domingo, 18 de octubre de 2015

SOFIA FERNANDEZ DE LEZAMA



Esta mujer, de reconocida hoja de servicios en el orden político y gremial,  manifestó antes de morir a la avanzada edad de 102 años, estar convencida de haberlo hecho bien y orgullosa de su tiempo centenario que le deparó vivencias jamás por ella sospechadas.

--Américo Fernández--
foto: Bayola
Sofia nació en el rural pueblo de El Manteco, en 1915, pleno mandato gomecista y cuando en Guayana se iniciaba el general Marcelino Torres García como Presidente del Estado. Nació en el Hato Puepa, entre mugidos de vacas y relinchos de caballos.
A ella, la primera hija del matrimonio Juan Fernández Amparan y Sofia Alcalá, la siguieron Manola, Mercedes y Menca, Primera Dama, fundadora del Festival del Niño. Hubo del matrimonio otros hermanos: Manuel Felipe y Carlos.
Su padre, el general Juan Fernández Amparan, fue un hombre, a decir de ella misma, extraordinario y polivalente. Se distinguió como el descubridor de las más importantes minas de Guayana, entre ellas, las minas de diamantes del Polanco en región colindante con Brasil y las del 88 en el Alto Cuyuni. Gallegos se inspira en su figura al concebir uno de los personajes de su novela Canaima.
Exploró durante 8 años las zonas potencialmente mineras de Guayana, desde el Alto Paragua hasta salir por La Escalera o Piedra de la Virgen para penetra en el mismo corazón de la Gran Sanana. Aún en edad avanzada se le veían en la espalda las marcas del guayare.
Su padre Juan Fernández Amparan también estuvo en la guerra siguiendo los pasos de su madre que luchó con un fusil al lado del Mocho Hernández cuando este se alzó en el Yuruari contra el Gobierno de Raimundo  Andueza Palacios.
Fernández Amparan era mochista al igual que su hermano Pedro José Fernández y lo mismo también que Pedro Ducharne y Zoilo (El Caribe) Vidal. Todos ellos terminaron por decepcionarse del Partido Nacionalista. Tuvieron un tiempo con Cipriano Castro, quien prometía restaurar el liberalismo que terminó desfi­gurando con una autocracia irre­sistible para quienes más tarde conspiraron y se alistaron en la Revolución Libertadora. Gómez, una vez divorciado de Castro, perdonó muchas vidas y amnistió a quienes en la cárcel o en el exi­lio pagaban el haberse aventura­do contra Castro, entre ellos, Pedro José Fernández, quien tam­poco soportó a Gómez y prefirió la alternativa guerrilla desde su bunker de Tumeremo o hacienda "Cinco Reales".
No fue el caso del general Juan Fernández Amparan, quien des­pués de haber estado tres años preso en el Castillo de Puerto Cabello y exiliado en Trinidad, aceptó hasta el final colaborar con el gobierno de Gómez. El dicta­dor lo llamó, tal vez, para recono­cerle aquella proeza suya de tomar la Fortaleza El Zamuro de Ciudad Bolívar y voltear a favor del Gobierno aquel cruento y últi­mo combate de la Revolución Libertadora.
Atendiendo al llamado de J.V. Gómez, pasó a ocupar importan­tes cargos: Comandante de Armas del Estado Bolívar (1909), Gobernador del Territorio Federal Yuruary, Gobernador de Trujillo, Monagas y Portuguesa. Los últimos días de su vida los pasó en Caracas donde falleció a causa de un infarto al corazón, 9 de octubre, a la edad de 68 años.
Siendo Presidente del Estado Trujillo, su hija Sofía tuvo su pri­mera presentación en sociedad. Tenía quince años y estudiaba bachillerato en el colegio "Lourdes" de la ciudad de Valencia. Su materia preferida era el francés que llegó a dominar con soltura, así como el idioma inglés que le valió de mucho para trabajar en las compañías petroleras.

LA MANO NEGRA DEL YURUARI
Desde su infancia, Sofía siempre oyó hablar de la famosa “Mano Negra del Yuruari”, asociada a la muerte de su tío Pedro José Fernández  ocurrida el 22 de junio de 1920, arteramente cuando dormía en un chinchorro.   Fue una muerte a mansalva consumada por una Comisión  de doce hombres armados con máuseres al mando del coronel Alejandro Noguera Blanco.  Estaba prácticamente solo  pues había despedido a sus hombres, resignado a dejar las guerrillas contra el gomecismo por insistencia de su hermano.
         El asesinado de Pedro José Fernández, impune por parte de las instituciones  encargadas de hacer justicia  encontró sanción, no obstante  en adherentes y amigos  que se organizaron para hacer justicia por sus propias manos.  Se dice que fueron las Hermanas Montenegro quienes prepararon la venganza a través de lo que en Guayana se conoció como "La Mano Negra del Yuruari". Uno a uno, fueron cayendo.
         Quedaba sólo el Jefe Civil Alanilla Ramos, quien a raíz de la muerte de Gómez huyo a Caracas socorrido por Matías Carrasco, sin saber que allá estaban resi­denciadas las Hermanas Montenegro esperándolo con su misterio y largo brazo enlutado para pasarle factura.

RETORNO A LA PATRIA CHICA
Sofía salió de El Manteco a los doce años de edad y no regresó sino cuando ya había cumplido los 30 y estaba casada con Efraín Lezama. Se dedicó entonces a administrar los bienes de su padre referidos fundamental­mente a la ganadería y a ocuparse de la comunidad. Quería que El Manteco fuera elevado a la jerar­quía de municipio foráneo, dota­do de todos los servicios, y lo hizo posible, especialmente, a través de la Junta Comunal, de la cual fue Presidenta durante varios años.
Hoy, el otrora municipio foráneo El Manteco tiene hasta una Casa de la Cultura, gracias al empeño de una mujer, la cual, no obstante su invalidez, realizó una estupenda labor. María Esperanza Peña, inválida a causa de una parálisis infantil, realizó  una encomiable trabajo cultural hasta el punto de que fue dis­tinguida para ir a Cuba a un Congreso en representación de Venezuela.
Pero El Manteco, no obstante haber nacido allí Raúl Leoni, quien ejerció la Presidencia de la República y Alejandro Otero, uno de los más connotados artistas visuales venezolanos, no escapa a problemas sociales como el de los ranchos y la prostitución.
-Ciertamente, en el Manteco resulta algo terrible la prostitu­ción, derivada del auge minero: Muchachitas de 14 años borra­chas se ven con frecuencia en las calles. Otro problema es el de los ranchos que afrenta al pueblo.
         Del servicio de agua potable no nos quejamos Del servicio de agua potable no nos quejamos. Este mejoró tan pronto el gobernador Carvajal tuvo conocimiento de las fallas. Tampoco tenemos nada que decir en contra del suministro de ener­gía eléctrica pues nos viene direc­tamente del complejo hidroeléc­trico del Caroní.

EL MANTECO
MUNICIPIO AUTÓNOMO
La población de El Manteco sobrepasa los 20 mil habitantes, más de lo exigible por la Ley para erigirse en municipio autónomo. La población ha aumentado no sólo por las minas, sino porque varios caseríos sepultados por las aguas represadas para alimentar las plantas hidroeléctricas del Caroní, se desplazaron hacia allá. Y no tan sólo por tener población suficiente, sino por ser antes que El Palmar, la zona económica­mente más productiva y solvente de la jurisdicción Piar cuya capi­tal es Upata.
Sofía cree que la Asamblea Legislativa se equivocó, tenía que ser El Manteco y no El Palmar el favorecido con la autonomía municipal después de la tradicio­nal Upata. Este antiguo munici­pio Pedro Coya, hoy parroquia, merece la Alcaldía que es una figura interesante y por supuesto, un Concejo Municipal, para evi­tar que la recaudación que es bastante se vaya a Upata que nada regresa y esa es una costumbre tramposa que mantiene en airada protesta a los habitantes de El Manteco.
Existe otro inconveniente que aboga por la autonomía y es la distancia de 80 kilómetros que separa a El Manteco de Upata, donde se concentran todos los servicios públicos importantes como el del Registro Subalterno. Hay que ver lo costoso que resul­ta para el habitante mantequense tener que viajar reiteradamente a la cabecera del municipio para tramitar y protocolizar cualquier transacción.
-Yo fui durante muchos años Presidenta de la Junta Comunal de El Manteco y ayer como hoy, siempre es la misma historia: la cabecera de municipio se que queda no sólo con la mejor tajada del situado constitucional, sino también con casi toda la recauda­ción, aparte de la proyección nacional que significa la categoría política de municipio.
Sofía advierte que nada tiene contra Upata porque una cosa es el burro y otra quien lo vaya arriando. Upata es prenda de su afecto y el hecho de que El Manteco reclame sus derechos no debe afectarla como nada debe afectar a Ciudad Guayana el hecho de que Upata reclame mejores beneficios del desarrollo de las empresas básicas. Tanto es así que ella, una de las promotoras de la Planta Pasteurizadora hasta el punto de llegar a ser su presi­denta, aunque ahora no es accio­nista. La Planta está actualmente en otras manos.
Porque el objeto de esa Planta. Pasteurizadora de Upata no era que nosotros fuésemos dueños permanentes porque las planta pequeñas casi nunca tienen éxito. Es realmente muy difícil. Se nece­sita mucho capital y nosotros no lo teníamos ni lo tenemos. De manera que la Planta terminó en manos de la Indulac y luego pasó a propiedad de Parmalat. Vendimos todas nuestras accio­nes porque ya nuestro objetivo de creación de la planta se había cumplido. Llegó a ser una planta bellísima, floreciente, y la gana­dería de leche se incrementó notablemente porque teníamos quien nos la recibiera y nos paga­ra puntualmente. Ahora las cosas han cambiado bruscamente como consecuencia de la crisis econó­mica del país que obliga a la empresa a salir de la planta por­que la considera técnicamente quebrada.
Tampoco es satisfactoria la situación de los productores del campo, tanto agrícola como pecuario. Es malísima, Ustedes han visto que en los estados Portuguesa, Barinas y Guárico, han impedido el tráfico de los vehículos que transportan mate­ria prima importada. Porque con la ventaja de la libertad de puerto de producción venezolana se que son por sus respectivos gobiernos y aquí no hay subsidios de ninguna clase. De manera que estamos estrangulando la agricultura y con la cría resulta lo mismo. Nosotros que producimos leche no hay manera que nos suban el precio cuando todos los insumos han subido notablemente y la importación de leche el polvo es inmensa, lo cual ha dado lugar a excedentes importantes. De manera que en esas circunstancias yo no animo a nadie para que se meta en el campo.
-Nosotros no pedimos que no se traiga, lo que pedimos es un contigentamiento. Es decir que se uti­lice primero lo que aquí se produce y luego el déficit se cubra con la importación, pero las cosas se están haciendo al revés.
Pero, aunque en otros países se subsidie a los productores del campo, yo no soy partidaria del subsidio porque estos traen a la larga mucha corrupción. Tenemos la experiencia de pro­ductores venezolanos que se corrompieron a través del subsi­dio que otrora se implantó. Cuando aquí comenzó a subsi­diarse los productos para la exportación, yo estaba perdiendo la Pasteurizadora de Upata y vino mucha gente a proponerme que exportará a Las Antillas, pero me aconsejaron que si yo exportaba, por ejemplo, 10 mil litros de leche, informara, para los efectos del subsidio, el doble. Yo no lo permití y me dijeron que era una tonta porque todo el mundo lo estaba haciendo. Por eso no soy partidaria del subsidio sino que se nos compre a precio justo lo nuestro e importar lo que sea necesario a objeto de poder cubrir cualquier déficit. Eso creo que debe ser la regla. Al menos es la que practico, incluso con mi salud. Me mantengo bien y si alguna falla funcional me obliga a tener que importar un medica­mento, hago el esfuerzo y lo obtengo. Por eso estoy bien de  salud a esta edad tan prolongada,, vivita, sin dejar de trabajar, y sobre todo, preparada para lo que Dios dis­ponga y Dios dispuso recibirla ayer domingo día de la Revolución de Octubre.









domingo, 11 de octubre de 2015

MANUEL ALFREDO RODRÍGUEZ

Manuel Alfredo Rodríguez era un Orinoco de cosas por decir.  Hasta lo más intrascendente resultaba interesante en la elocuencia de su voz.  Era un hombre alto y voluminoso, acucioso y memorioso, crítico y lleno de afectos por su tierra.
         Ayer de madrugada --12 de octubre de 2002 dejó de existir -el tribuno Manuel Alfredo Rodríguez,  Se apagó la voz recia, apasionada, gallarda y elocuente de Manuel Alfredo Rodríguez, a la edad de 73 años cumplidos el 22 del mes anterior.
Murió distante de la tierra amada, de la tierra que lo vio nacer y crecer y en la que  habría querido realizarse y morir.  “Yo  quisiera tener real para vivir en Ciudad Bolívar” me dijo en una ocasión.  “El problema es que las cosas de las cuales yo vivo, me obligan a vivir donde estoy”, es decir en Caracas, a donde han tenido que parar muchos ilustres.  Allá en Caracas, MAR también se casó, tuvo sus hijos y sus grandes amigos porque sus grandes afectos siempre estuvieron en Ciudad Bolívar.
Manuel Alfredo Rodríguez estudió básica y secundaria en Ciudad Bolívar.  Entró al liceo a la edad de doce años con pantalón corto, lo cual para entonces era un acontecimiento público, algo asombroso.   Ahora es normal entrar a esa edad al liceo y nadie se alarma.  Pero la instrucción entonces era de mayor calidad.
Qué cosa, la ciudad de entonces tenía un poeta que era símbolo y el orgullo de la intelectualidad regional, el doctor  J. M. Agosto Méndez, autor de la letra del Himno del Estado, un poeta modernista con mucha imaginación y riqueza de vocabulario y cuyas obras completas acaba de editar el Colegio de Médicos de Ciudad Bolívar, con prólogo precisamente de MAR, posiblemente su último trabajo.
A esa edad del Manuel liceísta, había otra generación de poetas ya ausente que era motivo de inspiración y estímulo para la gente que como él comenzaba a escribir.  Tal era el grupo encabezado por Héctor Guillermo Villalobos que fue el primer nombre que sonó fuerte en el ámbito guayanés desde el punto de vista literario.  Después vino una generación que sí ejerció bastante influencia sobre la gente de la época de MAR, el Grupo Auroguayanos que tuvo por cabeza y guía a Alarico Gómez y junto con él Rafael Pineda, Jean Aristeguieta, Arquímedes Brito y Elías Inaty.  Luego vino la generación de Manuel Alfredo Rodríguez que aparentemente no tiene ubicación temporal precisa, pero que a la edad de 16 años ya estaba políticamente identificada.  Casi toda militaba en Acción Democrática con una intensa actividad en la Federación de Estudiantes de Venezuela y la Juventud Venezolana.
Ese grupo intelectual de la generación de MAR solía compartir la política  con la lectura y la poesía, pero era un grupo que laboraba por intuición, casi defendiéndose solo, especialmente porque eran escasos los libros de literatura moderna.  Distinto fue cuando esa generación se radicó en la ciudad metropolitana donde había un mar de cosas.  Manuel terminó su bachillerato  en el Fermín Toro de Caracas y de allí a la Universidad hasta graduarse de abogado.
Manuel Alfredo Rodríguez entonces y siempre fue un Orinoco de cosas por decir.  Hasta lo más intrascendente resultaba interesante en la elocuencia de su voz.  Era un hombre alto y voluminoso, acucioso y memorioso, crítico y lleno de afectos por su tierra.
“Me siento un animal guayanés, fundamentalmente un animal bolivarense”, solía decir para figurar la fuerza que le insuflaba la ciudad cuando venía a su encuentro.
Abogado, escritor, periodista, historiador, orador, ¿poeta?  Velia Bosch en una antología sobre 36 poetas guayanesas publicada en 1983, incluye a Manuel Alfredo Rodríguez con un largo poema en tres tiempos “para una mujer interminable”, pero, según confesión propia, no se consideraba poeta desde el punto de vista de la creación literaria, tal vez sí desde el punto de vista de su actitud ante la vida.  Lo innegable es que era fundamentalmente un escritor de oficio y un luchador social.
Como escritor de oficio escribió “Bolívar en Guayana”, que es una referencia histórica geográfica vinculada a los movimientos de Bolívar en la región; “El Capitolio de Caracas”, que es la historia de Venezuela a partir de 1870 tomando como pretexto la construcción del Capitolio. También es la historia de los inicios de la gran plástica venezolana que empieza a desarrollarse con Tovar y Tovar en función de los contratos que le da Guzmán Blanco para decorar ese edificio del Palacio Legislativo; “Y Gallegos creó a Canaima”, que narra las peripecias de Gallegos en el Estado Bolívar cuando vino a documentarse para escribir una de sus novelas más logradas; “Política y Universidad”,  uno de sus primeros trabajos; “Travesía de Venezuela”, colección de estudios sobre políticos y escritores venezolanos:  “Oriflama y el espíritu del 28” historia literaria de una revista que circuló en Ciudad  Bolívar de 1926 a 1928, hecha por estudiantes del Colegio Federal de Varones y cuya revelación literaria fue Héctor Guillermo Villalobos, y, entre otras,  “La Ciudad de la Guayana del Rey” que es la historia de Ciudad Bolívar con una visión muy personal.
No escribió cuentos ni novelas.  Intentó hacerlo, pero siempre le salía el historiador al preocuparse por la veracidad del dato, lo cual choca con el desbordamiento fantasioso que es propio de la literatura de imaginación.  Y aunque se graduó de abogado, jamás quiso ejercer la abogacía.  Para él era un oficio que no armonizaba con su manera de ser y se justificaba diciendo que había estudiado derecho porque era lo que más se parecía a humanidades, pues para entonces la Universidad prácticamente había acabado con los estudios humanísticos.
En cierta ocasión me comentó: “Después que uno aprende esa construcción lógica de la filosofía del Derecho, por ejemplo, o la teoría de las obligaciones que es una maravilla de razonamiento puro, cómo va a embargarle el mostrador a un portugués, cómo uno después de aprender eso va a embargar un televisor con reserva de dominio o  embargarle el sueldo al marido que no quiere pagarle la pensión a su mujer”.
Indudablemente que hasta el momento de morir, Manuel Alfredo Rodríguez tuvo una presencia política muy activa en la tribuna, en el Parlamento y en los medios impresos y audiovisuales.  Y es que a MAR desde niño, lo absorbió la política.  Fue la actividad fundamental de su adolescencia y de su primera juventud.  Estuvo entregado al activismo político en tiempos difíciles como los de la dictadura perezjimenista y si alguna vez estuvo fuera de la política por problemas internos de las toldas donde militaba, no dejó por ello de continuar fiel a las ideas y principios que hasta la hora de morir proclamó y defendió con la misma pasión y con la misma vehemencia de siempre.
Manuel Alfredo Rodríguez por defender y sostener sus ideas políticas estuvo en la cárcel, en el exilio, en la clandestinidad, sus familiares fueron maltratados, el acoso policial contra su persona jamás cesó y en su tiempo de estudiante fue expulsado de la Universidad por agitador.  No se atrevía venir a Guayana porque el riesgo era muy grave.  La separación de su tierra natal, del paisaje, del río de  sus familiares y amigos fueron siempre para él tiempos de amarga recordación.
Fue miembro principal del Consejo Supremo Electoral y Presidente de la Comisión de Legislación de ese organismo.  Director del Centro de Estudios Latinoamericanos “Rómulo Gallegos” (CELARG); Profesor en el Postgrado de Historia de la Universidad Santa María.  En las elecciones de 1989 fue candidato a Gobernador del Estado Bolívar y en las elecciones del 8 de noviembre de 1998, electo senador al Congreso Nacional por su mismo estado.
Durante su vida recibió múltiples distinciones: Hijo Ilustre de Ciudad Bolívar en 1970; Orden Andrés Bello, Orden Congreso de Angostura en su clase “Collar” en 1996; Cruz de las Fuerzas Armadas de Cooperación, Orden Rómulo Gallegos, Orden Joaquín Crespo; Miembro correspondiente de los Centros de Historia de los Estados Falcón y Miranda y del Departamento Vargas del Distrito Federal.  Individuo de Número de la Academia Nacional de la Historia.  Se recibió el 23 de julio de 1992 y su discurso de incorporación versó sobre “Los Pardos libres de la Colonia y la Independencia”.  Sucedió en el sillón “R” al doctor Manuel Pérez Vila, de fructífera como dilatada obra en la historiografía venezolana.
El profesor Ramón Tovar López, a quien tocó responder el discurso académico  conceptuó a Manuel Alfredo Rodríguez como una “figura consagrada de la cultura contemporánea de Venezuela… como un trabajador del intelecto a tiempo completo, cuya gestión en el escenario nacional es suficientemente conocida.  Su producción bibliográfica, tanto individual como colectiva, cubre un espacio muy rico, alternan en ella las materias tanto histórica como literaria.  Suma a la misma por un lado su acción como dirigente cultural y por el otro su sostenida actividad como docente universitario.  Tarea que prolonga, con personal dedicación en su consecuente labor de periodista de opinión… un intelectual ciento por ciento creador y divulgador de las obras del espíritu y la cultura”.
Su sillón ayer, como el de Pérez Vila antes, ha quedado de nuevo vacío porque Manuel ya no está.  Así dice su primer canto de adolescente: “mi corazón acepta y se va con la vida (...) Se fugan las ciudades, se fugan los poemas / se fugan las campanas, las canciones, los ruidos / Y el hombre queda solo, en su exacta estatura / mirando al horizontes como mirando un río”
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