domingo, 11 de octubre de 2015

MANUEL ALFREDO RODRÍGUEZ

Manuel Alfredo Rodríguez era un Orinoco de cosas por decir.  Hasta lo más intrascendente resultaba interesante en la elocuencia de su voz.  Era un hombre alto y voluminoso, acucioso y memorioso, crítico y lleno de afectos por su tierra.
         Ayer de madrugada --12 de octubre de 2002 dejó de existir -el tribuno Manuel Alfredo Rodríguez,  Se apagó la voz recia, apasionada, gallarda y elocuente de Manuel Alfredo Rodríguez, a la edad de 73 años cumplidos el 22 del mes anterior.
Murió distante de la tierra amada, de la tierra que lo vio nacer y crecer y en la que  habría querido realizarse y morir.  “Yo  quisiera tener real para vivir en Ciudad Bolívar” me dijo en una ocasión.  “El problema es que las cosas de las cuales yo vivo, me obligan a vivir donde estoy”, es decir en Caracas, a donde han tenido que parar muchos ilustres.  Allá en Caracas, MAR también se casó, tuvo sus hijos y sus grandes amigos porque sus grandes afectos siempre estuvieron en Ciudad Bolívar.
Manuel Alfredo Rodríguez estudió básica y secundaria en Ciudad Bolívar.  Entró al liceo a la edad de doce años con pantalón corto, lo cual para entonces era un acontecimiento público, algo asombroso.   Ahora es normal entrar a esa edad al liceo y nadie se alarma.  Pero la instrucción entonces era de mayor calidad.
Qué cosa, la ciudad de entonces tenía un poeta que era símbolo y el orgullo de la intelectualidad regional, el doctor  J. M. Agosto Méndez, autor de la letra del Himno del Estado, un poeta modernista con mucha imaginación y riqueza de vocabulario y cuyas obras completas acaba de editar el Colegio de Médicos de Ciudad Bolívar, con prólogo precisamente de MAR, posiblemente su último trabajo.
A esa edad del Manuel liceísta, había otra generación de poetas ya ausente que era motivo de inspiración y estímulo para la gente que como él comenzaba a escribir.  Tal era el grupo encabezado por Héctor Guillermo Villalobos que fue el primer nombre que sonó fuerte en el ámbito guayanés desde el punto de vista literario.  Después vino una generación que sí ejerció bastante influencia sobre la gente de la época de MAR, el Grupo Auroguayanos que tuvo por cabeza y guía a Alarico Gómez y junto con él Rafael Pineda, Jean Aristeguieta, Arquímedes Brito y Elías Inaty.  Luego vino la generación de Manuel Alfredo Rodríguez que aparentemente no tiene ubicación temporal precisa, pero que a la edad de 16 años ya estaba políticamente identificada.  Casi toda militaba en Acción Democrática con una intensa actividad en la Federación de Estudiantes de Venezuela y la Juventud Venezolana.
Ese grupo intelectual de la generación de MAR solía compartir la política  con la lectura y la poesía, pero era un grupo que laboraba por intuición, casi defendiéndose solo, especialmente porque eran escasos los libros de literatura moderna.  Distinto fue cuando esa generación se radicó en la ciudad metropolitana donde había un mar de cosas.  Manuel terminó su bachillerato  en el Fermín Toro de Caracas y de allí a la Universidad hasta graduarse de abogado.
Manuel Alfredo Rodríguez entonces y siempre fue un Orinoco de cosas por decir.  Hasta lo más intrascendente resultaba interesante en la elocuencia de su voz.  Era un hombre alto y voluminoso, acucioso y memorioso, crítico y lleno de afectos por su tierra.
“Me siento un animal guayanés, fundamentalmente un animal bolivarense”, solía decir para figurar la fuerza que le insuflaba la ciudad cuando venía a su encuentro.
Abogado, escritor, periodista, historiador, orador, ¿poeta?  Velia Bosch en una antología sobre 36 poetas guayanesas publicada en 1983, incluye a Manuel Alfredo Rodríguez con un largo poema en tres tiempos “para una mujer interminable”, pero, según confesión propia, no se consideraba poeta desde el punto de vista de la creación literaria, tal vez sí desde el punto de vista de su actitud ante la vida.  Lo innegable es que era fundamentalmente un escritor de oficio y un luchador social.
Como escritor de oficio escribió “Bolívar en Guayana”, que es una referencia histórica geográfica vinculada a los movimientos de Bolívar en la región; “El Capitolio de Caracas”, que es la historia de Venezuela a partir de 1870 tomando como pretexto la construcción del Capitolio. También es la historia de los inicios de la gran plástica venezolana que empieza a desarrollarse con Tovar y Tovar en función de los contratos que le da Guzmán Blanco para decorar ese edificio del Palacio Legislativo; “Y Gallegos creó a Canaima”, que narra las peripecias de Gallegos en el Estado Bolívar cuando vino a documentarse para escribir una de sus novelas más logradas; “Política y Universidad”,  uno de sus primeros trabajos; “Travesía de Venezuela”, colección de estudios sobre políticos y escritores venezolanos:  “Oriflama y el espíritu del 28” historia literaria de una revista que circuló en Ciudad  Bolívar de 1926 a 1928, hecha por estudiantes del Colegio Federal de Varones y cuya revelación literaria fue Héctor Guillermo Villalobos, y, entre otras,  “La Ciudad de la Guayana del Rey” que es la historia de Ciudad Bolívar con una visión muy personal.
No escribió cuentos ni novelas.  Intentó hacerlo, pero siempre le salía el historiador al preocuparse por la veracidad del dato, lo cual choca con el desbordamiento fantasioso que es propio de la literatura de imaginación.  Y aunque se graduó de abogado, jamás quiso ejercer la abogacía.  Para él era un oficio que no armonizaba con su manera de ser y se justificaba diciendo que había estudiado derecho porque era lo que más se parecía a humanidades, pues para entonces la Universidad prácticamente había acabado con los estudios humanísticos.
En cierta ocasión me comentó: “Después que uno aprende esa construcción lógica de la filosofía del Derecho, por ejemplo, o la teoría de las obligaciones que es una maravilla de razonamiento puro, cómo va a embargarle el mostrador a un portugués, cómo uno después de aprender eso va a embargar un televisor con reserva de dominio o  embargarle el sueldo al marido que no quiere pagarle la pensión a su mujer”.
Indudablemente que hasta el momento de morir, Manuel Alfredo Rodríguez tuvo una presencia política muy activa en la tribuna, en el Parlamento y en los medios impresos y audiovisuales.  Y es que a MAR desde niño, lo absorbió la política.  Fue la actividad fundamental de su adolescencia y de su primera juventud.  Estuvo entregado al activismo político en tiempos difíciles como los de la dictadura perezjimenista y si alguna vez estuvo fuera de la política por problemas internos de las toldas donde militaba, no dejó por ello de continuar fiel a las ideas y principios que hasta la hora de morir proclamó y defendió con la misma pasión y con la misma vehemencia de siempre.
Manuel Alfredo Rodríguez por defender y sostener sus ideas políticas estuvo en la cárcel, en el exilio, en la clandestinidad, sus familiares fueron maltratados, el acoso policial contra su persona jamás cesó y en su tiempo de estudiante fue expulsado de la Universidad por agitador.  No se atrevía venir a Guayana porque el riesgo era muy grave.  La separación de su tierra natal, del paisaje, del río de  sus familiares y amigos fueron siempre para él tiempos de amarga recordación.
Fue miembro principal del Consejo Supremo Electoral y Presidente de la Comisión de Legislación de ese organismo.  Director del Centro de Estudios Latinoamericanos “Rómulo Gallegos” (CELARG); Profesor en el Postgrado de Historia de la Universidad Santa María.  En las elecciones de 1989 fue candidato a Gobernador del Estado Bolívar y en las elecciones del 8 de noviembre de 1998, electo senador al Congreso Nacional por su mismo estado.
Durante su vida recibió múltiples distinciones: Hijo Ilustre de Ciudad Bolívar en 1970; Orden Andrés Bello, Orden Congreso de Angostura en su clase “Collar” en 1996; Cruz de las Fuerzas Armadas de Cooperación, Orden Rómulo Gallegos, Orden Joaquín Crespo; Miembro correspondiente de los Centros de Historia de los Estados Falcón y Miranda y del Departamento Vargas del Distrito Federal.  Individuo de Número de la Academia Nacional de la Historia.  Se recibió el 23 de julio de 1992 y su discurso de incorporación versó sobre “Los Pardos libres de la Colonia y la Independencia”.  Sucedió en el sillón “R” al doctor Manuel Pérez Vila, de fructífera como dilatada obra en la historiografía venezolana.
El profesor Ramón Tovar López, a quien tocó responder el discurso académico  conceptuó a Manuel Alfredo Rodríguez como una “figura consagrada de la cultura contemporánea de Venezuela… como un trabajador del intelecto a tiempo completo, cuya gestión en el escenario nacional es suficientemente conocida.  Su producción bibliográfica, tanto individual como colectiva, cubre un espacio muy rico, alternan en ella las materias tanto histórica como literaria.  Suma a la misma por un lado su acción como dirigente cultural y por el otro su sostenida actividad como docente universitario.  Tarea que prolonga, con personal dedicación en su consecuente labor de periodista de opinión… un intelectual ciento por ciento creador y divulgador de las obras del espíritu y la cultura”.
Su sillón ayer, como el de Pérez Vila antes, ha quedado de nuevo vacío porque Manuel ya no está.  Así dice su primer canto de adolescente: “mi corazón acepta y se va con la vida (...) Se fugan las ciudades, se fugan los poemas / se fugan las campanas, las canciones, los ruidos / Y el hombre queda solo, en su exacta estatura / mirando al horizontes como mirando un río”
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