obra creadora Jean Aristeguieta ha llegado al punto en que necesitaba hacer una «Antología» en la cual ella misma fuera juez y parte. Porque nadie en poesía como quien la oficia, para calibrar, comprender y abarcar las vertientes de ese amoroso esfuer­zo permanente. Esta idea llegó al punto en que la interrogante del planteamiento por las estancias ima­ginativas —pues este ejercicio es de orden emblemático—, necesitó y as­piró situarse en el ámbito de la auto­determinación: debe ser el poeta quien a lo largo de todos los ciclos asuma la responsabilidad de reali­zar la escogencia de su labor.
Desde hace tiempo a Jean Ariste­guieta le ha obsesionado el dilema de que su fe consciente, su religión en —por— para la poesía fuera a quedar a mercad de otros criterios en el instante de cumplir un trabajo catalogador de la obra hecha. Así pues, con auténtica plenitud asumi­da por su propio discernimiento ha acometido el presente empeño de imprimir lo que ella considera níti­damente su legado hasta este año de 1979. Es un memorial abierto frente a la vigilancia del daimon sacrali­zado, intuición e intelección, ante cuyo fondo, otros textos publicados que no estén insertados aquí, deben considerarse ilegítimos, por deseo implícito y explícito de Jean Aiste­guieta.
Está ante su convicción y derecho indeclinables. En la hora de todas las responsabilidades, ilusiones, nos­talgias, está inmersa en la «ebriedad del delirio». Allí, desde esa pulsación identificada con su voluntad, debe recibirse este libro que compendia el espiritualismo de su realidad.
No solamente tacha, olvida, deja a un lado, las demás composiciones que no aparecen en esta edición, sino que las da por totalmente clausura­das. En consecuencia, ruega atender esta posición estética cuyo símbolo es su propia existencia consagrada al fuego del misterio poético. Como una digna parábola humana, tras­cendida.
Para el futuro que Dios quiera, queda su «libro inacabable», ya que su entrega al quehacer poético fun­ciona entrañablemente”.

Despedida 
La Aurora no quiso tocar el día con sus rosados dedos. Se puso un guante, un guante viejo y transido de dolor. Brisa y humo de otros recónditos lugares nos convocan. Brisa de un mar abierto, lleno de peces, un mar que no da cosecha, pero lleva a islas y playas ignotas o cercanas. La arenosa Pilos. Ítaca, la tierra a la que se llega tras anfractuosos viajes. El Olimpo sagrado donde Zeus tonante y Pallas Atenea, la de ojos siempre brillantes, Febo Apolo, Artemisa y Hermes nos aguardan. Y Lesbos, la isla de la barca que Jean vio en el Orinoco.
Acaya, la Hélade clásica, ha querido desviar los ríos brumosos que corren por el Hades y abrir un resquicio de luz, con rosas que brillan como coloridas botellas en cuadros que engalanan y perfuman, para recibir a una musa guayanesa que hoy nos deja y no nos deja, porque -como la poesía y la literatura- es y no es, viaja y no viaja, pero siempre brilla, Jean. Árbol de luz. Árbol de fuego. Árbol de vida y no mera ciencia.
Jean nos deja porque tiene que reencontrar otros brazos, otros labios, y oír otras palabras, voces niñas, voces adolescentes, voces de madurez y plenitud. Jean nos deja porque quiere estar siempre con nosotros estando con Aquel a quien ya intuían los moradores del Olimpo y quienes, reverentes, les ofrecían hecatombes o libaciones. Jean nos deja porque quiere besar a los suyos en la bruma de la tarde, los seres queridos, las manos que pintaban y volvían a pintar su mundo y el mundo de los vivos, de esos que aún respiran o están vivos porque permanecen en el recuerdo. Jean nos deja porque su obra se hizo grande y venturosa, clásica, como las columnas y arquitrabes del templo de Atenea, como las uvas que producen dulce vino o los hornos que cocinan suave el pan. Clásica como la música de los poemas más antiguos, clásica como la antigüedad escondida en las piedras y en las voces casi invisibles que pueblan la selva de Guayana, Jean nos deja porque su frente lleva los diplomas, los títulos, las dignidades académicas, los sobrados méritos de una anciana siempre juvenil en la evocación y el amor. Jean nos deja porque otros mundos, sus mundos, otras almas, las más amadas, la llaman, la esperan, la celebran, en el Absoluto canto de querubines, tronos y principados. Jean nos deja para que la vida continúe en sus versos, en su pasión, en su huella.
Y por eso mismo Jean no nos deja. No puede dejarnos quien deja tantos libros, tantos poemas, tantos ensayos, tantas cartas, tantos números de revistas bellamente editados. No puede dejarnos quien deja una obra tan densa, cartas tan hermosas, gestos, sonrisas, anhelos, deseos. No puede dejarnos quien nos deja también preces e invocaciones al Señor de los tiempos y de la luz, de la luz eterna. No puede dejarnos quien amó junto al Ávila (que sus coterráneos más antiguos llamaran Guarira Repano) y más allá de las columnas de Hércules, en las tierras arcaicas del olivo y el laurel. No puede dejarnos quien viajó amando, escribiendo y dedicando sus versos al sentimiento más sublime. No puede dejarnos quien, como Safo, se entregó al oficio de orfebre de la palabra y la pasión. No puede dejarnos quien, como Whitman o Lorca, buscó playas más nítidas para cantar. No puede dejarnos quien, como Kavafis, entendió con exquisitez y excelsitudes el sentido de la tradición y la esencia de lo clásico. No. No puede dejarnos quien como Homero no necesitó luces en los ojos para sentir el resplandor de los dioses, las finuras de las diosas, de seres inmortales que tomaban figuras humanas, pinceles del amor. No. No puede dejarnos alguien que escribió testamento tan hermoso: versos, prosas, pensamientos. No.
En mis días adolescentes, en mis momentos juveniles, el nombre de Jean Aristeguieta era un lucero inalcanzable, un placer de lectura, éxtasis puro. Nada me decía entonces que más tarde, no en la tarde sino en la plenitud del mediodía, en el pináculo del plenilunio (porque la vida es noche, por ser sueño y anhelo) tendría la bendición de oír la voz de Jean, voz de Guayana y voz de Grecia, en un hogar bendecido por el amor y el recuerdo, y de besar sus manos de poeta, sus manos hechas poesía, a la par que mis ojos se deleitaban en las formas, colores y luces de mil tonos que brotaban, que brotan, de los cuadros de Elvira Senior. Pocos regalos como ese, poquísimos como saber que Jean, que Jean Aristeguieta, que doña Jean Aristeguieta, dama de la poesía y las letras universales, oyó mis –ante ella- balbuceantes palabras y leyó mis –ante las suyas- torpes líneas. Gran regalo del Cielo, cuyas puertas imploro abiertas para esta mujer que nos deja y no nos deja, que se va y no se va porque siempre ha de volver, como mujer de letras, como poeta, como mujer hecha por y para el amor.
Jean, nos dejas el camino, nos abriste el camino, entre tantos peñones como Escila y Caribdis, como tantos seres sobrenaturales metamorfoseados en piedra en los ríos y raudales de la Guayana, en sus selvas, como esos dioses y diosas que tanto amaste con palabras que se lleva el viento, que nos las trae y siempre ha de traer.
Nos dejas y no nos dejas. Te vas y no te vas. Tu alma siempre, como Tiresias, acaso, nos alumbrará los caminos, nos dirá las señas para llegar a los más ansiados amaneceres, a los incansables en su rubor dedos de la Aurora. Tus palabras, Jean. Tu ejemplo, Jean. Tu amor, Jean. Tu entrega, tus voces, tus silencios, tus páginas todas, escritas a máquina o con la ambrosía caligráfica de tus lápices tornados pinceles y poemas en los cuadros del amor y la admiración por el más puro sentimiento que, junto a la idea de lo divino, una o muchas, no importa, nos hace humanos.
Vivirás entre nosotros, Jean. Regresa a Ítaca. Allí, ahora, lo sabes, te esperan, derrotados los impertinentes que asediaban el palacio y el amor que resplandece en tu obra, tras dibujar y desdibujar el cuadro del infinito anhelo. Viaja tranquila, Jean. Los vientos te sean, te serán, favorables.
Mil veces seas bendita, poeta.

Horacio Biord Castillo



San Antonio de Los Altos (Gulima), a 9 de enero de 2016