lunes, 7 de noviembre de 2016

RAMÓN ANTONIO PÉREZ

                                           EL “BACHI” PÉREZ


Perteneció a toda una generación de maestros modeladores de nuestra cultura y forjadores de ciudadanos útiles.
El 12 de Noviembre de 1970, murió en Ciudad Bolívar a la edad de 77 años el Bachiller Ramón Antonio Pérez Santamaría.  Murió satisfecho de medallas y diplomas que hablan de una labor honesta y valiosa dentro del magisterio provincial, rodeado del afecto de sus hijos que aprovecharon a tiempo el caudal intelectual y material acumulado por su padre.  Murió bajo las lágrimas de su esposa cuyo color, forma y temperamento reflejaban el exotismo corso de sus ascendientes, apegado al quehacer recreativo de la refresquería y quincallería heredada de sus progenitores.  Murió junto al breve jardín sembrado en el traspatio de la casa, junto al libro de las ciencias perfectas, murió elucidando reminiscencias que valieron siempre un millón de atención y en cada gesto la chispa de su temperamento chusco y agridulce, al lado de su mecedora anticuada de paleta, en la casa de la esquina donde nació el 21 de abril de 1893.  
         Nació un año después de la creciente más grande registrada por el río Orinoco en el año 1892. Su padre era un humilde pulpero, aficionado a la fotografía, a la orfebrería y a la flauta. Nació en la misma casa donde murió, frente a la Plaza Miranda,   para entonces era un peladero de cuyo centro emergía un señorial farol de seis brazos que por las noches disparaba sus luces mortecinas de kerosén.
Con este combustible se alumbraba la ciudad en aquella época, la luz eléctrica vino en 1911, centenario pri­mero de la Independencia, bajo la administración del General Tellería. El servicio de luz eléctrica tenía en­tonces un precio insignificante com­parado con el de nuestros días: larga diferencia que parece sacudirnos de un largo y profundo sueño.
         Graduado de Bachiller en Filosofía y Letras en el Colegio Federal de Varones de Ciudad Bolívar —cifraba entonces 17 años—, se dedicó a la en­señanza en el aula de una Escuela Estadal dirigida por don Luis More­no. Junto con Alejandro Fuenmayor fundó las Escuelas "Heres" y "'Zea", primeros institutos graduados de Ciu­dad Bolívar, para varones y hembras respectivamente. Esto fue en 1912, siendo Ministro de Educación el doc­tor Guevara Rojas. En 1917 comenzó a alternar la educación primaria con la cátedra de educación secundaria en el Colegio Federal de Varones que luego pasó a ser el hoy Liceo Pe­ñalver.
Fueron 44 años seguidos, dedicados integralmente a la enseñanza, a la no­ble misión de forjar ciudadanos li­bres y útiles al progreso de la na­ción como lo fueron quienes después fueron  Ministros de Obras Pú­blicas, Ing. Leopoldo Sucre Figare­lla; de Educación, doctor J. M. Siso Martínez; el traumatólogo eminente y Gobernador de Ca­rabobo, doctor Jorge Figarella; el Cronista de la ciudad y sacerdote meritorio Monseñor Constantino Maradei Donato, el Presidente de la Municipalidad de Heres en 1965, bachiller Noel Valery y otras personalidades distinguidas que escapan a la premura del reportaje fueron modeladas durante las primeras enseñanzas por este Profe­sor estrechamente unidos a una generación de maestros cimentadores de nuestra educación y forjadores de ciudadanos útiles, a la que pertene­cieron María Antonia Mejías, Dr. Os­car Luis Perfetti, Dr. Carlos Emiliano Sa­lón, José Luis Aristiguieta, Felipe Hernández, Adán Blanco Ledezma y otros.
Del Bachiller Pérez se cuentan va­riados chascarrillos que forman todo un legajo de su época brillante de Profesor. Los estudiantes de ayer y de hoy los celebran con gracia inusi­tada. De tiempo en tiempo avivan en el recuerdo y entonces se abre una como detenida admiración por esta personalidad cumbre del magisterio.
Cuentan que el Bachiller Pérez, es­tando en su cátedra de matemáticas explicando una operación de quebra­dos, pasó uno de sus alumnos a la pizarra y le dictó la siguiente cifra: "Escriba, por favor, 3/4". El estudian­te tomó la tiza y escribió primero un tres, luego trazó una raya y finalmen­te colocó debajo el cuatro. Impacien­te el Profesor por la forma inco­rrecta como el alumno escribió la ci­fra, sacó una silla de la fila e invitó al estudiante a sentarse. Cuando el alumno quiso hacerlo, el Bachiller oportunamente sacó el asiento y el in­fortunado se desplomó en el suelo. "Ajá —sentenció el bachiller en me­dio de la hilaridad estudiantil—, ¿vio lo que le pasó? Eso mismo le pasaría al 3 del quebrado si usted antes no le coloca la rayita".
Edelmiro Lizardi era el dueño de “El Trocadero” famoso burdel en las afueras de la ciudad. Un mal día uno de sus alumnos a quien reprendió duramente por quejas de algunas alumnas, tuvo como respuesta insolente;  “Lo lamento, Profesor, pero  lo que hay es una cuerda de P..”  El Bachi Pérez lo expulsó y  citó a su representante y cuando éste vino y hacía su entrada a la Dirección del Liceo, el Bachi le salió al encuentro estrechándole la mano con este saludo: “Mucho gusto, Edelmiro Lizardi”.
Iván y César Perez Rossi, sus hijos putativos, cuando obtenían malas notas en el Liceo, absorbidos por la pelota,  los despertaba a ambos a las cinco de la madrugada con los guantes y el bate:  “Vamos, a levantarse, que es la hora de entrenar para el juego de la tarde”.
El Profesor Ramón Antonio Pérez Santamaría, el célebre "Bachi" Pérez del Colegio Federal de Varones y del Liceo Peñalver, fue hombre activo y diligente hasta avanzada edad, de contextura aparentemente fuerte, color trigueño, ojos grandes entornados, profundamente humano y de un espíritu  modelado a fuerza de corregir y orientar adolescente en las aulas de los diferentes colegios que se honraron con el paso de maestros insignes.





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