lunes, 26 de marzo de 2018

ELIO RUBENS



Elio Ruben quiso protagonizar la última película en su tierra natal Ciudad Bolívar, pero el destino le hizo trampa. Después de concluida, la película “Historia vulgar de Venezuela” se volvió ceniza en el laboratorio de montaje de la Bolívar Films y él al poco tiempo murió de forma inesperada.
El elenco del filme, dirigido por el cineasta Gilberto Lara, estaba conformado por artistas guayaneses, incluso a mí me dieron un papel como lugarteniente del general Lara que encarnaba Elio Rubens.
Elio Ruben nació en Upata, 26 de septiembre de 1938, hijo de padres guayaneses. Heredó la vena artística de su tío Alarico Gómez, un poeta cuyos méritos artísticos le merecieron la creación de un premio establecido por la Casa de la Cultura. Rubens dejó el bachillerato y pese a la oposición de sus padres, se dedicó al teatro a los 16 años de edad, con todo lo que implicaba en la época de una Venezuela rural.
Sus inicios fueron al lado de Juana Sujo. Comenzó a hacer teatro universitario al lado de grandes figuras, como José Ignacio Cabrujas, Isaías Chocrón, Román Chalbaud, y otros actores de la época. Con Chalbaud fue fundador del grupo “Techo de la ballena”.
En el Museo de Bellas Artes realizó “Judas”, luego “La Escalera”, con Mauricio Odremán, Héctor Mayeston, Orangel Delfín y Omar González, entre otros. Posteriormente, realizó “Caín Adolescente”, e hizo cine en una famosa coproducción México-venezolana con Lorena y Tere Velázquez. Elio Rubens tuvo una destacada participación en la histona de la televisión venezolana. “Historia de Tres Hermanas”, marcó su carrera profesional al lado de Guillermo González, Amalia Pérez Díaz y Edmundo Arias, entre otros.
La trayectoria profesional está marcada por su carácter. Fue RCTV donde realizó la mayoría de sus grandes producciones, al parecer arrancó con el rol de galán en el 72 con Marina Baura en “La Italiana”, continúa en el 75 al lado de Agustina Martín en “Corazón de Madre”, hasta que en el 73 hizo “La Doña” al lado de Lila Morillo, “La Indomable”, al lado de Marina Baura. Repite la galana en “Doña Bárbara” en el año 74 con Marina Baura y al finalizar este éxito tuvo un grave problema con el presidente de RCTV Hernán Pérez Belisario que generó su salida.
Pasa al canal 8, que ya pertenecía al Estado y allí se recuerdan una serie de novelas cortas como “Una mujer con pasado”, al lado de Elena Naranjo. “Onda” y “María Diabla” con María Gracia Bianchi, realizadas en el año 77. En el 78 “La Dama de Blanco” y en el 79 “La Malvada”, con María Gracia Bianchi.
En VTV tiene un sonado encontronazo con Manuel Escolano que para la época estaba casado con la escritora de VTV, y es su salida de la planta. En 1991 regresó a la TV de la mano de Arquímedes Rivero, donde hizo el padre de Sonya Smith en “Cara Sucia” y un problema en el cafetín del canal precipita su salida sin haber terminado su personaje. Es innegable que era considerado un actor de primera, logró por méritos estar al lado de grandes figuras, pero esa misma fuerza que le imprimía a sus personajes, la tenía para enfrentar sus problemas y ello le traía como consecuencias sus salidas de los canales. Alejado de la TV, se vino a Ciudad Bolívar para participar en el proyecto de Gilberto Lara.
Elio Ruben murió en Caracas  (08/08/2011). Le sobreviven sus hijos Elio José  y Erick. Ellos cumplieron la voluntad del actor de hacer cremar sus restos, y sus cenizas fueron sepultadas en el lugar donde reposan los de sus padres (AF).

SEMBLANZA DEL ACTOR 
Por Carlos Alarico Gómez
Elio Rubens fue un gran actor venezolano, que se destacó a nivel internacional. Nació en EL Hospital Oxford de Upata el 26 de septiembre de 1938, hijo de Rubén Gómez Echevarreneta, director de la Escuela de Tumeremo; y de Rosa López Rodríguez, maestra en esa misma institución. En 1952 su familia se mudó a Caracas donde estudió secundaria en el Liceo Fermín Toro. Era nieto del poeta Carlos Moreno, natural de Tumeremo; y sobrino del también poeta Alarico Gómez, cuyo nombre tenía el Premio de Poesía que por muchos años era concedido en Ciudad Bolívar.
En enero de 1953, a los pocos meses de su llegada a Caracas, comenzó la era de la televisión en Venezuela, pero Elio nunca se imaginó que sería el primero en grabar en color -de manera experimental- uno de los capítulos de la telenovela Doña Bárbara (1972), la cual protagonizó junto a Marina Baura, producida por RCTV bajo la dirección de José Ignacio Cabrujas. El uso del color en TV fue decretado en 1981 durante el gobierno de Luis Herrera Campins.
Rubens intervino desde pequeño en las obras de teatro de su escuela y luego en el Liceo, lo que hacía con tanto esmero que su tío, el poeta Alarico Gómez, lo estimuló para que estudiara arte dramático en la Escuela de Teatro que fundó en Caracas la actriz y dramaturga argentina Juana Sujo. Allí se formó como actor a mediados de los años cincuenta y paralelamente trabajó con Hugo de Gani en su grupo de teatro, donde se anotó su primer gran éxito en 1957 interpretando el papel de “Judas” en el Museo de Bellas Artes, por cuyo motivo de Gani organizó una gira por los teatros capitalinos, usando también como escenario algunos cines ubicados en la avenida Sucre de Catia. Esa experiencia lo estimuló a trabajar en las radionovelas de Radio Rumbos (Andrés Serrano) y Radio Tropical (Antonio José “El Catire” Istúriz). En 1959-1960 trabajó bajo la dirección de también guayanés Mauricio Odremán en la obra La Escalera anotándose un nuevo triunfo. Su histrionismo llamó la atención de varios directores, en especial del dramaturgo Román Chalbaud, quien lo contrató para que formara parte de su elenco en Caín Adolescente.
 Ese fue un momento en el que su nombre empezó a destacarse y rueda su primera película como actor secundario en La Isla de Sal con Simón Díaz y Lila Morillo. El teatro es su gran pasión, pero lo atraen las telenovelas y empieza a participar en el elenco de Radio Caracas Televisión donde es contratado para participar en Historia de Tres hermanas, que marcó el inicio de su carrera profesional por televisión al lado de Amalia Pérez Díaz, Guillermo González y Edmundo Arias.
En 1968 fue contratado por José Ignacio Cabrujas para que protagonizara una serie especial sobre las obras de Rómulo Gallegos y, como consecuencia, revive los valores de justicia y dignidad del personaje “Santos Luzardo” en Doña Bárbara. A partir de ese rodaje sus éxitos se suceden uno tras otro y sus ya numerosísimas admiradoras disfrutan de obras de grata recordación como: La usurpadora (1971), La italianita (1972), La Doña (1973), La indomable (1974). Sin embargo, no todas fueron buenas noticias. En 1969 fue designado gerente de Finanzas el contador Hernán Pérez Belisario, quien inició una rígida labor para bajar los costos, lo que afectó a una serie de estrellas como Renny Ottolina, Francisco Amado Pernía y Eio Rubens, quienes se trasladaron a VTV-Canal 8; en tanto que otros como Amador Bendayán y Sofía Imber prefirieron mudarse a Venevisión-Canal 4. Entre las actrices con las que hizo pareja en el canal 2 se destacan Marina Baura y Lila Morillo.
En el Canal 8 Rubens protagonizó Corazón de Madre y La Dama de blanco (1975). En esa época hizo pareja laboral con la destacada actriz Rebeca González, con quien también produjo un programa de radio por la emisora Radio Sensación. Sus mayores éxitos de esa época en VTV fueron Ondina con Rebeca González; Una mujer con pasado, al lado de Helena Naranjo; y María Diabla al lado de María Gracia Bianchi.
 Su carrera como actor de televisión termina en Venevisión donde interpretó el papel de “Señor Misterio”, el padre de Sonia Smith, en la telenovela Cara Sucia, bajo la dirección de Arquímedes Rivero.  En sus grandes éxitos tuvo la satisfacción de ser dirigido por notables dramaturgos como Isaac Chocrón y Juan Lamata. Desafortunadamente su carácter recio y disciplinado no era dado a las bromas y no le acepta una ofensa hecha en tono de humor por un ejecutivo de la estación con quien tiene un fuerte encontronazo en el cafetín de la estación y eso le cuesta la salida del elenco.
Durante varios años se ausentó de Venezuela y trabajó como primer actor en los principales canales de San Juan de Puerto Rico, Santo Domingo y Bogotá, pero su mayor éxito en la vida sin duda fue haber conocido el amor en los años 60 con Nilda Fregona, con la que contrajo matrimonio. De esa unión tuvo dos hijos: Elio y Erick, quienes son hoy día dos brillantes profesionales universitarios. Lamentablemente los celos afectaron la relación y se divorciaron de común acuerdo en los años 90. A partir de ese momento tuvo una gran amistad con una preciosa joven caraqueña de nombre Gloria Artiles, quien era su vecina en su residencia de Los Teques.
         Elio tuvo un carácter recio, transparente y a la vez amable, ya que fue un fervoroso cultor de la amistad. Tuvo una gran inclinación espiritual, que en su caso fue fortaleza y debilidad al mismo tiempo, ya que en el ambiente en donde se desenvolvía prevalecía el agnosticismo y el ateísmo. Sin duda fue un pastor del alma. En lo económico subió hasta lo alto, pero a pesar de poseer un Mercedes Benz, acciones del Anauco Country Club y un apartamento de lujo en Terrazas del Club Hípico, conservó siempre su sencillez y espíritu altruista.  
En sus últimos años bajaron considerablemente sus ingresos, pero se mantuvo activo como productor, actividad que ejerció en Radio 1300 y en Radio Sensación desde donde transmitió su programa “Aquí Venezuela”. Al alejarse de la televisión Elio regresó al cine contratado por el productor Gilberto Lara para rodar la película Historia vulgar de Venezuela, donde tuvo como compañero de rodaje al periodista e historiador guayanés Américo Fernández, quien lamenta que ese film haya tenido la mala suerte de haberse quemado durante un incendio que se produjo en Bolívar Films.

Aunque nunca fue político se unió a un grupo de artistas que participó en la campaña electoral de 1998. Elio Rubens falleció en Los Teques, donde tuvo su última residencia, el 26 de septiembre del año 1999, justamente en el momento en que se encontraba a punto de celebrar su sexagésimo primer cumpleaños. Su cuerpo fue hallado por su amiga Gloria Artiles. Sus cenizas fueron esparcidas en el cerro El Ávila, por los caminos de Galipán, donde tantas veces caminó cuando era un joven adolescente.

sábado, 10 de marzo de 2018

GUSTAVO RODRÍGUEZ



En la antigua casona de la Calle Boyacá con la Concordia, primero que a Gustavo Rodríguez, finales de los sesenta, conocí a su sobrina Jenny van der Dick cuando la postulamos como candidata a Reina de los Periodistas, lo mismo que a su hermano Boris Planchart, atleta de la selección nacional de voleibol y vicepresidente del Comité Olímpico.  Cuando eso Gustavo Rodríguez, quien también había nacido en esta casa el 18 de febrero de 1947, se hallaba en Caracas estudiando sociología.  Después supe más de su persona por boca de él mismo cada vez que le tocaba visitar Ciudad Bolívar, a la que me dijo nunca le perdía el pulso.  Me contaba episodios de su infancia como alguna vez me los contó Jesús Soto, Alejandro Otero, Luz Machado, Régulo Pérez  y Rafael Pineda, pensando seguramente que algún día tenía que referirme a ellos como, en efecto, lo hago ahora ante el cortejo y ritual de  sus cenizas que ahora serán esparcidas en el río Orinoco como antes las de César Gil Samy, compañero de sus correrías en los años cincuenta junto con  Alberto Camacho,  Tomás Gómez, Horacio Villamonte y Ernesto Guevara.
         La Ciudad Bolívar de entonces era todavía  plácida, casi bucólica y la relación humana bastante estrecha.  Ya su padre José Leandro Rodríguez había muerto. Su padre era sombrerero de oficio, pero su vocación realmente era la de actor y no perdía la oportunidad de las  Compañías teatrales que pasaban por la ciudad para aceptar papeles eventuales.     Pero hubo un tiempo que no pasaban Compañías sino Circos de malabaristas, equilibristas y payasos y aceptó suplantar por emergencia a un equilibrista de la cuerda floja con tan mala suerte que cayó y quedó inválido para siempre.
          De su padre le vino a Gustavo esa pasión por el desdoblamiento que es el arte del actor, además que en su casa, desde pequeño, le daban pábulo a su vocación histriónica cuando lo disfrazaban de Napoleón, de Julio Cesar, de Gladiador, de Mosquetero y con ellos  ganaba los primeros premios de disfraces infantiles en los Carnavales que eran realmente muy hermosos y respondían a un movimiento cultural de elevada ascendencia.
         Ese movimiento cultural e intelectual bastante     acentuado de entonces se ha perdido causa de la demagogia política, el facilismo y el afán de lucro. A la ciudad actual pareciera importarle más el poder económico y político que otros valores entrañablemente humanísticos.
         Gustavo Rodríguez estudió primaria en la Escuela Federal Tomás de Heres.  Una vez me contó que cuando cometía alguna travesura la maestra lo castigaba en el cuartico que le sirvió de celda al General Piar.  Entonces era monaguillo de la Catedral y por  la vía de Monseñor Juan José Bernal Ortiz, quien había sustituido a Monseñor Mejía como  obispo de la Diócesis, ingresó al Seminario Cristo Rey, pues quería ser sacerdote, Estaba tan adelantado que llegó a ser Maestro de ceremonia y organizador de las misas pontificales, pero su dudosa vocación se quebró antes de tiempo, pero le quedó el regusto por la ceremonia que llegaría a reflejarser sobre las tablas del teatro caraqueño.
         Su paso por la Catedral lo llegó a revivir con marcada emoción en  junio de 1994 cuando le tocó actuar dramáticamente en “Angostura, el oratorio de Piar” composición musical con la que el Maestro Luis Morales Bance invoca el espíritu del héroe de San Félix, con texto de José Manuel Peláez y actuación de la Cantata de Solistas de Venezuela, los Niños Cantores de Villa de Cura y la Coral Voces de la Gran Sabana.
Después del Seminario prosiguió la secundaria hasta el tercer año en el Liceo Peñalver. El Bachillerato lo terminó en el Liceo Aplicación de Caracas y luego ingresó a la Universidad Central de Venezuela para seguir la carrera de Sociología que interrumpió ya muy avanzado para aceptar  una invitación del Instituto Internacional de Teatro.
En esa ocasión Gustavo se empapó de las experiencias teatrales de vanguardia más importantes de Europa y participó en seminarios con connotados directores de teatros.        En ese entonces vivió intensamente el Mayo parisino y la invasión de la Unión Soviética a Checoslovaquia que lo alejó de la juventud comunista a la que pertenecía.



Estando en el Instituto Internacional, Gustavo tomó la decisión de abandonar los estudios de sociología en la Universidad Central para dedicarse de lleno al Teatro, y así se lo comunicó a su madre María Luisa Orá de Rodríguez, quien nunca estuvo de acuerdo con la decisión y lamentablemente no pudo vivir lo suficiente para ver los laureles de su hijo como actor dramático.
Gustavo no sólo destacó  en el Teatro actuando en un centenar de obras, todas para él positivas incluyendo las consideradas un fracaso porque de ellas aprendió mucho.  Cuando hablé con él en el curso de una entrevista para el Correo del Caroní.  Antes lo había entrevistado para el diario El Nacional, me dio a entender que “La Revolución” fue la obra teatral que lo consagró y le valió todos los premios.
"La Revolución" pieza teatral del dramaturgo Isaac Chocrón  estuvo en Caracas seis meses en cartelera y se montó en varias ciudades del país, entre ellas, Ciudad Bolívar, abarrotando un diciembre las gradas del anfiteatro construido en tiempos del gobernador Andrés Velásquez.
Gustavo Rodríguez no actuaba en Ciudad Bolívar desde 1974 cuando vino con el "Nuevo Grupo" a una temporada iniciada en la biblioteca Rómulo Gallegos, entonces dirigida por Lourdes Salazar y que culminó en el Gimnasio Cubierto de Las Moreas. Fue cuando se estrenó "La Máxima Felicidad" y se montaron obras de gran resonancia como "El Testamento del Perro" y "Resistencia".
Su trabajo en la Televisión también fue muy aplaudido y de hecho se sentía orgulloso de su trabajo  y fue reconocido en su  campo como factor importante de la nueva televisión       venezolana. Aquí se inició con "Peonia", la primera novela venezolana, escrita por Manuel García Romero y encarnó el papel de Pedro Estrada en la telenovela “Estefanía”, la primera a color  por la RCTV, 
En el cine protagonizó varias  películas y en otras formó parte de su elenco.  Recordemos a “Muerte al Amanecer”, “Domingo de Resurrección”, “Borrón y cuenta nueva” y “Los Platos del Diablo”, basada en una novela de Eduardo
 Liendo   y  donde hace de productor y actor al mismo tiempo, pues Gustavo  había fundado una Productora que realizaba miniseries para el Canal 8 y el Canal 4.  "El Dorado" fue uno de esos trabajos, ambientado en las Minas, pero que enfatiza en el problema ecológico de Guayana y en el contrabando de minerales, matizado con hechos dramáticos y de aventura.
Con su hija Juliana Andrea, de su unión conyugal con Gabriela, hija de Julián Pacheco, rodó dos películas.  Gustavo no fue estable en el matrimonio.  Se casó varias veces,  Con su primera esposa Lourdes Ramírez, pedagoga de Tucupita, tuvo a María Fernanda, abogado y con la actriz Sonia Vera,  tuvo a Alexandra, quien estudió teatro en Nueva York. Su última hija: Grecia Manrique.
         Hoy esta familia está de luto como lo está el mundo del teatro, del cine y la televisión, como lo estamos nosotros y toda Venezuela, porque se despide del teatro de la vida uno de sus más histriónicos valores.  Se despide a los 67 años, frotando  como Pavarotti el talismán de la suerte antes de entrar en escena.  Luciano Pavarottí solia utilizar como talismán clavos doblados en el bolsillo.  El talismán de Gustavo era conversar previamente con los muertos.  “Mi talismán son los muertos” me dijo un díaConverso con mi madre, mi padre y hermanos antes de salir a escena.  Pues bien, amigo, converse ahora más directamente con ellos remando como buen guayanés en el rielar luminoso del río que aguarda tus cenizas.      Al fin, como lo cantó el poeta Jorge Manrique: “Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar que es el morir”.

Américo Fernández
Ciudad Bolívar 09/04/2014.







martes, 19 de diciembre de 2017

RÉGULO PÉREZ




Régulo Pérez, nunca al parecer, ha querido celebrar su cumpleaños el 19 de diciembre, sino el 30 de marzo, día de San Régulo. Me imagino que el pintor se opone a esa costumbre tan socialmente arraigada, preguntándose por qué celebrar un año más de viejo, si la vejez denota proximidad a la muerte y nadie en este mundo, aparte de los suicidas, desea morir.
El 1929 cuando nació, toda Caicara (toda, porque Caicara era una aldea), creía que había nacido muerto porque, contraviniendo la regla biológica, no lloró, a pesar de que ese día había un gran jolgorio del pueblo celebrando con fuegos artificiales el aniversario del ascenso al Poder de Juan Vicente Gómez.
 Vino a llorar al tercer día porque unas hormigas negras (según constató la Cieguita que lo partió) estaban degustando su cuerpo, el cuerpo de quien seria llevado al bautisterio de Nuestra Señora de la Luz con el nombre de Régulo en memoria del General Regulo Olivares, revolucionario antigomecista admirado por su padre, quien potencialmente lo era también y seguramente alimentaba la esperanza de que su hijo cuando grande lo fuese igualmente, pero su hijo que había resultado tan exquisito para las hormigas, prefirió la pintura artística. De haberlo adivinado quizás lo había llamado Leo, quien manifestaba su antigomecismo pintando geniales caricaturas. De todas maneras su pintura ha estado asociada a la ideología propugnadora de una sociedad más justa.
 Regulo le hizo pintor porque su padre en ese sentido fue complaciente, posiblemente viendo la inclinación del niño, esmerado en pintar los cartones de la Lotería de Animalitos con la cual la gente de su pueblo se distraía a la vez que ligaba la suerte; esmerado asimismo en pintar las figuras del cine silente (El anillo de los Nibelungos, La muerte de Sigfrido, la Venganza de Krimilda) en las cuales parecían reencarnar personajes pintorescos de Caicara como el popular Crispin Pulido, el electricistas Marcial Infante, el flaco Sixto Pedriquez, el tuerto Agilio Cardier y sucesos insólitos como el de la burra incendiada que, por instinto, buscaba desesperada el agua del Orinoco.
Régulo creció entre el río y los llanos de Caicara, pintando ludicos animalitos, personajes de la picardía  pueblerina, jugando el escondite de tras de la Piedra del Sol y de la Luna y viendo al loco Joaquín marchar con una campana anunciando la película del día que por lo general era ella parte del ciclo legendario de Fritz Lanz, hasta que un día de agosto se desbordó el Orinoco, inundo la sala del Cine Cedeño y el celuloide quedo sepultado en las entrañas del Fafnir de la crecida.
El padre de Régulo vivía y tenia negocio en una de las cuatro esquinas donde se cruzaban las dos calles principales de Caicara. En el resto de las esquinas también había comercios y los propietarios de los establecimientos de cada esquina solían reunirse por las tardes en la calle para jugar dominó. Aquel dominó trancado, trancaba la calle y los chóferes de los dos únicos camiones del lugar forzosamente quedaban atrapados en el punto cuando iban de un lugar e otro hasta una tarde que no había juego chocaron aparatosamente quedando el suceso como manjar para el lápiz de Régulo.
 Otro suceso, a caso como cinematográfica estampa de Buñuel, fue el del Maestro Chucho, rendido para siempre en su chinchorro de moriche, abrazado a su guitarra y a su botella de anís El Mono mientras una columna de hormigas amarillas desfilaban por su cuerpo inerte e inerme al ritmo del silencio eterno.
Pero este es mas terrible; sin embargo, el no lo pintó sino muchos años después; Pechon, el mandadero y aguador del pueblo, siempre metido en un aro, semejante al reducido circulo de su vida, fue enviado a las Colonias Móviles de El Dorado por haberlo inducido el hambre a situación de delincuente (hurto una gallina jabada) y luego de una fuga junto con cuatros compañeros  reclusos, lo devoro la misma hambre que un mal día lo atacó en Caicara. En medio del infierno verde, su figura grotesca, parecía el tronco de un árbol desramado floreciendo en cristo.
La figura que hizo el Penare muerto de fiebre amarilla en la selva de Los Pijiguaos y cuyos restos descansan por equivocación en el Cementerio de Arlington, se reduce al simple monumento que el cree le fue levantado al gringo que en vez del panare quedo con sus huesos hundidos en un hueco hormiguero, donde lo sepultó su enterrador, Juan Cancio, un negro flaco y vivaracho, baquiano de la zona.
De manera que el musiu, buscador de bauxita, con sombrero de corcho, pipa y lobadillo de avestruz, no le salio por mala suerte ni siquiera el cementerio de Caicara que como el de Ciudad Bolívar se encuentra en una loma por temor a las inundaciones y que también tiene su ‘’Descanso’’. Allí estaría el pobre de no haber sido arrojado en un abandonado hueco hormiguero. Allí estaría al lado de le desgarbada figura de Bruna Delgadillo, tan delgada como su cruz de alambre, pero menos desgraciada que Caimán Chucuto, virtualmente culpable de todas las travesuras que ocurrían en Caicara, incluyendo la hoz y el martillo en el muro de la iglesia de Nuestra Señora de la Luz.
Caimán Chucuto, compañero inseparable de Régulo, a pesar de su vida de ‘’Muchacho Malo’’, a quien se le atribuía incluso haberle pegado fuego a una burra que seguramente lo ‘’Corneaba’’, tuvo buena fortuna como empresario ligado a la ‘’Caimanera de Fedecamaras’’, solo que no ligó buen final; murió aplastado por un shuto. Con las tripas afuera, como le ocurrió a su paisana doña Victoria cuando esta se retorcía como un bejuco a causa de la fiebre. Solo que la doña tuvo salvación gracias a una peripecia de cirugía rural, en tanto que Caimán chucuto quedo hundido en la torrentera de la desgracia como las bolas de billar que un día intentando carambola por las cuatro bandas, saco de su espacio verde para ir a parar a un musgoso afluente artificial del Orinoco.
Un cautiverio fluvial para unas bolas cansadas de robar a fuerza de taco y perilla a José Vicente, el amigo de Régulo, un día le salio también cautiverio en la fluvial Tucupita y allá fue el pintor a darle por los barrotes su mano de paloma viva para luego hablar de la ramera Clotilde y como desde pequeño a su amigo José Vicente lo persiguió el cautiverio, pues su padre que había convertido la vieja cárcel de San Fernando de Apure en una mansión, lo castigaba en un cuartito que los presos en sus malos tiempos bautizaron como El Tigrito.
Cuánto habría dado Régulo para rescatar a su amigo que mataba el tiempo escribiendo poemas, pero no pudo físicamente. Los barrotes eran inmensos y muy pesados. Solo pudo rescatarlo en su cuaderno de apuntes, quizás en el mismo con el cual rescató a 200 especies amenazadas de ser sepultadas en el lago que formaría sobre el Caroni la represa de Guri, exceptuada la pereza, según el mismo cuenta en su libro ‘’Orinoco, Irónico y Onírico’’, publicado en 1992 por la Academia Nacional de la Historia, y que me sirvió de mucho para ser reportaje. Claro, no fue por pereza de él toda vez que la misma es pecado capital, sino porque el mamífero desdentado no sincronizaba sus movimientos con el hiperestésico lápiz de regulo al mejor cazador se le va la liebre y la pereza también aunque esta sea muy lenta y el cazador muy activo.
Nadie puede negar la superactividad de Régulo. Siempre la ha tenido, tanto en Caicara, el mundo de su infancia y parte de la adolescencia, como en Caracas donde se ha realizado como profesional de las artes visuales en dos campos: el de la pintura y el dibujo. Este último le ha permitido hacer periodismo en el género de la caricatura.
Aparte de esa efervescencia en su quehacer artístico, es obvia la calidad de su trabajo, incluyendo los que marcaron sus primeros pasos de estudiante por la Escuela de Artes Plásticas y Artes Aplicadas de Caracas (1945) entre los cuales tuvimos la ocasión de apreciar la pintura que la poeta Luz Machado exhibía en su apartamento de Cumbres de Curumo. De no haber sido así no habría obtenido el Premio Nacional de dibujo en 1960 y el de pintura siete años después (esta obra puede verse en el Museo de Ciudad Bolívar, casa del Correo del Orinoco).
Pero su vida de artista lo marcó indudablemente el Taller Libre de arte  (1947-1952) y su contacto durante cinco años con las mejores escuelas de Francia e Italia de donde al final se vino para dirigir la Escuela de artes Plásticas de la Universidad de los Andes.
Antes, en 1957, define junto con Jacobo Borges y Luis Guevara Moreno, la orientación del movimiento figurativo realismo social dentro del cual se ha mantenido vivo y constante.
Desde su regreso de Paris en 1957, el trabajo artístico de Régulo en el campo de la pintura, del dibujo, de la ilustración, del humorismo grafico y el periodismo, es constante. Sus exposiciones individuales por toda Venezuela son innumerables y, hoy por hoy, Regulo Pérez, con sus 65 años a cuesta, se mantiene vigente.
La pintura de Régulo como la de César Rengifo, Gabriel Bracho, Héctor Poleo, Pedro León Zapata y José Antonio Dávila, se ubica dentro del realismo social, un movimiento pictórico que emergió hacia los años veinte con los muralistas mexicanos Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros, que tuvo su gran fuente de inspiración en la utopia del socialismo.
El arte que hasta entonces había sido individualista y ajeno a la solidaridad humana, asume con este movimiento el compromiso ideológico de utilizar la imagen en función de un mensaje de solidaridad con los desposeídos, de solidaridad con los oprimidos y de denuncia, de protesta contra los poseedores y opresores, siempre en arreas de una sociedad mas justa.
BIBLIOGRAFIA; REGULO PEREZ-Orinoco, Irónico, y Orinoco-1992

ALFREDO BOULTON- La pintura en Venezuela- 1987  Exposición Artística Plástico Guayanés- Catalogo-1983.

martes, 19 de septiembre de 2017

Guayanesas de Primera

Mujeres guayanesas de primera
Recordamos hoy, Día Internacional de la Mujer que Guayana es cuna de mujeres que dieron el primer paso para romper esquemas sociales dentro los cuales el hombre monopolizaba derechos actualmente compartidos en igualdad de condiciones con el sexo
opuesto.
Américo Fernández

Malvina Rosales Granarolli, destaca como la primera guayanesa que tra­bajó como secretaria en una empresa privada; Mary Calcaño, la primera en pilo­tar un avión en Venezuela; Alida Isaura Gambús, la primera bachiller egresada del Colegio Federal de Varones; Gloria Lezama de Casado, la primera gradua­da de abogado; Sofía Silva Inserri, la primera Miss Venezuela, Lucila Palacios, la primera que ejerció la diplomacia como embaja­dora y María de Lourdes Salóm, la primera graduada de medicina veterinaria en Venezuela.
En 1900, cuando Malvina Rosales Granarolli nació bajo el signo de Aries, Ciudad Bolívar, la tierra cálida de Marcos Vargas, el hombre que desanduvo el progreso para llegar a la barbarie y retornar de nuevo a la civilización a través de su hijo, estaba sembrada de forasteros industriosos y había una actividad de puer­to que desaparecerá des­pués que el petróleo multi­plica las carreteras y el dra­gado del Orinoco que se detiene en Matanzas.
A pesar de la influencia europea, la Ciudad Bolívar de principios de siglo se mantiene fiel al tradiciona­lismo que sujeta a la mujer a una vida doméstica, de recato y de imposible competencia normal del hombre.
Atrapada por esa realidad social, vino al mundo Malvina, la hija de Luis Eduardo Rosales Pachano y Josefa Granarolli Gerald, descendiente de Malvina Gerald Granarolli, una fran­cesa que abandonó los viñe­dos que tenía en Marsella para venir a vivir poco y a morir temprano junto al Orinoco. No resistió esa francesa de veintisiete años el ambiente embriagador del trópico, pero lo que le restó por vivir se acreditó con creces en la longevidad de su hija huérfana que murió a los 90 años.
           Esa longevidad la heredó Malvina (Malva) Rosales quien sobrevivió a sus cuatro hermanos hasta un poco más allá de los ochenta.
De muy joven intuyó que la fatalidad iría desgranando la unidad familiar y se adelantó a los tiempos que le darán la razón que para su edad temprana parecía no tener cuando se puso a la par del hombre reclamando derechos negados a la mujer.
Comprendió que con un poco de inteligencia y auda­cia difícilmente se sucumbe en la miseria. Marte estaba de su lado como buena aria­na y con él emprendió la guerra contra los prejuicios sociales. Pero primero hubo de salir de la pobreza por­que sus ascendientes no dejaron herencia. Empezó la joven por cargar piedras en carapacho de tortuga desde lo alto del cerro donde se montaba la ciu­dad. La piedra muy utiliza­da para empedrar las calles se pagaba entonces a buen precio. Jamás para ella fue una vergüenza aquel trabajo duro y árido que le ayudó a paliar su hambre en la sole­dad de un camino atajado de prejuicios.
Con la piedra se costeó los estudios y su aplicación la hizo maestra al lado de su coetánea Anita Ramírez. Tenía 15 años cuando la nombraron subdirectora de la Escuela "Francisco Antonio Zea". Pero no esta­ba hecha para el cotidiano caletreo de las niñas y por eso desertó a los dos años de ejercicio docente. Se fue a Trinidad de paseo y un casual encuentro con el Gerente de la "Dick Balatá Ltd" cambio su rumbo.
Estudió mecanografía y como secretaria mecanó­grafa prestó servicios en la empresa que tenía en Ciudad Bolívar su centro de operaciones dirigidas a la explotación del balatá del Alto Orinoco, la sarrapia del Caura y el Oro de El Callao.
 Con Malva. "Dick Balatá Limited" pasaba a ser la pri­mera empresa privada gua­yanesa que admitía los ser­vicios profesionales de una mujer dentro de su área administrativa. Pero desa­justes económicos que le sobrevinieron a la empresa en 1920 decretaron su quie­bra y para Malvina no fue difícil entonces encontrar colocación en el Banco de Venezuela, donde llegó a ser Sub-Gerente con título de Auditor. Que para aquellos tiempos significaba tanto como ser hoy un experto administrador de finanzas.  Con este segundo caro, Malvina terminaba de abrir la brecha  para que la mujer guayanesa comenzara a vislumbrar un porvenir mejor dentro del campo del trabajo del hombre.
En 1925, después de 34 años de labor ininterrumpida y debido a un accidente, el Banco de Venezuela decidió jubilarla para que se fuera a Europa a restaurar su salud, pero el temor de morir en soledad la hizo desistir de una solución qui­rúrgica. Decidió entonces darle la vuelta a Europa en un automóvil Renault de cuatro caballos comprado en Caracas y que hizo poner en Lisboa donde emprendió su periplo para terminar vendiendo el auto en París perdiendo no mucho de los 3.500 bolívares que le había costado. La gira la cumplió en cuatro meses, pero para evitarse cargos de concien­cia, tuvo el cuidado de reco­rrer antes todos los estados de Venezuela.
Sin darle mucha importan­cia a la afección pulmonar que la aquejaba, retornó a Guayana para incorporarse de nuevo al trabajo ya como Comisaria del Automóvil Guayanés, Jefe de Relaciones Públicas de la Compañía Anónima Electricidad de Ciudad Bolívar, del Núcleo Bolívar de la Universidad de Oriente o samaritana del bien ajeno.
Malvina, además, fue excelente deportista. Tuvo en los tiempos de su juven­tud predilección por el tenis y la primera cancha de este deporte la fundó ella en lo que ha sido siempre el Club Deportivo Social "La Cancha" de la Avenida Táchira. En la construcción de la iglesia San Francisco de Asís y sostenimiento del Asilo de Ancianos San Vicente de Paúl,
Malvina, además, fue excelente deportista. Tuvo en los tiempos de su juven­tud predilección por el tenis y la primera cancha de este deporte la fundó ella en lo que ha sido siempre el Club Deportivo Social "La Cancha" de la Avenida Táchira. En la construcción de la iglesia San Francisco de Asís y sostenimiento del Asilo de Ancianos San Vicente de Paúl, Malvina aportó por lo menos una piedra que es más que un granito de arena, aunque no cargada en su antiguo cara­pacho de la tortuga arrau, pero sí en el temple de su corazón de mujer que en Ciudad Bolívar se atrevió a romper con unos cuantos esquemas, para lo cual, por supuesto, no había que temer ni tener miedo, Rafael Pineda lo dice muy bien en un largo poema dedicado a ella: "la primera que no tuvo miedo/de irse a trabajar, brazo con brazo, al mundo de la calle, con los hombres".
MARY CALCAÑO
Otra mujer que no tuvo miedo fue Mary Calcaño, aunque no pobre de origen como Malvina, pero se atre­vió a desafiar la audacia del hombre, volando por prime­ra vez un avión.
María Asunción o preferi­blemente Mary Calcaño, a las 10:10 de la mañana del 22 de febrero de 1940 sor­prendió a sus paisanos bolivarenses aterrizando el el aeropuerto de la ciudad su. reserva( propio avión Club adquirido en los Estados Unidos.     
Hija de José Antonio y Adita Calcaño, casado con la hija menor del médico Angel Ruiz cuyo nombre lleva el hospital central, la    atractiva Mary realizó un vuelo sin problemas desde su base en Maracay hasta Ciudad Bolívar con una breve escala en Barcelona.     
Sus estudios de aviación de los realizó en la Escuela  Safar Aeródromo Roosevelt de Long Island, Nueva  York, donde obtuvo la licencia 13550, revalidada en Caracas por el Ministerio de Guerra y Marina.
ALIDA ISAURA
GAMBUS

Fue la primera bolivaren­se graduada de bachiller en filosofía en el Colegio Federal de Varones de Ciudad Bolívar. Un jurado integrado por los doctores Oscar Perfetti, J.M. Agosto Méndez, Carlos Salom, Juan Pablo Carranza y Br. Ernesto Sifontes, la exami­naron el 15 de julio de 1930 y la promovieron con altas calificaciones. También ella fue la primera venezolana egresada de la Escuela de Farmacia de la Universidad Central de Venezuela. Era hija de Rafael Gambús, des­cendiente de Hilarión Gambús, rico comerciante catalán establecido en Guayana a fines del siglo pasado y tronco principal de odas las ramas afiliadas a ese apellido.
Hasta entonces y desde la creación del Colegio Federal de Guayana en 1842, el bachillerato estuvo reservado para los varones.  A Alida Isaura la siguieron  posteriormente Inés Elvira y Adita Figarella, graduadas en el mismo colegio.

GLORIA LEZAMA
 CASADO
Hija de Rafael Lezama, el baquiano de Gallegos por los caminos de Canaima, gloria nació el 23 de mayo de 1922 y estudió bachillerato en el Colegio Santa María de Caracas  dirigido por Lola Fuenmayor  Luego de gradur de Bachiller en Filosofía el primero de octubre de 1944, se inscribió en la Facultad de Derecho de la Universidad Central de Venezuela donde recibió el título de doctora en Ciencias Políticas el 15 de diciembre de 1949. Sería entonces la primera mujer nacida en Guayana que se graduaba de abogado, pro­fesión que comenzó a ejer­cer en el bufete de Oxford y César Obdulio Iriarte durante muy poco tiempo porque luego el Poder Judicial la reclamó primero como Defensora Pública de Presos, luego como Procuradora de Menores y finalmente como Juez de Menores hasta los días de su jubilación. Falleció el 2 de noviembre de 1993.
SOFÍA SILVA INSERRI
A la media noche de 17 de junio de 1952, en el Valle Arriba Golf Club de Caracas, entre palmas, luces, flores y anhelos, la tumeremense Sofía Silva Inserri ciñó la diadema de la mujer más bella entre las bellas de Venezuela.
La noticia que estremeció de gozo a los bolivarenses fue leída con gula en el vespertino El Luchador de los Suegart, único diario de la región y el cual le reseñó dos días después a ocho columnas y una gráfi­ca donde se veía a Sofía desfilar ante un nutrido público presidido por los coroneles Marcos Pérez Jiménez y Luis Felipe Llovera Páez.
Sofía Silva Inserri, repre­sentó en el concurso al Estado Bolívar y fue electa Miss Venezuela con 90 pun­tos y sólo tres de ventaja sobre Ligia de Lima, la aspirante más cercana. Vilma Acosta Viana resultó segunda finalista. Ella fue la primera Miss Venezuela.
LUCILA PALACIOS
Mercedes Carvajal de Arocha, conocida bajo el seudónimo de Lucila Palacios, escritora venezo­lana, nacida en Ciudad Bolívar el 13 de mayo de  mayo de 1902 y fallecida el  31 de octubre  de 1994 a la edad de 92 años, fue autora de 30 obras literarias: 11 novelas, 5 dramas, 5 cuentos y el resto libres de ensayos y poesía. Fue la primera mujer venezolana que ejer­ció la diplomacia como embajadora de Venezuela en la República del Uruguay y asimismo la pri­mera dama en ingresar a la Academia Nacional de la Lengua.
MARÍA DE LOURDES
SALOM

Nativa de Ciudad Bolívar, realizó sus estudios de secundaria en el Colegio Federal, hoy Liceo Peñalver. Luego ingresó en la Universidad Central de Venezuela donde destacó como una de las primeras estudiantes, como también en  1940, la primera gradual en medicina veterinaria en Venezuela, con la tesis do doctoral "Experimento vaqueras del Distrito y en prevención de las metritis consecutivas a la retención placentaria de las vaca Inmediatamente después fue designada para ocupar el cargo de Secretaria de Facultad de Medicina Veterinaria y docente de misma facultad. Ejerció importantes cargos de
dirección en el Ministerio de Agricultura y Cría, en ellos, Jefe de la Sección Policía Sanitaria de las que fue fundadora; Jefe de División de Higiene Sanidad Animal y Jefe (I( campaña contra la fiebre aftosa en el Distrito Federal y estado Miranda.







domingo, 17 de septiembre de 2017

Malvina Rosales, una mujer valiente



En 1900, cuando Malvina Rosales Granarolli nació bajo el signo de Aries, Ciudad Bolívar, la tierra cálida de Marcos Vargas, el hombre que desanduvo el progreso para llegar a la barbarie y retornar de nuevo a la civilización a través de su hijo, estaba sembrada de forasteros industriosos y había una actividad de puer­to que desaparecerá des­pués que el petróleo multi­plica las carreteras y el dra­gado del Orinoco que se detiene en Matanzas.
A pesar de la influencia europea, la Ciudad Bolívar de principios de siglo se mantiene fiel al tradiciona­lismo que sujeta a la mujer a una vida doméstica, de recato y de imposible competencia normal del hombre.
Atrapada por esa realidad social, vino al mundo Malvina, la hija de Luis Eduardo Rosales Pachano y Josefa Granarolli Gerald, descendiente de Malvina Gerald Granarolli, una fran­cesa que abandonó los viñe­dos que tenía en Marsella para venir a vivir poco y a morir temprano junto al Orinoco. No resistió esa francesa de veintisiete años el ambiente embriagador del trópico, pero lo que le restó por vivir se acreditó con creces en la longevidad de su hija huérfana que murió a los 90 años.
        Esa longevidad la heredó Malvina (Malva) Rosales quien sobrevivió a sus cuatro hermanos hasta un poco más allá de los ochenta.
De muy joven intuyó que la fatalidad iría desgranando la unidad familiar y se adelantó a los tiempos que le darán la razón que para su edad temprana parecía no tener cuando se puso a la par del hombre reclamando derechos negados a la mujer.
Comprendió que con un poco de inteligencia y auda­cia difícilmente se sucumbe en la miseria. Marte estaba de su lado como buena aria­na y con él emprendió la guerra contra los prejuicios sociales. Pero primero hubo de salir de la pobreza por­que sus ascendientes no dejaron herencia. Empezó la joven por cargar piedras en carapacho de tortuga desde lo alto del cerro donde se montaba la ciu­dad. La piedra muy utiliza­da para empedrar las calles se pagaba entonces a buen precio. Jamás para ella fue una vergüenza aquel trabajo duro y árido que le ayudó a paliar su hambre en la sole­dad de un camino atajado de prejuicios.
Con la piedra se costeó los estudios y su aplicación la hizo maestra al lado de su coetánea Anita Ramírez. Tenía 15 años cuando la nombraron subdirectora de la Escuela "Francisco Antonio Zea". Pero no esta­ba hecha para el cotidiano caletreo de las niñas y por eso desertó a los dos años de ejercicio docente. Se fue a Trinidad de paseo y un casual encuentro con el Gerente de la "Dick Balatá Ltd" cambio su rumbo.
Estudió mecanografía y como secretaria mecanó­grafa prestó servicios en la empresa que tenía en Ciudad Bolívar su centro de operaciones dirigidas a la explotación del balatá del Alto Orinoco, la sarrapia del Caura y el Oro de El Callao.
 Con Malva. "Dick Balatá Limited" pasaba a ser la pri­mera empresa privada gua­yanesa que admitía los ser­vicios profesionales de una mujer dentro de su área administrativa. Pero desa­justes económicos que le sobrevinieron a la empresa en 1920 decretaron su quie­bra y para Malvina no fue difícil entonces encontrar colocación en el Banco de Venezuela, donde llegó a ser Sub-Gerente con título de Auditor. Que para aquellos tiempos significaba tanto como ser hoy un experto administrador de finanzas.  Con este segundo cargo, Malvina terminaba de abrir la brecha  para que la mujer guayanesa comenzara a vislumbrar un porvenir mejor dentro del campo del trabajo del hombre.
En 1925, después de 34 años de labor ininterrumpida y debido a un accidente, el Banco de Venezuela decidió jubilarla para que se fuera a Europa a restaurar su salud, pero el temor de morir en soledad la hizo desistir de una solución qui­rúrgica. Decidió entonces darle la vuelta a Europa en un automóvil Renault de cuatro caballos comprado en Caracas y que hizo poner en Lisboa donde emprendió su periplo para terminar vendiendo el auto en París perdiendo no mucho de los 3.500 bolívares que le había costado. La gira la cumplió en cuatro meses, pero para evitarse cargos de concien­cia, tuvo el cuidado de reco­rrer antes todos los estados de Venezuela.
Sin darle mucha importan­cia a la afección pulmonar que la aquejaba, retornó a Guayana para incorporarse de nuevo al trabajo ya como Comisaria del Automóvil Guayanés, Jefe de Relaciones Públicas de la Compañía Anónima Electricidad de Ciudad Bolívar, del Núcleo Bolívar de la Universidad de Oriente o samaritana del bien ajeno.
Malvina, además, fue excelente deportista. Tuvo en los tiempos de su juven­tud predilección por el tenis y la primera cancha de este deporte la fundó ella en lo que ha sido siempre el Club Deportivo Social "La Cancha" de la Avenida Táchira. En la construcción de la iglesia San Francisco de Asís y sostenimiento del Asilo de Ancianos San Vicente de Paúl, Malvina aportó por lo menos una piedra que es más que un granito de arena, aunque no cargada en su antiguo cara­pacho de la tortuga arrau, pero sí en el temple de su corazón de mujer que en Ciudad Bolívar se atrevió a romper con unos cuantos esquemas, para lo cual, por supuesto, no había que temer ni tener miedo, Rafael Pineda lo dice muy bien en un largo poema dedicado a ella: "la primera que no tuvo miedo/de irse a trabajar, brazo con brazo, al mundo de la calle, con los hombres".


domingo, 3 de septiembre de 2017

MIMINA RODRÍGUEZ LEZAMA

Poeta de gran riqueza metafórica, Presidenta de la Casa de la Cultura, Hija Ilustre de Upata y Socia Correspondiente de la Academia de la Lengua, se desprende del mundo terrenal, pero permanecerá viva  en el mundo de la palabra.

                                               --Américo Fernández-

         Nació la poeta en tiempos del mandatario regional Vicencio Pérez Soto.  Fue este General, quien trajo del Tocuyo a quien sería su padre.  El tocuyano Felipe Rodríguez era militar retirado, acaso muy maduro para su madre que era quinceañera y estaba enamorada de Manuel, un hijo del entonces ex Presidente del Estado Bolívar, general Marcelino Torres García.

         La presencia del militar retirado, en postura de encantamiento ante la Flor de la selva del Yocoima, facilitó la disolución del noviazgo al cual se oponía el abuelo Julio Lezama y toda su estirpe, ensañado contra Marcelino Torres García  por la forma como fue eliminado en Tumeremo (22 de julio de 1920) el general revolucionario antigomecista, Pedro José Fernández Amparan.

         Pero Felipe Rodríguez falleció cuando Guillermina Rodríguez Lezama (Mimina) tenía apenas seis meses de nacida.  Entonces su madre Flor Lezama volvió por sus fueros con su antiguo pretendiente sin importarle mucho el odio de aquellas dos familias.

         Felipe Rodríguez le había dejado de herencia a su hija el hato Las Peñas, cerca de Upata y allí fue a tener la familia.  Mimina comenzó a ser niña bajo el alero rojo de una casa blanca, en un ambiente de muchos riachuelos y morichales, racimos de frutas, inmenso patio siempre lleno de rosas, trojas con hortalizas y la empalizada cubierta de cundeamores.

         Tenía siete años cuando sus ojos verdes se encontraron de nuevo con Upata.  Seguía siendo la ciudad del Yocoima, centro de los Carreros del Yuruari y de las mujeres bonitas, posada de forasteros y de familias cultas que se reunían por las noches para tocar pianola y recitar poemas de Vargas Vila, Juan de Dios Peza y José Asunción Silva.

         Pero la Upata de Concepción de Talyhardat, de Anita Acevedo Castro, de José Ramón del Valle Laveaux, de Teodoro Cova Fernández, de Oxford López y del doctor Obdulio Álvarez, debió quedar atrás un día impreciso en la memoria de Minina Rodríguez Lezama en que se vio de crinejas buscando entre los muros de piedra y barro el eco del arcabuz que hizo trizas el brazo izquierdo del prócer Tomás de Heres.  Pero no pudo lograrlo, se imponía desde fuera el ruido congelado de los fusileros que hizo imposible la existencia del héroe de Chirica.

         Su vida de niña andaba de sorpresa en sorpresa, sin lugar donde detenerse y ahora, lejos aún de la pubertad, se encontraba en Amor Patrio entre Dalla Costa y Libertad, tratando de alcanzar el gran río que se escondía detrás de los mogotes y el bullicio del Mercado Principal.  Entonces fue cuando apareció con su voz cantarina la maestra Anita Ramírez y le mostró que no podía ser un secreto la extensión del río.  Anita que no se despegaba de su Alondra, la enseñó a encontrarlo y le puso en sus manos “Pajaritas de Papel” en cuyas alas volaría después a Caracas cuando ya despuntaba su adolescencia.  Y allá en la ciudad de los techos rojos pudo conocer a Castor Fulgencio López, el autor de “Pajaritas de Papel”, quien le aguardaba para morir en plena reunión de la Asociación de Escritores, sujeto a sus manos que ya habían escrito poesía sobre el tronco desnudo de los árboles.

         Ella era la única hija del muerto porque Julio y Nora eran hijos del padrastro que un mal día no quiso vivir más con su madre, por lo que la vida comenzó a serle dura como la propia costura que debía coser aquella y asentar ella con la plancha mientras su pariente Teresa trataba de memorizar poemas que parecían desplazados por los que le traía a Mimina la escritora Graciela Rincón Calcaño.

         Fue Graciela la que le presentó al Teniente una noche avileña en la que todos pretendían ocultarse tras una mueca.  Fue cuando recordó que también Reverón conoció a Juanita en un carnaval guaireño y terminó hundido hasta la cintura en el mar de Colón.  Con el teniente Jorge Rincón Calcaño no iba a ocurrir lo mismo porque él era un hombre de infantería, de manera que con él se casó y virtualmente con él encontró su seguridad.  El militar tenía las botas bien puestas con Medina Angarita, aunque después fue de los del 18 de octubre, pero al lado del entonces Mayor Marcos Pérez Jiménez.

         Un día  Pérez Jiménez le dijo a Jorge, su marido, estando en Barquisimeto:  “en tus manos  confío las llaves de occidente”.

         Mimina lo recordaba siempre y me confesó que nunca entonces estuvo mejor cuidado el cerrojo de la puerta. Era un poder innegable que le permitió dejarse llevar resuelta como el vals en el salón del Club Militar, por las manos del gran jefe de Venezuela.

         Disfrutó plenamente del crepúsculo y los ritos culturales larenses.  Al fin y al cabo su padre Felipe Rodríguez era tocuyano igual que Vicencio Pérez  Soto, quien de algún modo resultaba responsable de la existencia de ella, de Mimina o Guillermina, como también se llamó su abuela oriunda de Barinas, hermana de Pedro Pablo Gonzalo Matos, casado en Upata con Chana, hermana del General Juan Fernández Amparan, quien le sacó la pata del barro a Juan Vicente Gómez en Ciudad Bolívar, escenario de la última Batalla de la Guerra Libertadora.

Mimina aprendió desde su infancia a enhebrar aquellos nombres de su prosapia tratando que alguna vez le sirvieran para algo. Eso jamás lo supo, pero se enorgullecía de ellos, tanto que aspiraba al final la enterraran en la misma tumba de don Julio Lerzama, aquél insigne abuelo que nunca soportó al general que derrotó a Angelito Lanza en las Chicharras.

         La Ciudad de bellos atardeceres, capital musical de Venezuela, significó mucho para Mimina. Allí se metió de lleno con los grupos intelectuales y artísticos, conducida de la mano por aquella gran mujer de Venezuela,  Casta J. Riera, y, aconsejada de cerca por Germán Garmendia y Felipe Riera Vial, ocupó los más altos cargos en el mundo de las letras y el arte barquisimetano.

         Pero el matrimonio con Jorge no duró lo que debía durar y se quedó en Rafael, Lucero, Alejandra, Raquel y Grasielita,  así con S como a ella le gustaba. Grasielita, “ángel de gracia en cielo transparente”.

         Comenzó a viajar y a vivir tiempo prolongado en Madrid y Santiago de Chile favorecida por el Jefe del Estado Mayor del Ejército, General Rómulo Fernández, quien escribía poesía y de quien guardaba copia de la carta que él personalmente entregó a Pérez Jiménez pidiéndole se deshiciera de Pedro Estrada y Laureano Vallenilla Lanz. Pedimento que sólo pudo cumplir cuando ya su gobierno agonizaba en el umbral del 23 de Enero.

         El 23 de Enero de 1958 abrió un nuevo capítulo en la vida de Mimina Rodríguez Lezama pues sus amigos artistas e intelectuales, buena parte militante de la izquierda, entre ellos, Armando Gil Linares, quien tocaba guitarra y estudiaba bibliotecología en la Universidad Central, la hicieron ficha de las guerrillas. Su trabajo, desde algún punto del litoral, consistía en sacar durante una hora todas las noches, la clandestina emisora identificada y nunca localizada “Voz de las FAL”.

         “Desde un lugar de la Venezuela en armas, habla para ustedes La Voz de las FAL” y Mimina a través de las ondas hertzianas lanzaba los partes de guerra, mensajes revolucionarios y en el espacio “Arte Combatiente” poesías como ésta de la propia Mimina:

“La noche no se atreve a descubrir sus cráteres/ la noche arrastra al vértigo/ la espesa soledad de las estatuas/ pudo caer de pronto/ morir o preguntar/ ¿Quién eres?/ todo regresa de la golpeada orilla/ la noche decapita mariposas y oigo tu voz poblando la montaña”.

¿Quién iba a creer que la esposa de un oficial del ejército era la voz de las Fuerzas Armadas  de Liberación?

         Mimina estaba por disciplina bajo jurisdicción del “Destacamento 4 de Mayo” comandado por Alfonso Maneiro. De segundo comandante figuraba Armando Gil Linares, quien es su esposo desde que el extinto poeta Argenis Daza Guevara, prevalido de un Juez amigo, los casó en un lejano pueblito de Barlovento, sin estar ambos presentes.

         Desintegrada las guerrillas de los años sesenta, Armando buscó refugio en Margarita de donde era Mojito (Teodoro García), Toribio (García) y Aquiles Cedeño, muertos en la montaña. De Aquiles conservo “La Madre” de Máximo Gorki” y de Toribio las vivencias del sexto grado juntos en el grupo Escolar Estado Zulia de Porlamar.

         Mimina, por su parte, trató de cerrar su ciclo en Upata, pero, irresistible a la tentación del río que ahora no podía ocultarse detrás de los mogotes del Mercado, se quedó en Ciudad Bolívar donde se realizó como promotora  cultural.

          La gran obra de Mimina son sus libros y la Casa de la Cultura “Carlos Raúl Villanueva” que acunó al Museo de Arte Moderno Jesús Soto y a toda una generación de bolivarenses destacados hoy en el mundo del arte.

         La Casa de la Cultura es hija de esta upatense y por eso la presidió desde entonces. Desde que fue inaugurada un día en que el río llegaba al tope de sus aguas. La inauguró también un upatense, el Ministro de Educación  J. M. Siso Martínez, el 24 de  agosto de 1967. Desde aquél momento la dirigía con mano de poeta de gran claridad y calidad metafórica y no fue óbice cuando debió ejercer la Dirección de Extensión Cultural del Núcleo Bolívar y de la UDO así como la dirección de cultura de la Municipalidad, y la dirección por dos años del Museo Soto, mientras Armando Gil Linares andaba por Paris haciendo curso de museología.

         En ese movimiento cultural organizado que al comienzo tenía como sede un inmueble propiedad de Ana Luisa Contasti, contiguo a la Biblioteca, luego sustituido por la casa actual que fue del prócer Juan Germán Roscio, tomaron impulso casi todas las obras literarias de Mimina Rodríguez Lezama, incluyendo el Cunaguaro Melancólico y a excepción de  ”Brumas en el Alma” y  “Desde mi sitio exacto”, cuyos originales se extraviaron en una operación de allanamiento policial.  Al calor  de esa Casa de Cultura se prohijaron “Tu el Habitante” que la negligencia de impresora no dejó circular; “13 Climas de Amor”, “La Palabra sin rostro”, “Héroes y Espantapájaros” que tuve el privilegio de prologar, “Este vino salobre” y “El feudo flor de avispa de los Quiriminduñes” que publicó la casa de la Cultura de Upata y que recoge los libretos de títeres que escribió para el Juan Tinajas, retablo donde se formaron Teresa Coraspe, Isaura Vicuña, Genaro Vargas, Victor Ortiz, su hija Raquel  y Nancy García.

         Sostuvo por largos años hasta la hora de su muerte las páginas literarias del Correo del Caroní y El Expreso. Vinieron otras publicaciones como El Cunaguaro Melancólico, porque Mimina nunca se rindió, no obstante los males que últimamente la asediaban, y la tarea que debía cumplir ya como socia correspondiente de la Academia Nacional de la Lengua y como presidenta de la Casa de la Cultura, bajo cuyos auspicios trabajaban el Grupo Armonía, de Mariita Ramírez; el Grupo de Cerámica, dirigido por Mercedes Monasterios, el Grupo de Literatura Oral, de Reinaldo González y los Grupos de Teatro La Comedia, Telón y Teloncito dirigidos por Francisco Araya.  Las dos salas de exposición de la Casa igualmente están activas bajo la coordinación directa de la Dirección de Cultura.


         Hasta aquí el testimonio de su paso por la vida de esta escritora amiga que revolucionó la cultura de Ciudad Bolívar desde los años del setenta. Hasta aquí como ella dice en su poema “El País de las Gaviotas”, el emigrar de pájaros color de vino. Hasta aquí el exilio de esta mujer en la heredad de los molinos y en el salitre de los sellos. Hasta aquí la historia del camino y de su sombra crecida en la estación de la ternura.