martes, 19 de septiembre de 2017

Guayanesas de Primera

Mujeres guayanesas de primera
Recordamos hoy, Día Internacional de la Mujer que Guayana es cuna de mujeres que dieron el primer paso para romper esquemas sociales dentro los cuales el hombre monopolizaba derechos actualmente compartidos en igualdad de condiciones con el sexo
opuesto.
Américo Fernández

Malvina Rosales Granarolli, destaca como la primera guayanesa que tra­bajó como secretaria en una empresa privada; Mary Calcaño, la primera en pilo­tar un avión en Venezuela; Alida Isaura Gambús, la primera bachiller egresada del Colegio Federal de Varones; Gloria Lezama de Casado, la primera gradua­da de abogado; Sofía Silva Inserri, la primera Miss Venezuela, Lucila Palacios, la primera que ejerció la diplomacia como embaja­dora y María de Lourdes Salóm, la primera graduada de medicina veterinaria en Venezuela.
En 1900, cuando Malvina Rosales Granarolli nació bajo el signo de Aries, Ciudad Bolívar, la tierra cálida de Marcos Vargas, el hombre que desanduvo el progreso para llegar a la barbarie y retornar de nuevo a la civilización a través de su hijo, estaba sembrada de forasteros industriosos y había una actividad de puer­to que desaparecerá des­pués que el petróleo multi­plica las carreteras y el dra­gado del Orinoco que se detiene en Matanzas.
A pesar de la influencia europea, la Ciudad Bolívar de principios de siglo se mantiene fiel al tradiciona­lismo que sujeta a la mujer a una vida doméstica, de recato y de imposible competencia normal del hombre.
Atrapada por esa realidad social, vino al mundo Malvina, la hija de Luis Eduardo Rosales Pachano y Josefa Granarolli Gerald, descendiente de Malvina Gerald Granarolli, una fran­cesa que abandonó los viñe­dos que tenía en Marsella para venir a vivir poco y a morir temprano junto al Orinoco. No resistió esa francesa de veintisiete años el ambiente embriagador del trópico, pero lo que le restó por vivir se acreditó con creces en la longevidad de su hija huérfana que murió a los 90 años.
           Esa longevidad la heredó Malvina (Malva) Rosales quien sobrevivió a sus cuatro hermanos hasta un poco más allá de los ochenta.
De muy joven intuyó que la fatalidad iría desgranando la unidad familiar y se adelantó a los tiempos que le darán la razón que para su edad temprana parecía no tener cuando se puso a la par del hombre reclamando derechos negados a la mujer.
Comprendió que con un poco de inteligencia y auda­cia difícilmente se sucumbe en la miseria. Marte estaba de su lado como buena aria­na y con él emprendió la guerra contra los prejuicios sociales. Pero primero hubo de salir de la pobreza por­que sus ascendientes no dejaron herencia. Empezó la joven por cargar piedras en carapacho de tortuga desde lo alto del cerro donde se montaba la ciu­dad. La piedra muy utiliza­da para empedrar las calles se pagaba entonces a buen precio. Jamás para ella fue una vergüenza aquel trabajo duro y árido que le ayudó a paliar su hambre en la sole­dad de un camino atajado de prejuicios.
Con la piedra se costeó los estudios y su aplicación la hizo maestra al lado de su coetánea Anita Ramírez. Tenía 15 años cuando la nombraron subdirectora de la Escuela "Francisco Antonio Zea". Pero no esta­ba hecha para el cotidiano caletreo de las niñas y por eso desertó a los dos años de ejercicio docente. Se fue a Trinidad de paseo y un casual encuentro con el Gerente de la "Dick Balatá Ltd" cambio su rumbo.
Estudió mecanografía y como secretaria mecanó­grafa prestó servicios en la empresa que tenía en Ciudad Bolívar su centro de operaciones dirigidas a la explotación del balatá del Alto Orinoco, la sarrapia del Caura y el Oro de El Callao.
 Con Malva. "Dick Balatá Limited" pasaba a ser la pri­mera empresa privada gua­yanesa que admitía los ser­vicios profesionales de una mujer dentro de su área administrativa. Pero desa­justes económicos que le sobrevinieron a la empresa en 1920 decretaron su quie­bra y para Malvina no fue difícil entonces encontrar colocación en el Banco de Venezuela, donde llegó a ser Sub-Gerente con título de Auditor. Que para aquellos tiempos significaba tanto como ser hoy un experto administrador de finanzas.  Con este segundo caro, Malvina terminaba de abrir la brecha  para que la mujer guayanesa comenzara a vislumbrar un porvenir mejor dentro del campo del trabajo del hombre.
En 1925, después de 34 años de labor ininterrumpida y debido a un accidente, el Banco de Venezuela decidió jubilarla para que se fuera a Europa a restaurar su salud, pero el temor de morir en soledad la hizo desistir de una solución qui­rúrgica. Decidió entonces darle la vuelta a Europa en un automóvil Renault de cuatro caballos comprado en Caracas y que hizo poner en Lisboa donde emprendió su periplo para terminar vendiendo el auto en París perdiendo no mucho de los 3.500 bolívares que le había costado. La gira la cumplió en cuatro meses, pero para evitarse cargos de concien­cia, tuvo el cuidado de reco­rrer antes todos los estados de Venezuela.
Sin darle mucha importan­cia a la afección pulmonar que la aquejaba, retornó a Guayana para incorporarse de nuevo al trabajo ya como Comisaria del Automóvil Guayanés, Jefe de Relaciones Públicas de la Compañía Anónima Electricidad de Ciudad Bolívar, del Núcleo Bolívar de la Universidad de Oriente o samaritana del bien ajeno.
Malvina, además, fue excelente deportista. Tuvo en los tiempos de su juven­tud predilección por el tenis y la primera cancha de este deporte la fundó ella en lo que ha sido siempre el Club Deportivo Social "La Cancha" de la Avenida Táchira. En la construcción de la iglesia San Francisco de Asís y sostenimiento del Asilo de Ancianos San Vicente de Paúl,
Malvina, además, fue excelente deportista. Tuvo en los tiempos de su juven­tud predilección por el tenis y la primera cancha de este deporte la fundó ella en lo que ha sido siempre el Club Deportivo Social "La Cancha" de la Avenida Táchira. En la construcción de la iglesia San Francisco de Asís y sostenimiento del Asilo de Ancianos San Vicente de Paúl, Malvina aportó por lo menos una piedra que es más que un granito de arena, aunque no cargada en su antiguo cara­pacho de la tortuga arrau, pero sí en el temple de su corazón de mujer que en Ciudad Bolívar se atrevió a romper con unos cuantos esquemas, para lo cual, por supuesto, no había que temer ni tener miedo, Rafael Pineda lo dice muy bien en un largo poema dedicado a ella: "la primera que no tuvo miedo/de irse a trabajar, brazo con brazo, al mundo de la calle, con los hombres".
MARY CALCAÑO
Otra mujer que no tuvo miedo fue Mary Calcaño, aunque no pobre de origen como Malvina, pero se atre­vió a desafiar la audacia del hombre, volando por prime­ra vez un avión.
María Asunción o preferi­blemente Mary Calcaño, a las 10:10 de la mañana del 22 de febrero de 1940 sor­prendió a sus paisanos bolivarenses aterrizando el el aeropuerto de la ciudad su. reserva( propio avión Club adquirido en los Estados Unidos.     
Hija de José Antonio y Adita Calcaño, casado con la hija menor del médico Angel Ruiz cuyo nombre lleva el hospital central, la    atractiva Mary realizó un vuelo sin problemas desde su base en Maracay hasta Ciudad Bolívar con una breve escala en Barcelona.     
Sus estudios de aviación de los realizó en la Escuela  Safar Aeródromo Roosevelt de Long Island, Nueva  York, donde obtuvo la licencia 13550, revalidada en Caracas por el Ministerio de Guerra y Marina.
ALIDA ISAURA
GAMBUS

Fue la primera bolivaren­se graduada de bachiller en filosofía en el Colegio Federal de Varones de Ciudad Bolívar. Un jurado integrado por los doctores Oscar Perfetti, J.M. Agosto Méndez, Carlos Salom, Juan Pablo Carranza y Br. Ernesto Sifontes, la exami­naron el 15 de julio de 1930 y la promovieron con altas calificaciones. También ella fue la primera venezolana egresada de la Escuela de Farmacia de la Universidad Central de Venezuela. Era hija de Rafael Gambús, des­cendiente de Hilarión Gambús, rico comerciante catalán establecido en Guayana a fines del siglo pasado y tronco principal de odas las ramas afiliadas a ese apellido.
Hasta entonces y desde la creación del Colegio Federal de Guayana en 1842, el bachillerato estuvo reservado para los varones.  A Alida Isaura la siguieron  posteriormente Inés Elvira y Adita Figarella, graduadas en el mismo colegio.

GLORIA LEZAMA
 CASADO
Hija de Rafael Lezama, el baquiano de Gallegos por los caminos de Canaima, gloria nació el 23 de mayo de 1922 y estudió bachillerato en el Colegio Santa María de Caracas  dirigido por Lola Fuenmayor  Luego de gradur de Bachiller en Filosofía el primero de octubre de 1944, se inscribió en la Facultad de Derecho de la Universidad Central de Venezuela donde recibió el título de doctora en Ciencias Políticas el 15 de diciembre de 1949. Sería entonces la primera mujer nacida en Guayana que se graduaba de abogado, pro­fesión que comenzó a ejer­cer en el bufete de Oxford y César Obdulio Iriarte durante muy poco tiempo porque luego el Poder Judicial la reclamó primero como Defensora Pública de Presos, luego como Procuradora de Menores y finalmente como Juez de Menores hasta los días de su jubilación. Falleció el 2 de noviembre de 1993.
SOFÍA SILVA INSERRI
A la media noche de 17 de junio de 1952, en el Valle Arriba Golf Club de Caracas, entre palmas, luces, flores y anhelos, la tumeremense Sofía Silva Inserri ciñó la diadema de la mujer más bella entre las bellas de Venezuela.
La noticia que estremeció de gozo a los bolivarenses fue leída con gula en el vespertino El Luchador de los Suegart, único diario de la región y el cual le reseñó dos días después a ocho columnas y una gráfi­ca donde se veía a Sofía desfilar ante un nutrido público presidido por los coroneles Marcos Pérez Jiménez y Luis Felipe Llovera Páez.
Sofía Silva Inserri, repre­sentó en el concurso al Estado Bolívar y fue electa Miss Venezuela con 90 pun­tos y sólo tres de ventaja sobre Ligia de Lima, la aspirante más cercana. Vilma Acosta Viana resultó segunda finalista. Ella fue la primera Miss Venezuela.
LUCILA PALACIOS
Mercedes Carvajal de Arocha, conocida bajo el seudónimo de Lucila Palacios, escritora venezo­lana, nacida en Ciudad Bolívar el 13 de mayo de  mayo de 1902 y fallecida el  31 de octubre  de 1994 a la edad de 92 años, fue autora de 30 obras literarias: 11 novelas, 5 dramas, 5 cuentos y el resto libres de ensayos y poesía. Fue la primera mujer venezolana que ejer­ció la diplomacia como embajadora de Venezuela en la República del Uruguay y asimismo la pri­mera dama en ingresar a la Academia Nacional de la Lengua.
MARÍA DE LOURDES
SALOM

Nativa de Ciudad Bolívar, realizó sus estudios de secundaria en el Colegio Federal, hoy Liceo Peñalver. Luego ingresó en la Universidad Central de Venezuela donde destacó como una de las primeras estudiantes, como también en  1940, la primera gradual en medicina veterinaria en Venezuela, con la tesis do doctoral "Experimento vaqueras del Distrito y en prevención de las metritis consecutivas a la retención placentaria de las vaca Inmediatamente después fue designada para ocupar el cargo de Secretaria de Facultad de Medicina Veterinaria y docente de misma facultad. Ejerció importantes cargos de
dirección en el Ministerio de Agricultura y Cría, en ellos, Jefe de la Sección Policía Sanitaria de las que fue fundadora; Jefe de División de Higiene Sanidad Animal y Jefe (I( campaña contra la fiebre aftosa en el Distrito Federal y estado Miranda.







domingo, 17 de septiembre de 2017

Malvina Rosales, una mujer valiente



En 1900, cuando Malvina Rosales Granarolli nació bajo el signo de Aries, Ciudad Bolívar, la tierra cálida de Marcos Vargas, el hombre que desanduvo el progreso para llegar a la barbarie y retornar de nuevo a la civilización a través de su hijo, estaba sembrada de forasteros industriosos y había una actividad de puer­to que desaparecerá des­pués que el petróleo multi­plica las carreteras y el dra­gado del Orinoco que se detiene en Matanzas.
A pesar de la influencia europea, la Ciudad Bolívar de principios de siglo se mantiene fiel al tradiciona­lismo que sujeta a la mujer a una vida doméstica, de recato y de imposible competencia normal del hombre.
Atrapada por esa realidad social, vino al mundo Malvina, la hija de Luis Eduardo Rosales Pachano y Josefa Granarolli Gerald, descendiente de Malvina Gerald Granarolli, una fran­cesa que abandonó los viñe­dos que tenía en Marsella para venir a vivir poco y a morir temprano junto al Orinoco. No resistió esa francesa de veintisiete años el ambiente embriagador del trópico, pero lo que le restó por vivir se acreditó con creces en la longevidad de su hija huérfana que murió a los 90 años.
        Esa longevidad la heredó Malvina (Malva) Rosales quien sobrevivió a sus cuatro hermanos hasta un poco más allá de los ochenta.
De muy joven intuyó que la fatalidad iría desgranando la unidad familiar y se adelantó a los tiempos que le darán la razón que para su edad temprana parecía no tener cuando se puso a la par del hombre reclamando derechos negados a la mujer.
Comprendió que con un poco de inteligencia y auda­cia difícilmente se sucumbe en la miseria. Marte estaba de su lado como buena aria­na y con él emprendió la guerra contra los prejuicios sociales. Pero primero hubo de salir de la pobreza por­que sus ascendientes no dejaron herencia. Empezó la joven por cargar piedras en carapacho de tortuga desde lo alto del cerro donde se montaba la ciu­dad. La piedra muy utiliza­da para empedrar las calles se pagaba entonces a buen precio. Jamás para ella fue una vergüenza aquel trabajo duro y árido que le ayudó a paliar su hambre en la sole­dad de un camino atajado de prejuicios.
Con la piedra se costeó los estudios y su aplicación la hizo maestra al lado de su coetánea Anita Ramírez. Tenía 15 años cuando la nombraron subdirectora de la Escuela "Francisco Antonio Zea". Pero no esta­ba hecha para el cotidiano caletreo de las niñas y por eso desertó a los dos años de ejercicio docente. Se fue a Trinidad de paseo y un casual encuentro con el Gerente de la "Dick Balatá Ltd" cambio su rumbo.
Estudió mecanografía y como secretaria mecanó­grafa prestó servicios en la empresa que tenía en Ciudad Bolívar su centro de operaciones dirigidas a la explotación del balatá del Alto Orinoco, la sarrapia del Caura y el Oro de El Callao.
 Con Malva. "Dick Balatá Limited" pasaba a ser la pri­mera empresa privada gua­yanesa que admitía los ser­vicios profesionales de una mujer dentro de su área administrativa. Pero desa­justes económicos que le sobrevinieron a la empresa en 1920 decretaron su quie­bra y para Malvina no fue difícil entonces encontrar colocación en el Banco de Venezuela, donde llegó a ser Sub-Gerente con título de Auditor. Que para aquellos tiempos significaba tanto como ser hoy un experto administrador de finanzas.  Con este segundo cargo, Malvina terminaba de abrir la brecha  para que la mujer guayanesa comenzara a vislumbrar un porvenir mejor dentro del campo del trabajo del hombre.
En 1925, después de 34 años de labor ininterrumpida y debido a un accidente, el Banco de Venezuela decidió jubilarla para que se fuera a Europa a restaurar su salud, pero el temor de morir en soledad la hizo desistir de una solución qui­rúrgica. Decidió entonces darle la vuelta a Europa en un automóvil Renault de cuatro caballos comprado en Caracas y que hizo poner en Lisboa donde emprendió su periplo para terminar vendiendo el auto en París perdiendo no mucho de los 3.500 bolívares que le había costado. La gira la cumplió en cuatro meses, pero para evitarse cargos de concien­cia, tuvo el cuidado de reco­rrer antes todos los estados de Venezuela.
Sin darle mucha importan­cia a la afección pulmonar que la aquejaba, retornó a Guayana para incorporarse de nuevo al trabajo ya como Comisaria del Automóvil Guayanés, Jefe de Relaciones Públicas de la Compañía Anónima Electricidad de Ciudad Bolívar, del Núcleo Bolívar de la Universidad de Oriente o samaritana del bien ajeno.
Malvina, además, fue excelente deportista. Tuvo en los tiempos de su juven­tud predilección por el tenis y la primera cancha de este deporte la fundó ella en lo que ha sido siempre el Club Deportivo Social "La Cancha" de la Avenida Táchira. En la construcción de la iglesia San Francisco de Asís y sostenimiento del Asilo de Ancianos San Vicente de Paúl, Malvina aportó por lo menos una piedra que es más que un granito de arena, aunque no cargada en su antiguo cara­pacho de la tortuga arrau, pero sí en el temple de su corazón de mujer que en Ciudad Bolívar se atrevió a romper con unos cuantos esquemas, para lo cual, por supuesto, no había que temer ni tener miedo, Rafael Pineda lo dice muy bien en un largo poema dedicado a ella: "la primera que no tuvo miedo/de irse a trabajar, brazo con brazo, al mundo de la calle, con los hombres".


domingo, 3 de septiembre de 2017

MIMINA RODRÍGUEZ LEZAMA

Poeta de gran riqueza metafórica, Presidenta de la Casa de la Cultura, Hija Ilustre de Upata y Socia Correspondiente de la Academia de la Lengua, se desprende del mundo terrenal, pero permanecerá viva  en el mundo de la palabra.

                                               --Américo Fernández-

         Nació la poeta en tiempos del mandatario regional Vicencio Pérez Soto.  Fue este General, quien trajo del Tocuyo a quien sería su padre.  El tocuyano Felipe Rodríguez era militar retirado, acaso muy maduro para su madre que era quinceañera y estaba enamorada de Manuel, un hijo del entonces ex Presidente del Estado Bolívar, general Marcelino Torres García.

         La presencia del militar retirado, en postura de encantamiento ante la Flor de la selva del Yocoima, facilitó la disolución del noviazgo al cual se oponía el abuelo Julio Lezama y toda su estirpe, ensañado contra Marcelino Torres García  por la forma como fue eliminado en Tumeremo (22 de julio de 1920) el general revolucionario antigomecista, Pedro José Fernández Amparan.

         Pero Felipe Rodríguez falleció cuando Guillermina Rodríguez Lezama (Mimina) tenía apenas seis meses de nacida.  Entonces su madre Flor Lezama volvió por sus fueros con su antiguo pretendiente sin importarle mucho el odio de aquellas dos familias.

         Felipe Rodríguez le había dejado de herencia a su hija el hato Las Peñas, cerca de Upata y allí fue a tener la familia.  Mimina comenzó a ser niña bajo el alero rojo de una casa blanca, en un ambiente de muchos riachuelos y morichales, racimos de frutas, inmenso patio siempre lleno de rosas, trojas con hortalizas y la empalizada cubierta de cundeamores.

         Tenía siete años cuando sus ojos verdes se encontraron de nuevo con Upata.  Seguía siendo la ciudad del Yocoima, centro de los Carreros del Yuruari y de las mujeres bonitas, posada de forasteros y de familias cultas que se reunían por las noches para tocar pianola y recitar poemas de Vargas Vila, Juan de Dios Peza y José Asunción Silva.

         Pero la Upata de Concepción de Talyhardat, de Anita Acevedo Castro, de José Ramón del Valle Laveaux, de Teodoro Cova Fernández, de Oxford López y del doctor Obdulio Álvarez, debió quedar atrás un día impreciso en la memoria de Minina Rodríguez Lezama en que se vio de crinejas buscando entre los muros de piedra y barro el eco del arcabuz que hizo trizas el brazo izquierdo del prócer Tomás de Heres.  Pero no pudo lograrlo, se imponía desde fuera el ruido congelado de los fusileros que hizo imposible la existencia del héroe de Chirica.

         Su vida de niña andaba de sorpresa en sorpresa, sin lugar donde detenerse y ahora, lejos aún de la pubertad, se encontraba en Amor Patrio entre Dalla Costa y Libertad, tratando de alcanzar el gran río que se escondía detrás de los mogotes y el bullicio del Mercado Principal.  Entonces fue cuando apareció con su voz cantarina la maestra Anita Ramírez y le mostró que no podía ser un secreto la extensión del río.  Anita que no se despegaba de su Alondra, la enseñó a encontrarlo y le puso en sus manos “Pajaritas de Papel” en cuyas alas volaría después a Caracas cuando ya despuntaba su adolescencia.  Y allá en la ciudad de los techos rojos pudo conocer a Castor Fulgencio López, el autor de “Pajaritas de Papel”, quien le aguardaba para morir en plena reunión de la Asociación de Escritores, sujeto a sus manos que ya habían escrito poesía sobre el tronco desnudo de los árboles.

         Ella era la única hija del muerto porque Julio y Nora eran hijos del padrastro que un mal día no quiso vivir más con su madre, por lo que la vida comenzó a serle dura como la propia costura que debía coser aquella y asentar ella con la plancha mientras su pariente Teresa trataba de memorizar poemas que parecían desplazados por los que le traía a Mimina la escritora Graciela Rincón Calcaño.

         Fue Graciela la que le presentó al Teniente una noche avileña en la que todos pretendían ocultarse tras una mueca.  Fue cuando recordó que también Reverón conoció a Juanita en un carnaval guaireño y terminó hundido hasta la cintura en el mar de Colón.  Con el teniente Jorge Rincón Calcaño no iba a ocurrir lo mismo porque él era un hombre de infantería, de manera que con él se casó y virtualmente con él encontró su seguridad.  El militar tenía las botas bien puestas con Medina Angarita, aunque después fue de los del 18 de octubre, pero al lado del entonces Mayor Marcos Pérez Jiménez.

         Un día  Pérez Jiménez le dijo a Jorge, su marido, estando en Barquisimeto:  “en tus manos  confío las llaves de occidente”.

         Mimina lo recordaba siempre y me confesó que nunca entonces estuvo mejor cuidado el cerrojo de la puerta. Era un poder innegable que le permitió dejarse llevar resuelta como el vals en el salón del Club Militar, por las manos del gran jefe de Venezuela.

         Disfrutó plenamente del crepúsculo y los ritos culturales larenses.  Al fin y al cabo su padre Felipe Rodríguez era tocuyano igual que Vicencio Pérez  Soto, quien de algún modo resultaba responsable de la existencia de ella, de Mimina o Guillermina, como también se llamó su abuela oriunda de Barinas, hermana de Pedro Pablo Gonzalo Matos, casado en Upata con Chana, hermana del General Juan Fernández Amparan, quien le sacó la pata del barro a Juan Vicente Gómez en Ciudad Bolívar, escenario de la última Batalla de la Guerra Libertadora.

Mimina aprendió desde su infancia a enhebrar aquellos nombres de su prosapia tratando que alguna vez le sirvieran para algo. Eso jamás lo supo, pero se enorgullecía de ellos, tanto que aspiraba al final la enterraran en la misma tumba de don Julio Lerzama, aquél insigne abuelo que nunca soportó al general que derrotó a Angelito Lanza en las Chicharras.

         La Ciudad de bellos atardeceres, capital musical de Venezuela, significó mucho para Mimina. Allí se metió de lleno con los grupos intelectuales y artísticos, conducida de la mano por aquella gran mujer de Venezuela,  Casta J. Riera, y, aconsejada de cerca por Germán Garmendia y Felipe Riera Vial, ocupó los más altos cargos en el mundo de las letras y el arte barquisimetano.

         Pero el matrimonio con Jorge no duró lo que debía durar y se quedó en Rafael, Lucero, Alejandra, Raquel y Grasielita,  así con S como a ella le gustaba. Grasielita, “ángel de gracia en cielo transparente”.

         Comenzó a viajar y a vivir tiempo prolongado en Madrid y Santiago de Chile favorecida por el Jefe del Estado Mayor del Ejército, General Rómulo Fernández, quien escribía poesía y de quien guardaba copia de la carta que él personalmente entregó a Pérez Jiménez pidiéndole se deshiciera de Pedro Estrada y Laureano Vallenilla Lanz. Pedimento que sólo pudo cumplir cuando ya su gobierno agonizaba en el umbral del 23 de Enero.

         El 23 de Enero de 1958 abrió un nuevo capítulo en la vida de Mimina Rodríguez Lezama pues sus amigos artistas e intelectuales, buena parte militante de la izquierda, entre ellos, Armando Gil Linares, quien tocaba guitarra y estudiaba bibliotecología en la Universidad Central, la hicieron ficha de las guerrillas. Su trabajo, desde algún punto del litoral, consistía en sacar durante una hora todas las noches, la clandestina emisora identificada y nunca localizada “Voz de las FAL”.

         “Desde un lugar de la Venezuela en armas, habla para ustedes La Voz de las FAL” y Mimina a través de las ondas hertzianas lanzaba los partes de guerra, mensajes revolucionarios y en el espacio “Arte Combatiente” poesías como ésta de la propia Mimina:

“La noche no se atreve a descubrir sus cráteres/ la noche arrastra al vértigo/ la espesa soledad de las estatuas/ pudo caer de pronto/ morir o preguntar/ ¿Quién eres?/ todo regresa de la golpeada orilla/ la noche decapita mariposas y oigo tu voz poblando la montaña”.

¿Quién iba a creer que la esposa de un oficial del ejército era la voz de las Fuerzas Armadas  de Liberación?

         Mimina estaba por disciplina bajo jurisdicción del “Destacamento 4 de Mayo” comandado por Alfonso Maneiro. De segundo comandante figuraba Armando Gil Linares, quien es su esposo desde que el extinto poeta Argenis Daza Guevara, prevalido de un Juez amigo, los casó en un lejano pueblito de Barlovento, sin estar ambos presentes.

         Desintegrada las guerrillas de los años sesenta, Armando buscó refugio en Margarita de donde era Mojito (Teodoro García), Toribio (García) y Aquiles Cedeño, muertos en la montaña. De Aquiles conservo “La Madre” de Máximo Gorki” y de Toribio las vivencias del sexto grado juntos en el grupo Escolar Estado Zulia de Porlamar.

         Mimina, por su parte, trató de cerrar su ciclo en Upata, pero, irresistible a la tentación del río que ahora no podía ocultarse detrás de los mogotes del Mercado, se quedó en Ciudad Bolívar donde se realizó como promotora  cultural.

          La gran obra de Mimina son sus libros y la Casa de la Cultura “Carlos Raúl Villanueva” que acunó al Museo de Arte Moderno Jesús Soto y a toda una generación de bolivarenses destacados hoy en el mundo del arte.

         La Casa de la Cultura es hija de esta upatense y por eso la presidió desde entonces. Desde que fue inaugurada un día en que el río llegaba al tope de sus aguas. La inauguró también un upatense, el Ministro de Educación  J. M. Siso Martínez, el 24 de  agosto de 1967. Desde aquél momento la dirigía con mano de poeta de gran claridad y calidad metafórica y no fue óbice cuando debió ejercer la Dirección de Extensión Cultural del Núcleo Bolívar y de la UDO así como la dirección de cultura de la Municipalidad, y la dirección por dos años del Museo Soto, mientras Armando Gil Linares andaba por Paris haciendo curso de museología.

         En ese movimiento cultural organizado que al comienzo tenía como sede un inmueble propiedad de Ana Luisa Contasti, contiguo a la Biblioteca, luego sustituido por la casa actual que fue del prócer Juan Germán Roscio, tomaron impulso casi todas las obras literarias de Mimina Rodríguez Lezama, incluyendo el Cunaguaro Melancólico y a excepción de  ”Brumas en el Alma” y  “Desde mi sitio exacto”, cuyos originales se extraviaron en una operación de allanamiento policial.  Al calor  de esa Casa de Cultura se prohijaron “Tu el Habitante” que la negligencia de impresora no dejó circular; “13 Climas de Amor”, “La Palabra sin rostro”, “Héroes y Espantapájaros” que tuve el privilegio de prologar, “Este vino salobre” y “El feudo flor de avispa de los Quiriminduñes” que publicó la casa de la Cultura de Upata y que recoge los libretos de títeres que escribió para el Juan Tinajas, retablo donde se formaron Teresa Coraspe, Isaura Vicuña, Genaro Vargas, Victor Ortiz, su hija Raquel  y Nancy García.

         Sostuvo por largos años hasta la hora de su muerte las páginas literarias del Correo del Caroní y El Expreso. Vinieron otras publicaciones como El Cunaguaro Melancólico, porque Mimina nunca se rindió, no obstante los males que últimamente la asediaban, y la tarea que debía cumplir ya como socia correspondiente de la Academia Nacional de la Lengua y como presidenta de la Casa de la Cultura, bajo cuyos auspicios trabajaban el Grupo Armonía, de Mariita Ramírez; el Grupo de Cerámica, dirigido por Mercedes Monasterios, el Grupo de Literatura Oral, de Reinaldo González y los Grupos de Teatro La Comedia, Telón y Teloncito dirigidos por Francisco Araya.  Las dos salas de exposición de la Casa igualmente están activas bajo la coordinación directa de la Dirección de Cultura.


         Hasta aquí el testimonio de su paso por la vida de esta escritora amiga que revolucionó la cultura de Ciudad Bolívar desde los años del setenta. Hasta aquí como ella dice en su poema “El País de las Gaviotas”, el emigrar de pájaros color de vino. Hasta aquí el exilio de esta mujer en la heredad de los molinos y en el salitre de los sellos. Hasta aquí la historia del camino y de su sombra crecida en la estación de la ternura.