martes, 19 de enero de 2016

RAFAEL PINEDA


Nació en Guasipati el 17 de Enero de 1926. Hijo de Zoilo L. Díaz y Blanca Sosa Grillet de Díaz. Fundó el Museo de Ciudad Bolívar en la Casa del Correo del Orinoco  Autor de una extensa y densa obra literaria. 
            Estudió periodismo en la Universidad Central de Venezuela, Literatura en la Universidad de Carolina del Norte e Historia y Crítica del arte en las Universidades de Roma; Florencia, Venecia y Bolonia.
Autor de diez libros de poesía, entre los que distinguimos El Resplandor de las palabras, Poemas para recordar a Venezuela, el pie de espuma, La casa del unicornio y Receso de la esmeralda.  Su poema Air de Familla, fue traducido al francés por Juan Liscano y Jacques Chaspier, en Paris 1957.  Asimismo su libro Poetas actuales de Venezuela, compilación de Luis Beltrán Guerrero fue traducido al griego por Matej Mateb, en Atenas, 1983.
Autor de las obras de teatro y novela: Los Conjurados, La inmortalidad del cangrejo y La Casa Flotante.
Asimismo escribió y publicó 35 trabajos de ensayo, historia y Crítica de arte, entre ellas, Creciente que son crónicas del Estado Bolívar publicada en Caracas en 1960 y bautizada en el Auditorio Simón Rodríguez de Ciudad Bolívar. Armando Reverón,  El crucifijo de Miguel Ángel, Los Navegantes de colores,  El oro, el cielo y la sangre; La nueva imagen de Bolívar, Retrato hablado de Venezuela,  Santo Tome de Guayana., Iconografía de Mariano Picón Salas, Pietro Tenerani, Los tres viajes de Francisco de Miranda  y Ciudad Bolívar no te mueves que voy a disparar.
Rafael Pineda trabajo muchos años en la Cancillería de la República.  Hablaba varios idiomas, entre ellos el inglés e Italiano, tan bien que le permitió traducir  al inglés la obra “Las Comadres de Caracas” de John Willianson, primer diplomático de Estados Unidos en Venezuela.  También al inglés los poemas de John Tagkiabue “Viaje a México” y los poemas  de Emily Dickinson. Este poeta, ensayista, periodista y crítico de arte que fue Rafael Ángel Díaz Sosa, nacional e internacionalmente conocido por el seudónimo literario de Rafael Pineda, falleció el martes dieciocho de Mayo, del 2004, pasadas las cinco de la tarde y a  la edad de 78 años en una Clínica de Caracas.

Adiós a un hijo intelectual de Guayana
El cuerpo de Rafael Pineda fue quemado y sus cenizas serán dispuestas en las instalaciones del Museo del Orinoco. Grupo de pintores, escritores, trabajadores de la plástica, editores y amigos acompañaron los restos mortales de Pineda, recordaron momentos gratos, y testimoniaron la importancia de la labor de preservación del patrimonio histórico nacional y regional que efectuó este guayanés universal.
Podemos decir que el 18 de mayo de 2004 falleció uno de los más prolíficos escritores nacidos en Guayana, Rafael Pineda tenía publicados más de 70 libros, muchos de ellos giraban acerca de temáticas relacionadas con la historia venezolana y su región de nacimiento. La partida de Pineda generó una serie de pronunciamientos en su honor por parte de renombrados hacedores de arte, críticos literarios, compañeros de tertulias, amigos de infancia y corresponsales epistolares.
Uno de los más claros expresando su sentir fue el escritor y crítico de arte Carlos Maldonado-Bourgoin. "Con Rafael Pineda se va un estilo de intelectual, que hoy día poco existe. En realidad, hoy los intelectuales están más pendientes de su persona que de la labor que están realizando. Rafael Pineda era un hombre que siempre tenía una palabra oportuna, que siempre le daba la mano a quien lo estaba buscando, que regañaba a la gente cuando lo merecía, que daba un consejo, una recomendación, por tanto era un hombre que estaba al servicio de la cultura, más allá que de la persona".

Dic 1986.
Reconocimiento dé los Estados Unidos
para el escritor guayanés Rafael Pineda
*Con motivo del cuadragésimo aniversario del Programa Ful­bright, Pineda es reconocido como importante factor de entendimiento entre los pueblos democráticos de Estados Unidos y Venezuela.
 El escritor y poeta Rafael Angel Pineda ha sido distinguido por el Embajador de los Estados Unidos en Venezuela, Otto Reich, en nombre del gobierno de los Es­ tados Unidos, con un importante reconocimiento a su labor en beneficio del entendi­miento entre los pueblos democráticos de Venezuela y Estados Unidos.
La distinción otorgada a Pineda es en la  ocasión del cuadragésimo aniversario del Programa Fulbright y en la misma se  señala que el escritor es reconocido por  contribuir al incremento del mutuo entendimiento entre el pueblo de Venezuela y el pueblo de los Estados Unidos de América a través de su labor intelectual".
Pineda, crítico de arte, escritor, poeta y dirigente importante de la cultura en  Venezuela es reconocido a través de sus  obras en el ámbito internacional. Nume­rosas bibliotecas del mundo registran entre su patrimonio diversas obras de Ra­fael Pineda, quien ha dedicado parte de
su trabajo, experiencia y capacidad a re­saltar la historia de Guayana sus perso­najes y sus artistas.
Ciudad Bolívar, así como toda Guaya­na y el país, le deben a Pineda un gesto y un esfuerzo invalorable y de gran tras­cendencia como ha sido el haber dotado, promovido y fundado el MUSEO DE CIU­DAD BOLIVAR en la Casa del Congreso de Angostura, contando con su pasión ve­nezolanista, alto sentido del gentilicio guayanés y una inagotable energía y opti­mismo para promover el apoyo de a esta idea ya realizada haciendo honor a su idoneo y genuino amor por su patria chica.
Este reconocimiento de los Estados Unidos para el intelectual Rafael Pineda viene a sumarse a otros que diversos paí­ses del mundo le han otorgado, así como importantes condecoraciones y títulos re­cibidos por su obra de trascendencia en beneficio de la cultura universal.

La última obra de Rafael Pineda
El 9 de mayo de 2001 la prensa informó de la circulación en Caracas de un nuevo libro de Rafael Pineda, -Iconografía de Francisco de Miranda-, el primero que sobre esta materia se ha escrito en Venezuela.
La edición fue patrocinada conjuntamente por la Comisión Presidencial para la Conmemoración del 250 Aniversario del Natalicio del Generalísimo Francisco de Miranda, el Ministerio del Interior y Justicia y el Banco Industrial de Venezuela. La imprimió la Editorial Arte.
En el mimo se halla un capítulo sobre un retrato de Miranda, obra del italiano Tomás Barbalonga, que se encuentra en Ciudad Bolívar.  Se trata de un óleo sobre tela, 86 x 66 cm, firmado y fechado el 16 de marzo de 1953 en la cámara municipal.
Relata el crítico de arte Rafael Pineda  que son “Gamas muy castigadas, propias de una paleta de europeo, empleó el artista para efigiar aquí al Precursor a quien representa en época que se co­rresponde con sus actuaciones como uno de los protagonistas de la avanzada de la Revolución Francesa en Bélgica y Holanda para enfrentarse a los austro-prusianos. Esta marcialidad se pone de manifiesto en la actitud que es al mismo tiempo la del citoyen, para quien cada derecho adquirido significa asimismo un deber republicano, porque de ambos depende precisamente el curso que to­mará la historia.
Con el flujo inmigratorio de Italia a Venezuela que se intensificaría cada vez más en la década del Cincuenta, Barnalonga desembarcó en La Guaira, dio seguramente un salto a Caracas que ya hervía de paisanos, para proseguir a Ciudad Bolívar don­de se encontraba en 1949. Quizás hasta aquí lo lle­vó la curiosidad por conocer el Orinoco, si es que ya no había sido palabreado para dirigir la Escuela Municipal de Pintura y Dibujo que se abrió de la planta baja de una casona esquinera de la  la Calle Boyacá. Pronto se corrió la voz los interesados, jóvenes la mayoría, acudieron inscribirse en ambos cursos.
El 15 de septiembre de 1950 Barbalonga concluyó y fechó un retrato al óleo del niño y futuro  abogado José Miguel Gómez Bello, que fue comisionado por su padre el Dr. José Miguel Gómez Rangel. Éste adquirió, del mismo pintor, dos aproximaciones al paisaje de vivacidad neo-impresionista, también al óleo: Vista de la Calle El Zanjó, El jardín, donde florece asimismo una muchacha (colección Clementina Bello de Gómez Rangel). El niño posaba durante media hora cada vez para Barbalornga no sin grande esfuerzo de su parte al verse sometido a la inmovilidad, aunque finalmente se rendir a la concentración que el artista ponía en cada pi celada después de ojear rápidamente al modelo.
Un número considerable de pinturas y dibujos.  132 en total, expusieron en la biblioteca-audito­rium del Grupo Escolar Estado Mérida los alumnos de Barbalonga que para entonces, 20 de di­ciembre de 1952, sumaban catorce. En el catálogo  alternan los paisajes del Orinoco y de sitios característicos de Ciudad Bolívar, con retratos y bodegones, obras de las cuales firma una veintena.
Carlos Vaccaro, italiano como el profesor, y otra tantas Andrés Fajardo, quien posteriormente ingresaría al sacerdocio. Los otros expositores: Irma Barceló Sifontes, Carmen Barroso, Juan Corredor  Carlos Cova, Andrés Enríquez, Isaura Espinoza César Gómez, Fu Keima, Trina Luque, Argenis Macías, Tomás Pulido y Teresa Tiapa. Irma, una las hijas de José Manuel BarcelóVidal, entonce Presidente del Estado Bolívar, recibió privada­mente las lecciones de Barbalonga, en una media agua de la Casa de los Gobernadores que fue acondicionada al efecto.
Por ese tiempo, Barbalonga comenzó a pintar el retrato de Josefina Marten de Villegas, joven y bella estudiante de guitarra; pero el óleo quedó incon­cluso porque el esposo de la efigiada, Raúl, a la quinta pose y sin más ni más, decidió suspender las sesiones que se llevaban a cabo en su casa”.



sábado, 9 de enero de 2016

JEAN ARISTEGUIETA Murió a los 94 años de edad

           


El viernes 8 de enero  (2016) por la tarde, falleció en Caracas la poeta y ensayista  bolivarense y miembro correspondiente de la Academia de la Lengua por el Estado Bolívar y de la Real Academia Hispanoamericana de Cádiz. jean Aristeguieta, nativa de Guasipati y hermana del fundador del Jardín Botánico del Orinoco doctor Leandro Aristeguieta         Jean falleció a la edad de 94 años, pues había nacido el  31 de julio de 1921.
La brillante y prolija  intelectual, autora de más de 40 libros y colaboradora y fundadora de varias revista literarias, era hija de Simón Aristeguieta y Panchita Capella.  Estudió  junto con su hermano, el botánico Leandro Aristeguieta, en su pueblo natal y luego en Ciudad Bolívar y España donde se licenció en ltras en la Universidad de Madrid.junto con los fundadores e  integrantes del grupo literario surrealista “Aureoguayanos”  que tuvo como centro de reuniones la Plaza Bolívar de Ciudad Bolívar, a donde de vez en cuando se asomaba el joven Jesús Soto, quien llegaría a ser pionero del arte óptimo universal.
Jean publicó sus primeros poemas en la revista “Alondras” del Ateneo de Guayana, fundada por la maestra y poeta Anita Ramírez y ya radicada en Caracas despunta con más soltura en las página de Lírica Hispana  y diario “El Heraldo” que luego incorpora en sus primeros libros (1949) Abril y ciclo marino y Alas en el viento.
En Madrid (1967) donde estudió estilística y literatura antigua y moderna, fundó  “Árbol de fuego”, revista de poesía y crítica literaria cuyas ediciones continuarán en Caracas a partir del número 4.
Jean Aristeguieta ha trascendido con más de 40 obras, varias de ellas acogidas y traducidas al griego, francés, hebreo, inglés, italiano, ruso y portugués.  Su poesía, fuera de sus libros,  aparece comentada en numerosas publicaciones nacionales y extranjeras. En 1979, Ediciones Ronda de Barcelona (España), publicó una Antología de su poesía (Ebriedad del delirio”) preparada por ella misma pensando que “debe ser el poeta quien a lo largo de todos los ciclos asuma la responsabilidad de realizar la escogencia de su labor”.
En el prólogo de esta Antología, José Jurado Morales, exalta la personalidad viajera, tímida y hermética de Jean Aristeguieta, cuyo “ámbito poético es de tanta extensión y de tanta profundidad que al contemplarlo uno queda atónito”.
La sensibilidad poética de Jean Aristiguieta, según confesó ella en cierta ocasión, comenzó a manifestarse cuando tuvo por primera vez contacto con el Orinoco y vio una goleta en travesía ostentando el nombre de “Safo”, poetisa griega del siglo siete antes de Cristo que descubrió en la biblioteca de su maestra Anita Ramírez.
Contó ella  que se estremeció en una exégesis mítica.  A esa visión se sumaron después otros episodios existenciales que la llevaron a manifestarse y a convencerse de que había nacido para vivir plenamente en el mundo de la poesía:   la trágica muerte, a los siete años, de su hermana Sonia, a quien adoraba y lo que una vez le reveló una quiro­mántica.  Ella le afirmo que era una auténtica poeta., que escribiera. Fueron  como presagios que la impulsaron a realizar intuitivamente, ideas-sentimientos.
Cuando de Guasipati se vino junto con su hermano Leandro a vivir y estudiar en Ciudad Bolívar, conoció a la maestra Anita Ramírez.  Fue ella su  primera guía espiritual a través de sus enseñanzas, además poniéndole a la orden su biblioteca presidida por los clásicos españoles.
La maestra y poetisa bolivarense disfrutaba lo que escribía y la condujo a un acto aca­démico en la Casa donde se realizó el Congreso de Angostura, para que leyera algunas  de sus creaciones. Era una convención nacional de maestros presidida por Luis Beltrán Prieto Figueroa, quién después de escucharla con atención comentó que así como había una Juana de América Jean podría llegar a ser Juana del Orinoco.  Se refería Prieto a Juana de Ibarbourou, a quien al paso del tiempo Jean Aristeguieta habría de conocer personalmente en Monte­video y ha sido una de sus grandes amistades.
En esa ocasión, Prieto hizo publicar algunos de sus poemas en la página literaria  del diario  “El Heraldo” dirigido en Caracas por Pedro Grases.
Una antología de su obra, bajo el título de “Ebriedad del delirio” (1954-1979) fue publicada por la Editorial Rondas de Barcelona, España, con La siguiente  presentación de los editores: “PARABOLA HUMANA TRASCENDIDA  Jean Aristeguieta desde la adoles­cencia consagrada por ímpetu fer­viente a la poesía, «al culto de las Musas» como se decía en los cánones románticos. Ella misma se ha refle­jado como una romántica surrealista o viceversa.
Exploradora de los enigmas, filo­nes, de la actividad poética, ha resi­dido siempre en los montes de la vida donde todo se da —hasta la consumación— por la fe visionaria.
En la dilatada extensión de su obra creadora Jean Aristeguieta ha llegado al punto en que necesitaba hacer una «Antología» en la cual ella misma fuera juez y parte. Porque nadie en poesía como quien la oficia, para calibrar, comprender y abarcar las vertientes de ese amoroso esfuer­zo permanente. Esta idea llegó al punto en que la interrogante del planteamiento por las estancias ima­ginativas —pues este ejercicio es de orden emblemático—, necesitó y as­piró situarse en el ámbito de la auto­determinación: debe ser el poeta quien a lo largo de todos los ciclos asuma la responsabilidad de reali­zar la escogencia de su labor.
Desde hace tiempo a Jean Ariste­guieta le ha obsesionado el dilema de que su fe consciente, su religión en —por— para la poesía fuera a quedar a mercad de otros criterios en el instante de cumplir un trabajo catalogador de la obra hecha. Así pues, con auténtica plenitud asumi­da por su propio discernimiento ha acometido el presente empeño de imprimir lo que ella considera níti­damente su legado hasta este año de 1979. Es un memorial abierto frente a la vigilancia del daimon sacrali­zado, intuición e intelección, ante cuyo fondo, otros textos publicados que no estén insertados aquí, deben considerarse ilegítimos, por deseo implícito y explícito de Jean Aiste­guieta.
Está ante su convicción y derecho indeclinables. En la hora de todas las responsabilidades, ilusiones, nos­talgias, está inmersa en la «ebriedad del delirio». Allí, desde esa pulsación identificada con su voluntad, debe recibirse este libro que compendia el espiritualismo de su realidad.
No solamente tacha, olvida, deja a un lado, las demás composiciones que no aparecen en esta edición, sino que las da por totalmente clausura­das. En consecuencia, ruega atender esta posición estética cuyo símbolo es su propia existencia consagrada al fuego del misterio poético. Como una digna parábola humana, tras­cendida.
Para el futuro que Dios quiera, queda su «libro inacabable», ya que su entrega al quehacer poético fun­ciona entrañablemente”.

Despedida 
La Aurora no quiso tocar el día con sus rosados dedos. Se puso un guante, un guante viejo y transido de dolor. Brisa y humo de otros recónditos lugares nos convocan. Brisa de un mar abierto, lleno de peces, un mar que no da cosecha, pero lleva a islas y playas ignotas o cercanas. La arenosa Pilos. Ítaca, la tierra a la que se llega tras anfractuosos viajes. El Olimpo sagrado donde Zeus tonante y Pallas Atenea, la de ojos siempre brillantes, Febo Apolo, Artemisa y Hermes nos aguardan. Y Lesbos, la isla de la barca que Jean vio en el Orinoco.
Acaya, la Hélade clásica, ha querido desviar los ríos brumosos que corren por el Hades y abrir un resquicio de luz, con rosas que brillan como coloridas botellas en cuadros que engalanan y perfuman, para recibir a una musa guayanesa que hoy nos deja y no nos deja, porque -como la poesía y la literatura- es y no es, viaja y no viaja, pero siempre brilla, Jean. Árbol de luz. Árbol de fuego. Árbol de vida y no mera ciencia.
Jean nos deja porque tiene que reencontrar otros brazos, otros labios, y oír otras palabras, voces niñas, voces adolescentes, voces de madurez y plenitud. Jean nos deja porque quiere estar siempre con nosotros estando con Aquel a quien ya intuían los moradores del Olimpo y quienes, reverentes, les ofrecían hecatombes o libaciones. Jean nos deja porque quiere besar a los suyos en la bruma de la tarde, los seres queridos, las manos que pintaban y volvían a pintar su mundo y el mundo de los vivos, de esos que aún respiran o están vivos porque permanecen en el recuerdo. Jean nos deja porque su obra se hizo grande y venturosa, clásica, como las columnas y arquitrabes del templo de Atenea, como las uvas que producen dulce vino o los hornos que cocinan suave el pan. Clásica como la música de los poemas más antiguos, clásica como la antigüedad escondida en las piedras y en las voces casi invisibles que pueblan la selva de Guayana, Jean nos deja porque su frente lleva los diplomas, los títulos, las dignidades académicas, los sobrados méritos de una anciana siempre juvenil en la evocación y el amor. Jean nos deja porque otros mundos, sus mundos, otras almas, las más amadas, la llaman, la esperan, la celebran, en el Absoluto canto de querubines, tronos y principados. Jean nos deja para que la vida continúe en sus versos, en su pasión, en su huella.
Y por eso mismo Jean no nos deja. No puede dejarnos quien deja tantos libros, tantos poemas, tantos ensayos, tantas cartas, tantos números de revistas bellamente editados. No puede dejarnos quien deja una obra tan densa, cartas tan hermosas, gestos, sonrisas, anhelos, deseos. No puede dejarnos quien nos deja también preces e invocaciones al Señor de los tiempos y de la luz, de la luz eterna. No puede dejarnos quien amó junto al Ávila (que sus coterráneos más antiguos llamaran Guarira Repano) y más allá de las columnas de Hércules, en las tierras arcaicas del olivo y el laurel. No puede dejarnos quien viajó amando, escribiendo y dedicando sus versos al sentimiento más sublime. No puede dejarnos quien, como Safo, se entregó al oficio de orfebre de la palabra y la pasión. No puede dejarnos quien, como Whitman o Lorca, buscó playas más nítidas para cantar. No puede dejarnos quien, como Kavafis, entendió con exquisitez y excelsitudes el sentido de la tradición y la esencia de lo clásico. No. No puede dejarnos quien como Homero no necesitó luces en los ojos para sentir el resplandor de los dioses, las finuras de las diosas, de seres inmortales que tomaban figuras humanas, pinceles del amor. No. No puede dejarnos alguien que escribió testamento tan hermoso: versos, prosas, pensamientos. No.
En mis días adolescentes, en mis momentos juveniles, el nombre de Jean Aristeguieta era un lucero inalcanzable, un placer de lectura, éxtasis puro. Nada me decía entonces que más tarde, no en la tarde sino en la plenitud del mediodía, en el pináculo del plenilunio (porque la vida es noche, por ser sueño y anhelo) tendría la bendición de oír la voz de Jean, voz de Guayana y voz de Grecia, en un hogar bendecido por el amor y el recuerdo, y de besar sus manos de poeta, sus manos hechas poesía, a la par que mis ojos se deleitaban en las formas, colores y luces de mil tonos que brotaban, que brotan, de los cuadros de Elvira Senior. Pocos regalos como ese, poquísimos como saber que Jean, que Jean Aristeguieta, que doña Jean Aristeguieta, dama de la poesía y las letras universales, oyó mis –ante ella- balbuceantes palabras y leyó mis –ante las suyas- torpes líneas. Gran regalo del Cielo, cuyas puertas imploro abiertas para esta mujer que nos deja y no nos deja, que se va y no se va porque siempre ha de volver, como mujer de letras, como poeta, como mujer hecha por y para el amor.
Jean, nos dejas el camino, nos abriste el camino, entre tantos peñones como Escila y Caribdis, como tantos seres sobrenaturales metamorfoseados en piedra en los ríos y raudales de la Guayana, en sus selvas, como esos dioses y diosas que tanto amaste con palabras que se lleva el viento, que nos las trae y siempre ha de traer.
Nos dejas y no nos dejas. Te vas y no te vas. Tu alma siempre, como Tiresias, acaso, nos alumbrará los caminos, nos dirá las señas para llegar a los más ansiados amaneceres, a los incansables en su rubor dedos de la Aurora. Tus palabras, Jean. Tu ejemplo, Jean. Tu amor, Jean. Tu entrega, tus voces, tus silencios, tus páginas todas, escritas a máquina o con la ambrosía caligráfica de tus lápices tornados pinceles y poemas en los cuadros del amor y la admiración por el más puro sentimiento que, junto a la idea de lo divino, una o muchas, no importa, nos hace humanos.
Vivirás entre nosotros, Jean. Regresa a Ítaca. Allí, ahora, lo sabes, te esperan, derrotados los impertinentes que asediaban el palacio y el amor que resplandece en tu obra, tras dibujar y desdibujar el cuadro del infinito anhelo. Viaja tranquila, Jean. Los vientos te sean, te serán, favorables.
Mil veces seas bendita, poeta.

Horacio Biord Castillo



San Antonio de Los Altos (Gulima), a 9 de enero de 2016








CRISANTO MATA COVA 18 años de muerte

+ Crisanto Mata Cova, arzobispo emérito de ciudad Bolívar, falleció el 9 de enero de 1998 en su pueblo natal de San José de Aerocuar, Estado Sucre. Sus restos fueron trasladados e inhumados en la Catedral de Ciudad Bolívar, a la que sirvió como su segundo Arzobispo durante veinte años (1966-1986).



Monseñor Mata Cova:
LA JUSTICIA HUMANA SE VENDE  POR CUATRO CENTAVOS
Siempre el que  padece y perece es quien menos posibilidades de defenderse tiene
-Américo Fernández-

¿Odiar?
-Jamás he sentido odio por nadie
Monseñor Crisanto Mata Cova,  reconoce que es nervioso, rápido y muchas veces sin meditar lo que va a decir lo dice violentamente,  pero ¿odiar?
-Jamás he sentido odio por nadie.  La única manera de aceptar esta forma del verbo es que la primera letra sea transformada en “s” y añadida al final “porque Dios en todo caso está conmigo. Nunca me ha abandonado”.
Alto como una espiga, Monseñor dice tener un “negocio con Dios”.  Por eso nunca lo abandona.  Lo expresó con gracia y picardía cuando le preguntamos cómo siendo 60 la expectativa de vida del venezolano, él la ha superado.
Monseñor tiene setenta años, una edad respetable para quien lleva 46 dedicados a un sacerdocio que es renunciación, sacrificio, dedicación, obediencia, servicio, entrega, desprendimiento, en fin, tantos dones que se tienen por sensibilidad y se practica por vocación en aras del bien, la igualdad, la justicia y la salvación espiritual que fue siempre la obra de Jesús, ejemplo de Dios para la humanidad.
         El Derecho Canónico establece que a los 75 años de edad los prelados deberán poner su cargo eclesiástico a la disposición de la Santa Sede, pero Monseñor Mata Cova no ha esperado el límite sino que antes ha querido renunciar para que le quede tiempo de hacer alguna obra social y espiritual por San José de Aerocuar, su pueblo natal de Sucre que le aguarda con los brazos abiertos.  Pero cuando llegue allá seguirá siendo Arzobispo, dignidad que no se pierde a pesar de la renuncia y no el curita que siempre quiso ser, el Cura Párroco del Valle del Espíritu Santo, montando un burrito o bicicleta por aquellos arenales y caminos angostos de la Paraguachoa de la década del cuarenta.
         Pero imposible que se vaya a quedar allá en el Este carupanero respirando montaña y brisa de mar por lo que resta de vida.  Los hombres con tanto ánimo y fortaleza espiritual claudican así nomás porque el Derecho Canónico parezca no coincidir con Arturo Uslar Pietro cuando reflexiona diciendo que no se es joven, no viejo sino que se está vivo.
         ¿Usted está vivo Monseñor?
         Monseñor se sacude y se levanta y recorre su Biblioteca de un extremo a otro orgulloso de su obra.  Nos enseña los volúmenes de la Academia de la Historia que ha ido empastando. La Biblioteca tiene su misma edad de Arzobispo.  A esa dignidad llegó después de ser prelado de la Diócesis de Cumaná durante dieciséis años.
         ¿Cómo va a quedarse recogido en Aerocuar si cada pueblo de ese yunque geográfico que es la región de Sucre sabe de su bondad de sacerdote. Y sus Indios.  Aquellos Panare que a buena hora encontraron en Las Claritas un ambiente más digno que el que suelen ofrecer los buscadores de oro y diamante por los mantos del Caura y Cuchivero?
         Monseñor se nos queda viendo fijamente a través de sus grandes lentes, sentado de espalda al haz de luz de la mañana que entra por las ventanas.  Nos ve como queriendo decir “una cosa es lo que aparento y otra cosa es lo que llevo bajo mi piel”
         -La procesión anda por dentro, hijo mío.
         ¿Le atormenta los estragos internos de la edad que le asienta tan bien a pesar de ella misma?
         -Lo cierto es que muchos compañeros de mi generación han muerto y es bendición de Dios el que yo ande por aquí no obstante que desde mi vida de sacerdote he estado amenazado por la úlcera duodenal que me produce fuertes dolores agregado a este clima, el ajetreo, la malaria, la alergia y tantas  otras cosas.
         Pero lo importante es que estás vivo y vivirá más ¿no lo cree?
Monseñor prefiere reír antes que se le quiebre la voz:
         -Yo creía después de recibirme de sacerdote que sólo viviría tres años más a causa de las úlceras., pero ya ve, Papa Dios no ha querido hasta ahora recibirme.
         Diría que está usted  como Santa Teresa muriendo porque no muere.
         -Para mi la muerte es esperanza.  Una de las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad.  Nos mantenemos en pie luchando las 24 horas del día, siempre alentado por esa esperanza,
         Entonces,  ¿la esperanza es vida?
         -La esperanza es vida porque la vida es Jesucristo que resucitó y está en la morada del Padre que va a recibirnos después de la muerte.
         ¿Si nos portamos bien?
         -Si alguien desobedeciese a Dios, entonces iría a la paila que tú sabes existe.
         ¿Existe de veras la paila, existe el infierno?
         -Siempre se ha pensado en el castigo posterior a la muerte.  No hay una cosa más clara en el Evangelio de Jesucristo que la existencia del Infierno.  Desde los mismos tiempos paganos se habla de un castigo posterior a la cesación de a vida.  Y ciertamente que tiene que ser, tiene que haber un castigo superior para aquellos hombres que desgarran a la humanidad, que la empobrecen, que la postran, la humillan y la ofenden.
         ¿Cómo van a morir incólume sin que la Justicia caiga sobre ellos?
         -Existe una parábola, la del pobre Lázaro y el rico Espolón, en la que siempre medito porque nos hace tomar conciencia de esta realidad, la realidad de que tiene que haber una justicia divina porque la humana es demasiado frágil.  La Justicia humana se vende por cuatro centavos y siempre el que padece o perece es el que menos posibilidades tiene.
         Si existe ese castigo divino implacable ¿Por qué el mundo continúa en una carrera irrefrenable hacia el mal, hacia la injusticia, la corrupción, la humillación, la guerra. ¿Será que ha fallado el poder de persuasión de la Iglesia?
         -La Iglesia somos nosotros y nosotros no somos consecuentes con la fe que profesamos.
         ¿Será entonces por el castigo a esa inconsecuencia que la mayoría de la gente siente temor a la muerte?
         -El que es buen cristiano no tiene porque temerle a la muerte. 
         ¿Pero Jesucristo estremeció de pánico en el Puerto de  Getzemani?
         -Y hasta sudó sangre y por eso no es extraño que nos ocurra a nosotros.  Lo que pasa es que es un momento único de la vida y no hay razón para que uno no se sienta deprimido, sobre todo ante la incertidumbre de no saber cómo nos va a tratar Papa Dios.
         ¿Cómo cree que lo tratará Papa Dios?
         -Hago todo lo posible para que me reciba en gracia.
         ¿No cree que ser Arzobispo ya es bastante?  ¿Dígame los que no llegan ni a monaguillo?
         -No es necesario ser Monaguillo ni Arzobispo, lo importante es ser buen cristiano.  Cuesta menos que ser arzobispo.
         ¿Le ha costado mucho ser Arzobispo?
         -Nunca he tenido vocación para el obispado ni mucho menos para el arzobispado, de tal forma que cuando me enteré que me iban a nombrar Arzobispo de Ciudad Bolívar me huí, cosa rara, porque todo el mundo quiere canonjías y ascensos.
         ¿Cómo es eso que se huyó?
         -Después del concilio vaticano en 1966 que me enteré de que sería designado Arzobispo, me fui para Jamaica y allí estuve sin que supieran de mí durante un mes.  Cuando creí que ya todo había pasado, regresé a Cumaná y una vez allá me precisaron y se impuso la disciplina y la obediencia.
         ¿Y porque no quería ser Obispo ni arzobispo?
         .Porque los Arzobispos deben amoldarse a ciertos patrones sociales de conducta y yo soy como dicen los margariteños “hombre de colcha y cobija”.  A mi me gusta andar a pie, montar en bicicleta, en burro y en camiones.
         Monseñor recuerda que el doctor Sixto Sosa, quien fue Obispo de Ciudad Bolívar y Cumaná, le llamaban la atención porque montaba en autobús, por eso no quería yo acepar ser Arzobispo y además porque sufría de úlcera.  Pero entonces de allá arriba me respondieron “haga lo que quiera, pero acepte”.
El 30 de abril de 1966 fue nombrado segundo Arzobispo de Ciudad Bolívar en sustitución de Monseñor Juan José Bernal, y el 9 de julio del mismo año tomó posesión en medio de una gran manifestación popular exhibiendo en su escudo el lema “hagamos bien a todos”.
Han transcurrido veinte años y Monseñor Mata Cova calza ya los 70.  Se siente fatigado y quiere retirarse a tiempo.
Quiero, en beneficio de la alternabilidad darle paso a otros prelados más jóvenes, por eso he renunciado, ya por tercera vez.  La carta de renuncia la cursé en septiembre, día de la Virgen del Valle, con la esperanza de que fuese aceptada como ha sido en fin para tranquilidad personal y de ustedes que me han soportado tanto tiempo.  Tengo mucho que agradecerle a Guayana, todo ese cariño que me ha brindado, especialmente a los medios de comunicación todos  y a los periodistas que han sido tan receptivos conmigo.
¿Luego de esta renuncia, qué piensa hacer, Monseñor?
-Me voy por un tiempo a mi tierra natal, a tratar de hacer algo por ella, no a descansar porque yo no se descansar.
¿Cuándo sería exactamente?
-Voy a estar aquí prácticamente dos meses, más que el tiempo canónicamente señalado para que el nuevo Arzobispo tome posesión, me refiero a Monseñor Medardo Luzardo Romero, actual obispo de la Diócesis de Ciudad Guayana, un prelado joven, simpático, oriundo de los Puertos de Altagracia del Zulia.
¿Se dio ya el nombramiento y consentimiento del Gobierno?
-El nombramiento salió y el consentimiento lo ha dado el Presidente de la República de acuerdo con el Modus Vivendi.
¿El Arzobispo tiene sólo jurisdicción en Ciudad Bolívar?
-Una de las provincias eclesiásticas más grandes de Venezuela es la oriental.  Toda las regiones del Oriente son primos interpares y la presidencia la sustenta el Arzobispo, quien interviene en algunas cosas sin que esto afecte la autonomía de cada diócesis. Ellas dependen sólo del Papa.  Por eso la Catedral de ciudad Bolívar es metropolitana.
¿Su renuncia se puede entender como un retiro a la vida privada?
-Naturalmente, ya yo no tengo jurisdicción aunque siempre seguiré siendo el arzobispo.
¿Quiénes están hoy en su misma situación?
-Monseñor Críspulo Benitez, de la arquidiócesis de Barquisimeto; Monseñor Ángel Pérez Cinsneros, Arzobispo de Mérida y Monseñor Iturriza, quien ha sido por muchos años obispo de Falcón.  Hay también dos Vicarios capuchinos en el Delta.  La única diferencia es que ellos han llegado al límite de edad y yo me he adelantado antes del tiempo.
¿Quién será el nuevo obispo de ciudad Guayana?
-La Nunciatura ha abierto un período de consultas.
Durante estos veinte años qué paso en este costado del Orinoco ¿qué es lo que más lo llena de satisfacción?
-Lo más grato es haberme metido de lleno en las Misiones Indígenas y logrado que un grupo de religiosas hayan penetrado la selva para trabajar por los indios los 365 días del año.
Monseñor habla también de su labor en el campo educacional, del Colegio Cristo Rey, de la reconstrucción de la Catedral, de la organización del archivo y Biblioteca Arzobispal y de tantas otras obras para lo cual necesitaríamos mas espacio.  Aguara en estos dos meses que le restan, construir la Iglesia del Perú y convertir Morichalito, zona de campo del arzobispado, en un geriátrico para personas de la tercera edad, de esa edad que ahora lo atormenta y que lo hace renunciar para buscar la paz fuera del ruido mundanal e hirviente de la ciudad.  Monseñor Crisanto Mata Cova, señor arzobispo de la ciudad, quiere estar solo, desea la soledad del mar o de la montaña porque en los misterios del agua y de las savia parece encontrarse el primer escalón para llegar a Dios.  

Ancla central


  Crisanto Mata Cova
(1966-1986)

         Monseñor Crisanto Darío Mata Cova, segundo Arzobispo de Ciudad Bolívar, nació en un lejano pueblito de San José de Areocuar, Estado Sucre, el 25 de octubre de 1915. Curso los primeros estudios en los Seminarios de Cumana e Interdiocesano de Caracas, pasando luego a Roma, al Colegio Pió Latino Americano. En la Universidad Central de Venezuela recibió el titulo de Doctor en la Facultad de Ciencias Eclesiásticas. Su ordenación sacerdotal ocurrió en Roma el 8 de abril de 1939 después de desempeñar varios cargos en su Diócesis, como el de párroco del Valle del Espíritu Santo, fue electo Obispo de Cumaná el 21 de octubre de 1949.  Consagrado Obispo el 13 de noviembre del mismo año, tomó posesión de la Diócesis el 19 de noviembre. El día 30 de abril de 1966 fue nombrado segundo Arzobispo de Ciudad Bolívar, tomando posesión de la Arquidiócesis el 9 de julio de ese mismo año, con el lema de su escudo “Hagamos bien a todos”
         Gobernó la Arquidiócesis de Ciudad Bolívar durante veinte años. En agosto de 1986 la dejó tras haber renunciado por cuestiones de salud. El 6 de agosto de 1986, Monseñor Mata Cova entregó el Arzobispado a su sucesor Monseñor Medardo Luzardo Romero, en solemne ceremonia oficiada en la Catedral. Entonces se despidió con estas palabras: “Os dejo unas campanas en vuestra torre, cuando oigáis salir de sus vibraciones el himno de vuestro estado, orad por este humilde sacerdote, quien muy lejos de esta queridísima catedral, os estará siempre bendiciéndolos. Quiero  que los latidos de mi corazón sean siempre un recuerdo de amor y gratitud hacia todos ustedes. Adiós mis pobres indígenas”.
         Monseñor Crisanto Mata Cova falleció en su pueblo natal San José  de Aerocuar, Estado Sucre, el 9 de enero de 1998 y sus restos trasladados e inhumados en la Catedral de Ciudad Bolívar, a la que sirvió como segundo Arzobispo durante veinte años. Fue sepultado el domingo 11 al pie del altar de la nave izquierda luego de las exequias oficiadas por el Arzobispo Monseñor Luzardo Romero, acompañado de los prelados de Ciudad Guayana, Cumaná, Margarita, Maturín y Barcelona.
         Durante su arzobispado el Papa Juan Pablo II creo la Diócesis  de Ciudad Guayana,  en agosto de 1979 por Bula Cun Nos y como primer obispo de la nueva Diócesis, fue designado Monseñor Medardo Luzardo Romero, hasta entonces obispo residencial de San Carlos, Estado Cojedes y Presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral y Catequesis.


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jueves, 7 de enero de 2016

DIÓGENES TRONCONE SÁNCHEZ




Diógenes Troncone Sánchez, fundador de varias instituciones educacionales públicas y privadas así como del gremio de Periodistas, del Colegio de Profesores y de la Asociación de Escritores de Venezuela, dejó de existir en la madrugada del sábado 8 de enero de 2005, a la edad de 75 años, pues había nacido el 12 de septiembre de 1928.
         Una personalidad muy peculiar evidenció siempre  la manera de ser de este hombre, acaso modelado por el constante ejercicio de la docencia que se tradujo en su relación con la gente y en sus escritos periodísticos, libre de eufemismos, directos, sin que por ello carecieran de la sazón de la sal, atenuada con la meliflua propiedad del azúcar. Tal vez por ello sus artículos  firmados con nombre propio se distinguían con el pre-título “Sal y Azúcar” y no como en sus primeros tiempos “Rompiendo la Zaranda”, que solía firmar con un seudónimo; no para ocultarse, sino en homenaje a la familia que lo había criado y formado como verdadero hijo, aunque los Maury venidos de Valencia, eran blancos y él tenía la piel algo quemada, buscando a su madre María Magdalena Sánchez, una culisa atractiva. De suerte que “El Negro Maury”, no era tan seudónimo porque toda la ciudad sabía de antemano de quién se trataba.
Pero quién en la Ciudad Bolívar de los años treinta y cuarenta iba a creer que él no era miembro de la prolífica familia Maury, si lo único que le faltó fue nacer ahí en esa casa de Santa Lucía o de la calle Amazonas y no abordo de una goleta como en efecto ocurrió el 12 de septiembre de 1928. Los Maury lo criaron y formaron  desde la edad de tres meses cuando su madre, maestra de La Urbana, falleció enervada por la tisis, mientras a su padre no llegó a verlo sino  en dos oportunidades. Quién iba a dudar, que estaba marcado con la impronta de los Maury; sin embargo, no era así y el día que cumplió quince años, debido a esa circunstancia, se sintió envuelto en terrible dilema. Cuando lo recordaba se le quebraba la voz.
 En la hora del almuerzo cuando llegaba a su casa al salir del colegio “La Milagrosa”, toda la familia se hallaba reunida en la mesa y para mayor e inquietante sorpresa su puesto de siempre a la izquierda de José María Maury, estaba ocupado.
-No te sorprendas, sabes qué fecha es hoy?
 -No.
-Pues hoy cumples quince años y es bueno que decidas si aceptas la adopción legal o si deseas continuar usando el apellido de tu padre.
Diógenes prendió su linterna y  encontró a aquél marino perdido en uno de los innumerables meandros del río. Prefería entonces continuar siendo con apelativo legítimo, fruto de la rama del tronco genovés de los Troncone, extendida del Mar Mediterráneo al lago de Maracaibo. De allí vino su padre de genio un tanto atravesado capitaneando una goleta que hizo anclar para siempre en el Orinoco. La última vez que lo vio tenía doce años y luego se  perdió en la bruma del río, pero él quedaba bien protegido y siempre inclinado a seguir los pasos de la madre. Así lo encontramos en la “Miguel Antonio Caro” de Caracas donde se hizo maestro normalista, yendo obstinadamente contra la corriente de quienes confundían intereses facciosos con los intereses del Estado. Recién graduado realizó un curso de folclorología en la Universidad Central de Venezuela y con ese bagaje y junto con otros compañeros egresados se vino para Ciudad Bolívar a trabajar en el recién inaugurado Grupo Escolar Mérida, entonces dirigido por el profesor Alfonso Paraguán.
La Seguridad Nacional
Se inició como maestro en octubre del 49 y allí en el Grupo permaneció hasta diciembre del 55 cuando la Seguridad Nacional le pidió abandonar la ciudad por haber escrito contra la Dirección de Educación del Estado. Claro, Diógenes, además de docente ejercía el periodismo como corresponsal del diario La Calle y redactor del Semanario “El Tiempo”, que dirigía monseñor Dámaso Cardozo.
Gomecito, el jefe de la Segurnal, no lo perdonó, era pluma muy ácida y Troncone tomó el autobús de la ABC y se instaló de nuevo en Caracas, coincidencialmente en la posada de una guayanesa que conoció vendiendo empanadas en el puerto de las chalanas. Qué podía hacer  la AVP que en septiembre de 1951 había fundado junto con Eliécer Sánchez Gamboa, su primer presidente? Nada podía hacer en defensa ni tampoco el gremio magisterial porque no había libertad de expresión ni de reunión ni de nada, casi todos los derechos ciudadanos estaban conculcados.  En Caracas no sólo trabajó como docente y periodista, sino que estudió y se graduó de bachiller en filosofía y letras en el liceo Alcázar y realizó cursos de corresponsal en el Instituto Santos Michelena y de Relaciones Públicas en la Universidad Central. La expulsión fue relativamente corta. Apenas tres años al cabo de los cuales cayó el dictador y Troncone, luego de estudiar, y trabajar como docente en el Grupo Escolar “El Libertador” de Chacao, en la Escuela “Martínez Centeno” de Miranda, como subdirector en el Instituto de Comercio “Simón Rodríguez” de Puerto Cabello y redactor de los diarios “La verdad” y “El mundo”, retornó a Ciudad Bolívar como subdirector del instituto de Comercio Dalla Costa y docente del Centro de Profesionalización. Tan Sólo por un año, tiempo suficiente para recrearse en los rostros deprimidos de quienes lo sacaron de su tierra por una simple nota de prensa y para encontrar novia y casarse. Contrajo matrimonio con Rosario Goudet, una upatense alumna en el liceo Sucre, que también se realizó como docente como él y tuvo además puros varones, hoy todos profesionales.

Margarita le vino de perla
En 1969, Margarita le vino de perla para su luna de miel, pues el Ministerio de Educación le pidió fundar y dirigir el Instituto de Comercio Juan Bautista Arismendi de la Asunción. Allí mi maestra de cuarto grado Nuncia Villarroel le sirvió de secretaria. Al cabo de cuatro años está de nuevo en Caracas como profesor técnico comercial en el Instituto de Comercio de El Valle, en el Santos Michelena, en el Simón Bolívar de Caracas y como redactor del vespertino “El Mundo”. Su estada en una capital como Caracas tan llena de posibilidades para el estudio la aprovechó intensamente cada vez y en esta ocasión logró estudiar y graduarse como profesor de Historia y Geografía Simultáneamente estudiaba también Derecho, pero no lo concluyó por ciertas presiones con relación al futuro ejercicio de la abogacía y también porque el Ministerio le pidió volviera a Ciudad Bolívar para dirigir el Instituto de Comercio Dalla Costa. Eso ocurrió en 1970, entonces le dio por fundar colegios, buscando, estabilizarse. Así fundó el Liceo Sucre en Ciudad Bolívar, el Liceo Ana Emilia Delon en Maturín, el Instituto Gonzalo Méndez en Puerto Ordaz, la Unidad Educativa El Colegión y por último el colegio Pensamiento Bolivariano. Ese año cuando llegó a Ciudad Bolívar para quedarse de una vez, concursó y ganó el segundo premio del certamen promovido por el Ministerio de Fomento con motivo del XI Censo de Población. Ya antes en 1962, con motivo del Bicentenario de Ciudad Bolívar había ganado el tercer premio de un concurso promovido por la Logia Asilo de la Paz Nº.13. El primer premio en esa ocasión lo ganó  Manuel Alfredo Rodríguez. Troncone tiene varios libros inéditos entre ellos, El Correo del Orinoco, La nueva Educación en Europa, La Opinión Pública, Perfil de Liderazgo, La Comunicación Insonora y la Pedagogía de J. F. Reyes Baena, los cuales respaldan su condición de miembro de la Asociación de Escritores de Venezuela, Seccional Ciudad Bolívar. La AEV le publicó un opúsculo sobre “Canaima”, la novela de Rómulo Gallegos. No obstante haberse especializado en Historia y Geografía nunca dictó en aula esta materia, en cambio ejerció como profesor de Filosofía y Psicología, porque tuvo muy buenos profesores como Ignacio Burn.
En diálogo en vida me dijo no ceer en la resurrección no obstante ser socialcristiano. “El que muere ya cumplió su hazaña vital, me dijo. No hay segunda vida. De esa ilusión yo no vivo, soy escéptico en tal sentido como bien lo soy al no creer en esoterismo, brujería, espiritismo y prácticas por el estilo. Soy realista sin llegar a ser materialista, por esa razón no quise seguir la carrera de abogado. Habría tenido que renunciar a las cosas que espiritualmente me llenan.

Calderista hasta los tuétanos
         Ciertamente, Diógenes Aristóbulo Troncone Sánchez, perteneció desde su tiempo de estudiante al partido socialcristiano COPEI y se marginó cuando Caldera decidió montar tienda aparte para aspirar por segunda vez a la Presidencia de la República. Su ídolo era Caldera y en él creía a pie juntillas y defendía a capa y espada su  gestión. Si Caldera no hubiera sido presidente de la República, Venezuela habría sido un caos. Caldera se estrenó con un severo crack bancario que pocas veces se ha visto en el mundo. Le prepararon un golpe económico que fue difícil de contrarrestar en todas sus consecuencias. La gran empresa es la que gobierna. Recordaba que  a Pérez Jiménez no lo tumbó la Charneca sino los bancos y el poder económico.
Creía que la educación en este país es francamente un caos. Existe una desmoralización y carencia de ética profesional increíble. No tenemos profesores y maestros sino dadores de clases, en su mayoría. Y sobre las nuevas promociones de periodistas decía que no prometen mucho, se están quedando en lo rutinario y dependiendo de los boletines institucionales de prensa, de allí que algunos periódicos salgan tan uniformados. La noticia hay que profundizarla y la metodología del periodismo interpretativo es una buena vía. Otro de nuestros males es el palangre, del cual tiene marcada responsabilidad el Colegio que tanto ha legislado sobre el particular, pero que hasta ahora ha sido incapaz de aplicar estrictamente el Código de Ética. Lo mismo se puede decir de la piratería. Tenemos directivas que sólo responden a los intereses facciosos, de allí que el colegio ande tan mal como el gremio magisterial. Troncone era un crítico por naturaleza y nunca dejó de escribir diciendo sin ambages lo que sentía y lo que pensaba, ni siquiera a su edad septuagenaria se aplacaba. Decía que sentarse a escribir costaba, pero una vez que se sentaba ante la máquina, todo -como dice Adriano González León, todo le era fácil, las ideas venían en torrente, pero lo importante era sentarse y ponerle un poco de sal a la vida.